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Lloró cuando lo abrazaron

Publicado por: Administrador | 02/10/2016

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Columna

Escrito por: Monseñor Rómulo Emiliani


Habíamos estado predicando en la antigua cárcel de Colón, Panamá, donde más de mil privados de libertad se concentraban hacinados en un edificio que no reunía las condiciones adecuadas para tenerlos. Esa mañana predicábamos llorando, igual que el coro que me acompañaba. Y era porque el día anterior se dio una revuelta y lanzaron muchos gases lacrimógenos que todavía impregnaban el ambiente del presidio. Era tal el olor penetrante que respirábamos, que en momentos tosíamos y se nos salían las lágrimas. Los internos escuchaban con atención la predicación y creo que sin sentirse tan afectados como nosotros. En el patio central, o en los balcones de los tres pisos del viejo edificio se agolpaban y asimilaban los mensajes que les dábamos. Palabras de aliento, de esperanza, de advertencia, de exhortación para que aceptaran al Señor Jesucristo, que pensaran en sus pecados, reconocieran que el Señor es misericordioso y que nos da siempre otra oportunidad, se transmitían en una mañana donde al final una leve lluvia con brisa disipaba el olor a gas lacrimógeno.

De allí salimos al mediodía para otro presidio más pequeño en el área revertida del canal, donde predicamos en el patio central. Allí había unos 400 privados de libertad. Me acompañaba un grupo, además del coro, que se acercaban a los presos y oraban por ellos, poniendo una mano en el hombro o en la cabeza de ellos en señal de interseción. Sobre todo de los que se veían más afectados por su situación. Estos hombres y mujeres de mi equipo estaban entrenados para trabajar con ellos dando mensajes breves de aliento, desde la Palabra, y orando por los que quisieran.

Hubo un caso que nos impresionó. Un hombre de unos 26 años empezó a llorar desconsoladamente en ese patio, rodeado de tantos presos. La señora que oraba por él siguió haciéndolo con mucha ternura, con una delicadeza propia de una madre que además era abuela. Era un joven con varias cicatrices, tanto en la cara como en el pecho, y eran visibles porque llevaba abierta la camisa, quizá por el sol radiante de la tarde. Acabando la predicación y los cantos, me acerqué a él y le pregunté porqué lloraba. Si en algo lo podríamos ayudar. Y él nos contestó emocionado: “Es la primera vez en siete años que llevo aquí que alguien pone su mano sobre mí, no para pegarme o herirme, sino para decirme que Dios me ama. Hace tanto tiempo nadie me da un abrazo. Recordé todo el rato a mi madre, que ya murió. Aquí nadie viene a verme”.

En verdad quedamos impactados ante esta confidencia tan dramática. Pues un abrazo, una palmadita en la espalda, un beso en la mejilla, un escuchar palabras como “te quiero, te estimo, te recuerdo, qué buena persona eres, Dios te ama, sigue adelante, no tengas miedo, todo tiene solución, ánimo”, son tan necesarias en la vida. Y qué poco expresivos somos. Desde la casa se crece muchas veces sin tener el apoyo emocional, el cariño y la ternura necesarias para vivir con mayor armonía interior. Y uno se habitúa a no expresar sentimientos, a reprimir deseos buenos y puros del corazón, a no manifestar lo que sentimos y a enterrar en el fondo del alma el amor que vivimos. Y el corazón se convierte en un cementerio de ternura y cariño no expresados y la persona se va frustrando y amargando. Esa represión de lo bueno va conduciendo a la persona a una depresión peligrosa. Y si a eso sumamos gritos, ofensas, maltratos verbales y físicos, cuántas personas crecen en ambientes nocivos que al final los lleva a convertirse en gente agresiva, violenta, y hasta en asesinos.

Vivimos en un mundo carente de afecto. Inmersos en esta cultura de la muerte, cada uno vive a la defensiva, esperando el golpe y defenderse. Parecemos lobos en los montes que al sentirse amenazados gruñen y lanzan aullidos en señal de combate. El miedo al rechazo, a hacer el ridículo, a revelar lo que sentimos nos lleva a reprimir cualquier señal de afecto. No sonreímos; casi nunca decimos ”gracias, lo siento, lo estimo, le pido perdón, qué gran ´persona es, lo aprecio, lo felicito”. ¿Llorar en público? Jamás. Pensarán que soy débil, de poco carácter.

Ese hombre del presido me recordó que todos tenemos hambre de ternura y comprensión, de comunicación y comunión. Que al faltarnos todo eso nos amargamos y frustramos. De ahí viene tanta agresividad. Pero hay alguien que siempre viene a nuestro encuentro y nos abraza, quien nos invita a tener la más hermosa relación de amor, es Cristo Jesús y que quiere que amemos a todos y con Él somos invencibles.

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