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La riqueza de una familia

Publicado por: Administrador | 08/06/2014

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Columna

Escrito por: Monseñor Rómulo Emiliani


unmensaje_alcorazon@yahoo.com   

Los lazos que se construyen en una buena relación familiar son profundos y moldean el carácter, llenan vacíos humanos importantes, mantienen en sintonía a las personas en una comunicación fluida, fresca y permanente. Hacen que las personas se sientan seguras, ya que hay una referencia continua a seres vivos que juegan un rol importante: padres, hermanos, hijos, cónyuges y que son un soporte afectivo en cualquier situación que se presente.

El rol del padre y de la madre, aportando la masculinidad y feminidad en sus aspectos originales y complementarios, procuran un equilibrio emocional en los niños. Se necesita en la casa el hombre y la mujer, cada uno aportando lo esencial suyo, procurando en los hijos una visión natural y positiva de lo que Dios creó de manera original, el varón y la mujer, cada uno dotado de sus cualidades psicológicas, biológicas y culturales que en combinación equilibrada dan un fundamento psíquico necesario para el crecimiento integral de las criaturas.

Cuando falta el varón, (el padre), o la (madre), la mujer, urge que algún miembro de la familia de total confianza llene ese vacío, haciendo de papá o mamá. El soporte espiritual, psicológico y biológico inclusive, dado por ambos, hombre y mujer, ayudan extraordinariamente al crecimiento de la autoestima, el equilibrio emocional y afectivo de los niños. Todo niño o niña tiene el derecho de tener un padre y una madre, un matrimonio sólido que ejerzan la paternidad y maternidad plenamente.

“Ser una sola carne” implica un proceso permanente y fluido de conocimiento mutuo, intercambio de sentimientos e ideas, identificación de ideales y metas, participación en los sufrimientos y alegrías del cónyuge y todo esto expresado con los signos propios de afectos a nivel mental, sentimental, físico e espiritual. Y de la expresión corporal del amor queda abierta la posibilidad de la vida fruto de la procreación. Lo ideal es que los niños nazcan en el marco de estos principios provenientes de la voluntad de Dios y por eso Cristo instituye el matrimonio y la Iglesia es fiel defensora de los vínculos conyugales.

Una buena familia fundamenta toda su estructura vital de convivencia humana en el amor, que se traduce en diálogos sinceros, aceptación de los demás con sus particularidades, respeto a la dignidad de todos, acogida, protección, perdón y reconciliación. Donde hay una buena familia hay participación en las obligaciones domésticas, cooperando todos de acuerdo con sus posibilidades en el orden, limpieza y decoro del hogar. Una familia cristiana pone a Dios en primer lugar, habituándose todos a orar juntos en la mañana al comenzar el día, cuando toman los alimentos y al anochecer, antes de acostarse a dormir. Y ciertamente el domingo van juntos a la Eucaristía y se acostumbran, de acuerdo a sus posibilidades a cooperar en las actividades de la Iglesia, sea con su presencia, o de manera económica. La solidaridad con los más necesitados es propio de una familia que sigue a Cristo Jesús el Señor.

Una familia cristiana respeta los valores propios de una nación, sus tradiciones culturales, sus autoridades y participa en la marcha histórica del crecimiento integral como pueblo cooperando en todo lo que esté a su alcance con actitud patriótica. En la formación de los hijos se les inculca el esmero en la educación para prepararlos cuando sean jóvenes y adultos como ciudadanos correctos en el trabajo y demás actividades sociales para contribuir a que el país mejore.

Peligros que amenazan con la destrucción de una familia: 1. La pérdida de la fe e indiferencia en las cuestiones espirituales, acabando por “echar a Dios de la casa”, dando paso libre a la presencia de las tinieblas espirituales que socavan todos los principios y valores espirituales y morales. Una familia sin Dios acabará arruinada en el plano profundo del amor, debilitada para hacerle frente a las crisis normales de la vida. 2. Las rencillas y rivalidades internas, donde no exista el perdón y la reconciliación, crean redes de resentimientos y rencores, formando barreras que impiden la comunicación auténtica, empobreciéndose todo diálogo y terminando los familiares conviviendo como seres extraños bajo un mismo techo. 3. El consumismo y el materialismo exacerbado crean ídolos falsos donde se adora todo lo que se pueda adquirir elevándolo a niveles de culto idolátrico. Sean carros, ropa, adornos, aparatos de tecnología avanzada, casas u otras propiedades, cuando en un hogar se están arrodillando ante eso, llegó la ruina espiritual en la casa y el fin del amor. El hogar es un santuario de la vida, un lugar de encuentro fraternal, cálido y honesto y hay que defenderlo de todo lo malo con el Señor, con quien somos invencibles.

 

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