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Él era un hombre muy temido

Publicado por: Administrador | 18/09/2016

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Columna

Escrito por: Monseñor Rómulo Emiliani


Por monseñor Rómulo Emiliani

Habían pasado nueve meses desde que empezamos el entrenamiento de 14 hombres para trabajar los sábados en la cárcel La Reforma, en Alajuela, Costa Rica. Cuatro psicólogos nos capacitaron para trabajar con personas en conflictos. “Pescador de Hombres” fue el nombre que escogí para el grupo. Llegó el día esperado, llegamos al presidio y fuimos a máxima seguridad, donde cada uno de nosotros tomó un recluso como su “paciente”, hermano y oveja que pastorear. Cada interno en su celda y nosotros frente a ellos separándonos una puerta de hierro con una ventana y barrotes.

Una hora con cada privado de libertad. Después pasábamos a otro módulo y terminábamos con otro más. A mí me tocó en un módulo a “Caballón”, el temido y odiado jefe de la banda de los “Hijos del diablo”. Nuestra técnica consistía en entablar un diálogo sencillo, motivando a la persona a hablar de sus cosas, sin cuestionar ni desmentir lo que dijeran. No empezaríamos predicando ni dando consejos no pedidos.

Poco a poco la persona iba contando más cosas de su vida, preguntando acerca de la biblia, pidiendo consejos, todo esto en un proceso lento pero muy humano, donde la persona iba viendo en nosotros un amigo y confidente. Ya a los 2 meses, el interno contaba con veracidad su vida, sus andanzas, errores y pecados. Pedía que se le evangelizara y lo hacíamos con mucho respeto, pero con autoridad.

En el caso de Caballón, que tenía a su haber muchos muertos, fuera por peleas entre bandas criminales o por sus asaltos y robos, un día me dijo: “¿Mire padre, sabe por qué yo soy así? Es que a mí desde los 6 meses de edad mi padre me perseguía para matarme”. “¿Cómo?, dije yo. “Si a los 6 meses de edad no podías caminar”. Por más entrenamiento que tuve no pude resistir contradecirlo y hasta jocosamente. “No se ría padre. Vivíamos en una bananera en el sur de Costa Rica y mi papá algunas veces llegaba borracho a las 2 de la madrugada a la casa, y todo sucio, orinado, quería tener sexo con mamá.

Mi mamá se resistía y con un machete se dirigía a mi cuna y amenazaba con matarme. Total, a esa hora nos sacaba de la casa y teníamos que dormir en medio de las plantaciones. Eso lo sufrí varios años hasta los seis. Juré vengarme de mi padre. Ya separado de mamá nos regresamos a San José. A los 12 años me lo encontré en un mercado y le di tal golpiza que tuvieron que llevarlo al hospital. Empecé a andar en las calles con otros amigos y me convertí en jefe de banda. Asaltábamos, robábamos. A los 14 años maté a un fulano de otra banda. A los 17 llevaba ya 4 muertos. Muchos enfrentamientos con miembros de otras bandas, con policías, con personas que nos querían eliminar. Mi banda, los Hijos del diablo, se convirtió en un temible grupo criminal. Mucha gente me odia y quiere matarme. Seis veces he sido herido, tanto con bala o cuchillos”.

Yo escuchaba con atención su relato y comprendí cómo influye nuestro entorno, sobre todo, los primeros años de vida, en lo que somos.

Ahí se va tejiendo nuestra personalidad con sus fortalezas y flaquezas. La familia toca las fibras más íntimas de nuestro ser. A los tres meses de vernos los sábados en ese módulo de máxima seguridad dialogando, escuchando con atención y respeto, vino el milagro. Me dijo Caballón: “Padre, ore por mí. Ponga su mano sobre mi cabeza. Bendígame”. Este era un hombre muy alto y fuerte. Quizá, 240 libras. Meter la mano en esa ventana con barrotes era exponerme a que me la partiera en pedazos si hubiera querido. Así hice: extendí mi mano sobre su cabeza.

Él la inclinó y empecé a orar. Al poco rato, Caballón se ponía a llorar como un niño. Más de quince minutos llorando desconsoladamente. Al final, yo ya sintiendo el cansancio de tener la mano tanto tiempo extendida fui terminando la oración. Él quedó en silencio. No habló más.

Quedó inmóvil como una estatua de mármol. Me despedí de él hasta el otro sábado.

Al sábado siguiente era otra persona, sonriente, amable, empezó a contarme algunas anécdotas bonitas de su vida, seguro sacándolas de entre un montón de recuerdos tristes. Hablaba muy bien de su madre, la única persona que lo quiso, decía él. Ella murió de cáncer, relativamente joven. Me pidió le regalara una Biblia.

Así hice. La leía constantemente. Un año después murió trágicamente en el presidio, pero reconciliado con Cristo. Creo firmemente que toda persona puede cambiar con Dios, con quien somos invencibles.

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