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El era un hijo pródigo

Escrito por: Monseñor Rómulo Emiliani | 14/08/2016

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Columna


Monseñor Emiliani, no puedo dormir, no puedo descansar, estoy angustiado, no puedo dejar de pensar en todo lo malo que he hecho. Soy un hombre ruin, un desastre en mi vida sentimental. Engañé a muchas mujeres, embaracé a varias y no he reconocido a ningún hijo, salvo los de mi matrimonio. Hay una muchacha que me amó mucho, que dio todo por mí, y yo jugué con ella, la hice dejar la universidad, la induje a abortar, a ser como mi empleada doméstica. La llevé a mi casa, cuando dejé a mi esposa. Ella me sirvió de mil maneras. Renunció a su familia, a sus amistades. Estaba loca por mí, muy ilusionada y yo le ofrecía el cielo en la tierra. La mantuve engañada tres años hasta que apareció otra mujer, esta profesional, mucho más madura, más seria, más capaz y eché a esa joven. Ella quiso suicidarse. Luego buscó la manera de hacerme daño y en la empresa donde trabajé de gerente llegó a armarme un alboroto. Me insultó, rompió adornos. La sacó a la fuerza la seguridad del negocio. Estoy ahora solo, ya que nadie me ha aguantado mis canalladas. Esta mujer, la profesional, se dio cuenta de mis andadas y decidió dejarme. Llevo cuatro años solo. Mis hijos han crecido. Ellos tampoco quieren saber de mí. He matado a una persona contratando un sicario. Es que el tipo me había amenazado con matarme y sí lo hubiera hecho. Todo esto me tiene al borde de la locura. He bebido y probé droga. Ya no consumo nada de licor, solo cocaína de vez en cuando. Tengo ahora un negocio independiente donde me va bien. Pero estoy solo. De vez en cuando busco el servicio de una prostituta. Hace muchísimos años dejé la Iglesia. Me atormenta la culpa, no me perdono. Cuánto tiempo perdido. Tanto daño que he hecho a otros.

Estimado señor, sí hay un perdón para usted y existe la oportunidad de arrepentirse y volver a empezar. Es cuestión de que se postre ante Dios, le diga que usted ya no puede más, que perdió el control de su vida y que cree firmemente que el Señor puede asumir su existencia y encauzar su vida. Reconozca todo lo malo que ha hecho, busque reconciliarse con Dios y luego de hacer un inventario de todo el daño que haya hecho, busque la manera de pedir perdón a las personas a las que ha dañado. En cuanto a los hijos suyos no reconocidos, en la medida en que tenga la certeza de que son suyos, reconózcalos. Esa joven que dejó todo por usted merece escuchar que usted está arrepentido, que no sabía lo que hacía y que quiere usted que ella lo perdone.

Nuestro Dios es el eternamente misericordioso y lo que quiere es la conversión del pecador. Él no vino a condenar sino a salvar. El dolor de sus pecados, el deseo profundo de cambiar y la petición de perdón al Señor le cambiará la vida. Si es católico busque un sacerdote en el sacramento de la reconciliación.

Usted puede empezar de nuevo, se lo aseguro. Hay una oportunidad para usted de hacer un cambio radical en su vida. El Evangelio nos hace ver que el Señor siempre tiene las puertas de su corazón abiertas para usted. Recuerde la parábola del hijo pródigo. El papá siempre esperó el retorno del hijo que había derrochado una fortuna viviendo libertinamente. En cuando el muchacho volvió arrepentido, inmediatamente el papá lo abrazó, mandó preparar un banquete y fiesta, le dio un vestido nuevo, un anillo en el dedo y sandalias en los pies. Le restituyó todos sus derechos y privilegios y lo trató como a un hijo bueno. Ese es el amor misericordioso de Dios.

No puede usted probar nunca más una gota de licor, ya que la embriaguez lleva a la perdición y ruina. Y por supuesto jamás vuelva a probar la cocaína. Renuncie a eso para siempre. No ande con prostitutas, ofende gravemente a Dios, ya que su cuerpo es templo del Espíritu Santo y, además, corre el riesgo de adquirir una enfermedad venérea o sida. Recuerde que su problema ha sido la promiscuidad. Por lo tanto, renuncie a toda actividad carnal fuera del matrimonio, conságrele al Señor su cuerpo, alma y espíritu. Y perdónese a usted mismo, así como Dios lo hace. Reconcíliese con su propio ser. Dese la oportunidad de empezar de nuevo. Restaure todos los tejidos de convivencia con los demás dejando a un lado la lujuria y respetando la dignidad de los demás. Y recuerde, con Dios usted es invencible.

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