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Este hombre empieza su declive

Publicado por: Administrador | 05/09/2016

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Columna

Escrito por: Monseñor Rómulo Emiliani


Monseñor Emiliani, le escribo desesperada porque ya no aguanto más a mi marido. Qué cambios ha dado en la vida. Cuando lo conocí hace 25 años era un joven jovial, festivo y hasta parrandero. Le gustaban las fiestas y no perdía oportunidad para asistir. Estudiábamos en la misma universidad. Yo cuando tenía que estudiar para exámenes o hacer tareas de mis profesores, no había quién me sacara de mi casa. Él no. Después de la parranda, ya en la madrugada volvía a su casa y a estudiar. Y no le iba mal en la universidad. Nos enamoramos de verdad en el último año de carrera, yo sacando mi título de arquitecta y él de abogado. Nos casamos a los dos años. Los primeros años de matrimonio fueron una delicia. Sí, éramos pobres. Yo no tuve trabajo estable hasta los cuatro años de graduada. Él conseguía algunos casos, pero a veces pasaban meses sin tener clientes. Pero después se fue convirtiendo en un penalista exitoso y algo peculiar de él, no defendía clientes narcos o de cualquier rama del crimen organizado y aunque todo el mundo tiene derecho a una defensa, él no quiso complicarse y nunca aceptó casos de esos. Estoy segura que es un hombre fiel, y aunque antes asistía mucho a festejos, nunca lo vi realmente embriagado. Pero poco a poco se ha ido enclaustrando, tanto dentro de sí, como en la casa. Tenemos tres hijos y ya casi no se comunica con ninguno. Se la pasa leyendo, consultando cosas por Internet y atendiendo casos de mucho peso, ya que la fama lo ha llevado a estar muy bien cotizado. Se pasa días sin hablarme. Tiene un semblante triste y ya últimamente no se afeita por varios días y hasta pasa sin bañarse. Cuando tiene un caso que atender, entonces medio se arregla y se va a defender el caso. Ahora podemos pasar meses sin tener ningún contacto íntimo. Cada vez lo veo con cara más amargada. No va a misa, no asiste a ningún evento de conferencias, diversiones y hace mucho no lo veo sonreír.

Pues señora, estamos ante un caso típico de depresión, motivado por ese estrés continuo que tienen los penalistas, que poco a poco van asimilando la situación de zozobra de sus clientes, la inseguridad de ganar o no un caso, el miedo a perder todo, el resentimiento por sentirse acusados justa o injustamente. El psicólogo, el psiquiatra, el abogado penalista, el sacerdote, tienen que lidiar con la parte oscura del ser humano, sus defectos, pecados, picardías, conflictos interiores, desequilibro mental, y van asimilando sin querer sus estados de ánimo y terminan contagiados por las emociones afectadas de sus clientes, pacientes o dirigidos espirituales. Por eso se aconseja estar continuamente efectuando una purificación anímica, una limpieza interior, un sacar del alma sensaciones de derrota, desánimo, desconcierto, rabia, pesar, dolor, complejo de culpa que se nos van pegando. Es necesario que mantengamos una distancia emocional prudencial con las personas que ayudamos, para no involucrarnos afectivamente en sus casos, cosa que a la larga nos agotaría, desequilibraría, y terminaría provocando un desgaste emocional.

Por otro lado está la edad de su esposo. Biológicamente hay cambios físicos, hormonales, que van afectado la psique. El hombre después de los 45 años comienza a transitar por una etapa de cierto declive en todas sus energías vitales y cuando ya aparece el umbral de la tercera edad, si no sabe aceptar, acomodarse, a esas últimas décadas de su vida, vivirá frustrado, incómodo, añorando otros momentos de su existencia.

Y claro, si la persona se aparta de Dios, deja de orar, de congregarse en su iglesia, si pierde contacto con la fuente de energía vital, de amor, de paz, de misericordia, de esperanza que es Dios, entonces puede entrar en una fase de desánimo y hasta depresión. Por eso tienen tanto éxito las adicciones al licor, droga, juegos de azar y otras, que mantienen con cierta euforia temporal a los consumidores hasta que desaparece el efecto. En esas edades también pueden aparecer las aventuras sentimentales, normalmente con personas de mucha menos edad, que hacen creer a la persona mayor que está volviendo a una etapa de mayor energía y juventud, cosa que es falso.

Señora, téngale paciencia, háblele de todo esto, invítele a renovar su vida con actitudes y actividades positivas que lo reanimen. Los paseos, el contacto con la naturaleza, el ejercicio físico y los deportes, reunirse con los amigos, diversiones sanas, volver a la iglesia, puede ayudarlo a mejorar su estado de ánimo. Pero claro, respetando su derecho a la soledad y el silencio. Y recuerde, con Dios usted es invencible.

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