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Qué
peor tempestad que la del mar de tus emociones que hace zozobrar
la barca de tu vida. Las olas gigantes de la ira y de la cólera
inundan la cubierta del barco y te hacen zarandear a merced de
los vientos de rabias sin control. Estamos movidos por los aspectos
negativos exteriores que nos dominan como marionetas inconscientes.
Dependemos del carácter de los demás, de sus malacrianzas
o sonrisas, de sus ofensas o alabanzas, para estar bien o llorar,
estar contentos o estallar con furia. Así no somos dueños
de nuestras vidas.
Una persona es más madura mientras más controle
sus emociones y reaccione con el peso de una personalidad equilibrada
que no se deja gobernar por el estallido de cólera de algunos,
o por la ofensa de otros, sino que busca responder con la entereza
del que sabe conducir como buen piloto la nave de su vida. Jesús
nos dice: "Bienaventurados los mansos porque ellos poseerán
la tierra". Mt 5,4. El que es manso no es blando o débil,
ya que la mansedumbre está apoyada sobre una gran fortaleza
de espíritu. El manso según Jesús es la persona
que hace continuos actos de fortaleza para dominar el mal genio,
no responder con agresividad y ofender la dignidad de otros y
menos agredir físicamente. Es el que aprende a responder
con amor actuando como Jesús y viendo al otro, inclusive
al que lo agredió, como al mismo Jesús que merece
amor y respeto.
Dice Jesús en Mt 11,29: "Aprendan
de Mí, que soy manso y humilde de corazón, y hallarán
reposo para sus almas". Practicar la mansedumbre y la humildad
al estilo de Jesús nos permite luchar contra la pasión
de la ira, que sin control nos puede llevar hasta cometer asesinatos.
Tenemos tantos casos en nuestra sociedad de crímenes horrendos,
muchos movidos por pasiones instintivas aberrantes. Uno puede
degradarse y comportarse como un animal y destruir lo que encuentre
a su paso. Recordemos que llevamos en el alma "un ángel
y una bestia" y dependiendo de a quien alimentemos, así
nos comportaremos. Si yo enfoco toda mi atención en lo
negativo del otro, y lo voy odiando, deseándole el mal,
y continuamente pienso lo peor, pues esto llevado al extremo me
podrá conducir a desearle la muerte. "Quien lleva
en sus ojos la viga de la indignación, ¿podrá
observar serenamente la paja en el ojo de su hermano?" se
pregunta Casiano. Por eso "perdonar setenta veces siete"
me ayuda reaccionar como Jesús ante los agravios.
La virtud de la mansedumbre me evita desgastarme
inútilmente en discusiones tontas, en enfados que no tienen
sentido, en explosiones de mal humor que van socavando los cimientos
de cualquier relación humana, padres-hijos, esposo-esposa,
jefe-subalterno, compañeros de trabajo, de comunidad, etc.
El dominio de sí mismo es el arma de los fuertes y me permite
frenar la palabra hiriente, la reacción violenta, la humillación
de la otra persona y me facilita buscar el momento adecuado, con
las palabras justas, para demostrar mi enojo por algo que en justicia
debo decir, pero que no afecte la dignidad de los demás
y complique más las relaciones interpersonales.
Cuidado con el estrés, con ese cansancio
acumulado que nos baja las defensas emocionales y no "atesores
en el banco de tu memoria" todas las cosas negativas que
te han hecho. Evita conflictos innecesarios repitiendo: "no
vale la pena meterme en esto" y no dejes que te envenenen
la mente con chismes de otros creándote una imagen monstruosa
de otras personas. Continuamente vigílate y mira tus reacciones
primarias, el cómo se desarrollan y el efecto que tienen
en los que están más cercanos a ti. Imita a Jesús,
manso y humilde corazón, y pregúntate cómo
actuaría Jesús en un caso conflictivo como el tuyo.
No acumules resentimientos, por lo que es bueno estar continuamente
purificándose de malos pensamientos y actitudes. Intenta
comprender por qué el otro actúa como lo hace, sabiendo
que hay tantos traumas, complejos, situaciones interiores tan
complicadas, que hace que muchas personas actúen de manera
agresiva y dañina.
Ahora
bien, hay una indignación y un enfado justo. Jesús
expulsó a los mercaderes del templo con su santa ira. San
Gregorio Magno observa que "una cosa es (indignarse) movidos
por la soberbia, y otra es hacerlo por causa del bien: (los cristianos)
se indignan sin indignarse, […] mueven corrección
pero amando; aunque exteriormente parecen extremar la reprensión
para corregir, interiormente conservan la dulzura en virtud de
la caridad. En su corazón prefieren las más veces
a aquéllos mismos a quienes corrigen, y tienen como mejores
a aquéllos a quienes juzgan". La mansedumbre no es
cobardía, sino amor que controla nuestra ira y sabe expresar
nuestro enfado, buscando el bien de quienes corregimos. Que el
Señor nos ayude a ser mansos de corazón y así
vencer nuestras cóleras. Amén.
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