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Seamos como él, misericordiosos

Publicado por: Administrador | 19/07/2014

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Columna

Escrito por: Monseñor Rómulo Emiliani


He aquí un gran milagro de Jesucristo el Misericordioso, el de la multiplicación de los panes. Sintió compasión porque tenían hambre y andaban como ovejas sin pastor. Jesús revela lo que pasa en el corazón de Dios. Y Dios sufre cuando en la humanidad tres cuartas partes de los seres humanos experimentan hambre, marginación, exclusión.

Una triste realidad, un mundo hecho por Dios para que todos tuviéramos lo necesario y con tanta pobreza. No podemos ocultar el sol con un dedo: hay hambre en muchas partes de Centro América y del continente. Hay niños desnutridos; pequeñitos que no pasan de los seis u ocho años de vida. ¿Y por qué se mueren? Porque la desnutrición baja las defensas y cualquier infección, neumonía o parásitos o bacterias, cualquier enfermedad, se lleva a la tumba a miles y miles de niños.

Hay hambre en este continente; hay un Dios que llora y todos sabemos de personas que hoy tienen hambre. En nuestro país esta noche miles de niños se acostarán con un par de tortillas con sal en el estómago. ¿Cómo no se van a dormir los niños en las escuelas? ¿Cómo van a rendir académicamente? ¿Y por qué abandonan los niños la escuela y se van a trabajar en el campo, o a pedir limosna en los semáforos o a vender estampitas y flores? Hay hambre y este no es el mundo que el Señor quiso. ¿Y por qué hay hambre? ¿Es que Dios hizo el mundo mal hecho? No, nosotros nos hemos encargado de hacer las cosas mal hechas; de crear estructuras de pecado injustas y corruptas que provocan el hambre.

Jesús tuvo compasión de esa gente; vio que nada más había cinco panes de cebada y un par de peces e hizo un milagro para que lo repitiéramos de muchas maneras. Tomó Jesús los panes, dijo la acción de gracias y los repartió a los que estaban sentados y lo mismo hizo con el pescado. Todos se saciaron y sobraron peces y panes y llenaron doce canastas y lo que sobró no se perdió. Se repartió después entre la gente más pobre.

He aquí un milagro fruto de la compasión divina, de la misericordia de Dios. Jesús sufre por el hambre que hay y nos manda a nosotros, a los que tenemos un poquito más a ser solidarios, a multiplicar los panes promoviendo un mundo mejor, más justo, más humano.

Compasión, misericordia, generosidad, vibrar ante el dolor del que sufre, tener corazón de buen samaritano, apiadarse del que está apaleado y tirado en la cuneta de la vida. No podemos ir tranquilos al templo a orar viendo tirados en la cuneta de la vida a los apaleados de siempre, a los medio muertos. ¡Hay hambre! Y los que poseemos un poquito más tenemos la obligación moral de compartir lo nuestro, si es que en verdad imitamos al Cristo de la Misericordia Divina.

“Sean misericordiosos como Yo soy misericordioso”- dice Jesús. Y el misericordioso vibra ante el dolor del que sufre y se pregunta: ¿qué puedo hacer por él? ¡Hay hambre! Por eso en nuestros países se exige desde la doctrina social de la iglesia la transformación de las conciencias y los corazones: hombres nuevos, comunidades nuevas, estructuras nuevas. Tenemos que evangelizarnos unos a otros e ir transformando nuestra sociedad para ir cambiando esta cultura de la muerte en una cultura de la vida.

Una nueva civilización del amor basada en Cristo Jesús, en la compasión, en la justicia, en la solidaridad, que promueva un cambio de estructuras políticas y económicas. La doctrina social de la iglesia con los principios básicos del respeto a la vida, a la dignidad humana, al bien común, a la tolerancia y a la promoción de la solidaridad nos debe inspirar.

Promover la educación y la inversión de capitales en la microempresa, la mediana empresa y la grande con sueldos justos, pago real de impuestos, sin abandonar el agro, subsidiando la agricultura, pensando en los más pobres, creando en el ser humano la conciencia de que debemos luchar por el bienestar de las mayorías, esa es la solución.

En la medida en que como cristianos actuemos así practicaremos la misericordia del Señor, porque no puede existir un cristianismo que quede aislado en el templo buscando solamente la paz individual mientras hay un mar de lágrimas afuera.

El Señor predicaba del Reino y sanaba enfermos, hablaba del Cielo y multiplicaba los panes, proclamaba que Dios Padre es el Señor de señores y limpiaba leprosos, oraba incesantemente y devolvía la vista a los ciegos, levantaba a los paralíticos y denunciaba la maldad y promovía la verdad. Y con Él somos invencibles.

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