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En El Salvador hasta hacinarse es una cosa de elección según clase social

Escrito por: Miguel Ángel Blanco | 2020-08-16 04:30

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Columna


Elegir cómo hacinarte es también un privilegio en nuestro país. Suena una canción clásica de los noventas, “Oye mi amor”  del grupo mexicano Maná, los celulares de por lo menos 35 personas empiezan a agitarse en las manos de sus dueños, casi todos son Samsung o Iphone de alta gama, algunos con mascarilla, otros sin ella, ninguno respeta la distancia de seguridad por decisión propia. Es un rancho privado en el lago de Coatepeque. Las vacaciones de agosto son vividas así por un grupo de amigos de las zonas exclusivas de la capital salvadoreña, de visita en Coatepeque.

Son las cuatro de la mañana de un tres de agosto de 2020. Una cocinera de la zona costera del vecino municipio de Conchagua, prepara el desayuno antes de ir a su puesto de trabajo. Es el único sueldo seguro que entra en casa, después que su esposo no trabaja tanto por la suspensión de las actividades turísticas que han afectado los restaurantes y la venta de mariscos de esa zona. Ella  es una persona de riesgo, hizo caso escurupuloso a las recomendaciones y ni siquiera salía a hacer la compra, tuvo imnsomnio la noche antes de reincorporarse por el miedo a contagiarse, no tiene otra opción. Su familia no come si ella no trabaja.

Saca de su cartera una  la mascarilla quirúrgica que lleva usando toda la semana, intuye que con tanto tiempo de uso la efectividad es casi nula, pero no puede permitirse comprarse una cada día y piensa que aún así será más efectiva que una lavable de tela. Suspira antes de abrir la puerta y colocarse la mascarilla que ya desprende cierto mal olor de tanto uso. Luego toma el autobús que la empresa atunera para la que trabaja proporciona para el personal. En él van al menos otras 40 personas más.

Sube al bus y viaja con la cabeza agachada con la falsa sensación de seguridad que otorga no ver que tienes a varias personas pegadas a ti después de recibir miles de alertas a autoridades de salud y medios sobre la importancia de la distancia de seguridad y evitar lugares cerrados llenos de gente. Llega a su destino, sale del autobús y camina aliviada  hasta su puesto de trabajo. Le esperan diez horas cocinando junto a otras compañeras en un espacio un tanto reducido. A veces tose, nerviosa, y espera que solo sea alergia. Los contagios en La Unión y Conchagua han sido altos. 

Son las 09 de la noche del cinco de agosto. En  algunos ranchos de montaña o de lagos, como el de Ilopango o Coatepeque, o de playa como en La Libertad, se reúnen y hacinan voluntariamente los integrantes de las clases media alta y alta de la sociedad salvadoreña, reunidos voluntariamente para tomar cervezas, bailar y disfrutar. Las mascarillas son una excepción, bailan sin respetar la distancia, se abrazan, gritan. Disfrutan de un momento de ocio, tienen unas buenas vacaciones y hay que olvidar el confinamiento y la pandemia del Covid-19. La mayoría ya olvidó los pitos y las cacerolas de abril.

Esto es lo que llaman libre elección. El modo en que cada estrato social se expone al contagio lleva asociado un componente de clase perpetuado por la acción u omisión de las instituciones. Gente de clase media alta eligen juntarse para divertirse y exponerse a un riesgo que compartirán con la clase trabajadora que no habrá tenido más elección que servirles en algún negocio de los que operan, prepararles la comida. El rico se contagia bailando, el pobre trabajando. 

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