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Las drogas y una madre

Escrito por: Monseñor Rómulo Emiliani | 08/05/2016

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Columna


Estimado monseñor Emiliani. Sufro la más grande tragedia que una madre puede tener. Tengo tres hijos. Son varones. Con mi esposo los fuimos formando con mucho sacrificio hasta darles educación universitaria a todos. Pero uno de ellos, el más tierno, se fue enredando con unas amistades que no le convenían. Eran dos tipos universitarios vagos, drogadictos, inmorales, cuyos papás les daban todo. Fracasaban en las materias. Cambiaban de carreras. Mi hijo pequeño se fue haciendo muy amigo de ellos. Perdió un año de estudio. Entre alcohol, mujeres y poco a poco, cocaína, el muchacho se fue perdiendo. Empezó a llegar muy tarde en las noches. Mezclaba licor con droga. No podíamos con sus gastos. Él tenía una medio beca. Fue buen estudiante en el colegio. No dejaba nunca la misa dominical. Participó por dos años en el coro de la parroquia. Pero ahora es como una piltrafa humana, una caricatura de joven. Ha perdido mucho peso. No se cuida en su aspecto exterior. Tiene un lenguaje soez. Ya dos veces se ha peleado a golpes con mi hijo mayor. Nos insulta. No se habla con su papá. En las madrugadas cuando vuelve de sus fiestas, llega gritando, tirando las cosas que encuentra. Su papá ya ha llamado a la policía en dos ocasiones. Cuando ve a los policías se calma, se encierra en su cuarto y se la pasa durmiendo un día entero. No sé qué hacer con él. Ya dos veces me ha pegado. Una madrugada lo esperé y cuando llegó a las tres de la mañana, al verme despierta me gritó, me empujó, me tiró al suelo y me pateó la espalda. Mi esposo salió, lo empujó y lo sacó de la casa, cayéndose por unas gradas y durmió en el jardín. Cuando se droga es como un endemoniado. No sé qué hacer. Lloro lágrimas de sangre. Es mi hijo. Lo quiero. Cualquier día aparecerá muerto en una calle. No puedo dormir cuando sale de noche, hasta que regresa.

Estimada y sufrida señora. En usted veo hasta dónde puede llegar el peso de la cruz de una madre abnegada, de una mujer que ama a su hijo aún y a pesar de todo. Una madre que lo espera en las madrugadas, que lo atiende en sus necesidades básicas, que con paciencia soporta las malcriadeces impropias de un hijo y que hasta ha recibido golpes de ese muchacho. Y usted sigue cargando con la cruz tan pesada de un hijo alcohólico y drogadicto, que aunque bien formado en el seno de su casa, bajo la influencia nefasta de dos amigos de ocasión, como el hijo pródigo abandonó el regazo materno, desconoció la autoridad de su padre, y se consumió en los vicios más abyectos. Y usted no suelta esa cruz, no la quema con maldiciones, ni cuestiona a Dios por lo sucedido, sino que sigue llevándola hasta el calvario. En usted veo cómo es el amor de Dios que nos tiene tanta paciencia y soporta nuestras ofensas.

Sí, en usted veo el amor crucificado, imitando a Jesús de Nazaret que colgado en el madero nos siguió amando, pidió a su Padre nos perdonara porque no sabíamos lo que hacíamos y ofreció su muerte por nuestra salvación. En el caso suyo contemplamos al Cristo que en forma de madre, no suelta la cruz del amor abnegado hacia su hijo, no lo desconoce, no lo echa fuera de su casa, sino espera el cambio del muchacho, pero que aunque eso nunca sucediera, usted seguiría amando a ese muchacho hasta el último día de su vida. Usted nos recuerda el amor de Dios.

Pero hay que actuar y pronto. Internarlo en algún centro de recuperación como Hogares Crea u otra institución. Podría también llevarlo a la filial de A.A. llamada Narcóticos anónimos, que al igual que Alcohólicos Anónimos busca liberar a personas de las drogas. No puede dejar que la golpeé de nuevo. La próxima vez tiene que llamar a la policía y que lo internen en el presidio unos cuantos días. Un buen susto le caería bien. Y cuando esté sobrio hay que sentarse y hablarle de las consecuencias de sus actos. Describirle cómo fue la última borrachera con droga. Lo que hizo. Hacerle ver que va hacia un abismo sin fondo. Y claro, yo recomendaría también que él volviera la Iglesia. Que ingresara en algún grupo juvenil. Y usted, que buscara más al Señor. Que pida insistentemente un milagro. Para Dios nada es imposible. Aumente su tiempo de oración diaria personal y en la Iglesia busque un grupo de oración y oren por el muchacho. Con Dios usted será invencible.

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