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En la reapertura que se avecina no fallemos a nuestros mayores ni a población en riesgo

Escrito por: Joaquín W. Chávez | 2020-08-23 05:30

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Columna


En uno de estos días mientras me conducía por una colonia populosa en San Salvador, pude ver desde la puerta de mi carro  muchos abuelos que miraban hacia afuera desde el balcón de sus ventanas. Sonrío tímidamente, por cortesía. Pero me invaden sentimientos de rabia, incomprensión, cansancio, injusticia y dolor, al recordar la noticia de los ancianos del asilo Sara Zaldivar que no contaron con tanta suerte.

Esos rostros en realidad, también esconden toda la nostalgia que nos ha dejado esta pandemia: el olvido, deliberado o no, de los más vulnerables entre los vulnerables, nuestros mayores y su tristeza y soledad en sus últimos días, durante su último viaje. (...) Los viejos no mueren, se duermen un día y duermen demasiado, Se toman de la mano, tienen miedo de perderse y, sin embargo, se pierden. Dice la estrofa de una vieja canción.

Cierro los ojos por un momento y escucho a Jacques Brel. Su canción Les Vieux (Los viejos) me arroja a esa triste realidad que tan bien cantó. Si bien el verbo quedarse dormido suena mejor en prosa cantada, la realidad es muchísimo más triste. Igual que los primeros 7 meses que nos dejó este 2020, con decenas de adultos mayores muertos a raíz de la pandemia, muchos de ellos, a causa de irresponsabilidades de algún pariente joven que llevó el virus hasta la casa.

La primera de ellas es el enfoque erróneo con el que hemos afrontado la epidemia. El error de cálculo en el tiempo de respuesta y en la urgencia de la misma. Así como el desequilibrio entre los recursos que se dedicaron en un primer momento a las urgencias y a las unidades de cuidados intensivos de los hospitales y los pocos recursos a educar y prevenir, hubo un mayor enfoque de garrote que de zanahoria.

Seamos realistas: las autoridades tardaron mucho en poner en marcha una respuesta clara y eficiente enfocada en las personas vulnerables que más lo necesitaban: los mayores. No había un plan ni de contingencia ni de emergencia. La atención y la mayoría de recursos se centraron en los hospitales: el pulmón de supervivencia para el paciente medio y, hasta cierto punto, para muchos de nosotros. Pero los viejos, como dice Brel, quedaron para después, para más tarde. Mucho más tarde. Demasiado.

Esto se reflejó en la falta de los equipos de protección –y la mala calidad de parte del material disponible–, la falta de formación para el personal que atendía los asilos para que pudiera usarlo correctamente y también por la ausencia de pruebas diagnósticas, poniendo así un sistema de salud al borde del abismo.

Una segunda reflexión que pone sobre el tapete esta pandemia tiene que ver con nuestros valores sociales y nuestros intereses como sociedad. ¿Cómo agradecer a una generación que luchó en la década de los 60, 70 y 80 por nuestros derechos, unos derechos más humanos, más libres y más dignos? Esos luchadores y sobrevivientes de la Guerra Civil vivieron la fase más pesimista de nuestro siglo, pero se remangaron, lucharon y creyeron en tiempos mejores. Hoy son los grandes olvidados en nuestras sociedades egocéntricas.

Prueba de ello fue el mal funcionamiento —incluso la ausencia— del sistema de referencia, dejando al personal no cualificado ni capacitado manejando una situación completamente nueva. Unos trabajadores que, a pesar de su buena voluntad, no están formados para ofrecer los cuidados paliativos y dignos que el paciente necesita. No olvidemos que tanto cuidadores y residentes, así como las familias de estos, han sido abandonados a su suerte, sin ninguna ayuda psicosocial. Las consecuencias de ello son ya visibles; pero lo serán aún más a medida que pase el tiempo.

A pesar de que las consecuencias son desastrosas para nuestros mayores, la primavera de 2020 quedará grabada para siempre como un episodio doloroso en nuestra historia contemporánea, debemos aprender de ello hoy y evitar que vuelva a suceder mañana. Debemos prepararnos para la incertidumbre, y eso incluye: políticas adecuadas, ejercicios de simulación, recursos materiales suficientes y formación continua del personal de las casas de cuidados de adultos.

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