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Empatía para comprender que la cuarentena deja en evidencia las distintas clases

Publicado por: Mario Nelson | Sunday, May 03, 2020

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Columna

Escrito por: Joaquín W. Chávez


Uno de los aforismos más utilizados para describir algunas de las realidades de la cuarentena que estamos viviendo es que “Todos navegamos el mismo mar en diferentes embarcacaiones”. Es muy evidente la enorme dosis de verdad recogida en esa máxima, porque el confinamiento obligatorio dictado por el gobierno en esta pandemia, ha demostrado que unos navegan en yates, otros en embarcaciones modestas, otros en humildes canoas y hay quienes apenas se sostienen en un flotador.

Al navegar en las turbulentas aguas de las redes sociales, se nota que es difícil relacionarse con la masa. Los comportamientos irracionales adquieren un tono delirante en situaciones de estrés social en un colectivo acomodado como el de las democracias occidentales. Pío Baroja expresaba cuál tenía que ser la relación de un hombre fuerte ante los comportamientos de las mayorías: "El hombre fuerte ante la soberana masa no puede tener más que dos movimientos: uno, el dominarla y sujetarla, como a una bestia bruta, con sus manos; el otro, el inspirarla con sus ideas y pensamientos; otra forma de dominio. Yo, que no soy hombre fuerte para ninguna de estas dos acciones, me alejo de la soberana masa para no sentir de cerca su brutalidad colectiva, ni su mala índole".

Es cierto que estos días está resultando difícil establecer relaciones de empatía al ver ciertos comportamientos egoístas, irresponsables e insolidarios. Por eso es la mejor manera para intentar ejercer la que es una de las cualidades más importantes para cuidar de lo común, ponerse en el lugar ajeno. A veces, ciertos comportamientos que podemos valorar como irreflexivos pueden deberse a circunstancias sociales, personales y humanas que podrían ayudar a no juzgar con severidad a nuestros compatriotas antes de sentenciarlos. Tenemos una gran oportunidad para cuidar y empatizar, y sí, cuando pase esto sancionar con dureza a aquellos que se comportan pensando únicamente en su bienestar.

“Yo me quedo en casa, y salgo exclusivamente cuando se requiere y no tengo otra opción” manifiestan algunos mientras condenan a las personas que deben salir. Pero su entorno es amable, una vivienda espaciosa, con un hábitat físico agradable. Tienen medios para trabajar en casa y una conexión a internet de calidad. Una televisión con conexión a internet y suscripción a Netflix y HBO. Para esa clase de personas quedarse en casa puede ser un lujo antes que una obligación.

Empero, tengo muy claro que no todo el mundo está en esas condiciones y decir eso; precisamente por saber eso es que debemos evitar en esos juicios apresurados que muchas veces nos agitan desde el entorno de cuentas oficiales sin hacer una mínimos análisis de la realidad de muchas personas (no se entienda que hago una defensa de los irresponsables), necesitamos manifestar empatía. Es en momentos como los que estamos viviendo cuando la estratificación social es más evidente y la situación laboral y personal adquiere un cariz superlativo. Quedarse en casa es también una cuestión de clase.

No todo el mundo puede darse el lujo de quedarse en casa. Personas que alquilan, que no tienen espacio, que trabajan en la informalidad y la supervivencia de su familia depende de ventas diarias, personas cuyo único lugar de privacidad y descanso es la cama de su habitación. Que comparten vivienda con semidesconocidos en un mesón. Personas que no pueden plantearse hacer una compra de $300 para estar tranquilos y surtidos de toda clase de alimentos porque no los tienen y viven con lo justo, además de no contaron con la fortuna de salir el bono del gobierno.

Estas familias en su inmensa mayoría no tienen conexión a internet ni plataformas de conexión digital y a sus hijos los están atiborrando de tareas “en línea”. Gente con problemas de convivencia personal, que comparte espacio con su agresor, con alguien que tiene problemas con la bebida, personas que necesitan salir para no acabar con una depresión, abuelos que no van a poder ver a sus nietos. No va a ser fácil, pero para muchas personas será más difícil aún. Pensar que nuestra situación siempre es susceptible de empeorar ayudará a ser comprensivo con nuestros vecinos.

Nuestros actos cotidianos pueden ayudar a hacer la vida un poco mejor de quienes lo tienen un poco más difícil, relajar la ansiedad de la gente con la que convivimos. Intentar no hacer ruido innecesario para procurar el descanso de todos, poner la música a un volumen moderado, ser amable al salir a comprar. Ayuda si se tiene miedo o temor pensar en quien tiene que atendernos sin la posibilidad de quedarse en casa.

Estos días en que afloran el miedo, la ansiedad, la incertidumbre y el hastío. Pasará el buen tiempo que todo lo mejora y con los nubarrones y la lluvia habrá momentos de nerviosismo y pesadumbre. Hagamos la vida de quienes nos rodean un poco mejor. Los que están en una situación más privilegiada están en la obligación mayor de comprensión. Es un tiempo de aprendizaje para pensar en colectivo, para dejar el individualismo y procurar crear una sociedad más comprometida con el bienestar ajeno.

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