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“El credo de mi vida”

Escrito por: Monseñor Rómulo Emiliani | 11/12/2016

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Columna


Por Rómulo Emiliani
   
Creo en Dios que se hace presente en la historia haciéndose como nosotros, viviendo las angustias y los sufrimientos de los desposeídos y perseguidos y que se entrega en Jesucristo a una muerte ignominiosa y permanece en el silencio y total impotencia tres días en la tumba. Ese es el Dios Amor que demuestra hasta la saciedad que “está con nosotros”. No hay mayor prueba de amor que correr la misma suerte del amado y dar la vida por él. Sin dejar de ser Dios se despojó de todo por nosotros. Creo que ese Dios que es Padre resucitó a su Hijo de entre los muertos y envió al Espíritu Santo quien vive en nosotros y forma su Iglesia y está presente en todas las culturas y en la fe de todos los que creen en lo trascendente sin importar credo o condición ideológica. Creo que ese Dios, Padre, Hijo y Espíritu Santo es una comunidad perfecta en amor y nos quiere incluir a todos en su vida.

Creo en una Iglesia formada por Jesucristo y visiblemente estructurada bajo la guía de su vicario el Papa y que tiene su autoridad en los obispos y en el magisterio reconocido por ellos y que tiene sus piedras vivas que somos todos los que creemos en Jesucristo el Rey. Dotado el Cuerpo de Cristo de miembros igualmente valiosos para Dios, cuenta cada uno de ellos y ellas de carismas que, puestos al servicio del pueblo de Dios, son bendiciones continuas de Dios a los seres humanos.

Creo en la vida que se manifiesta de mil maneras en el universo y que se plasma en nuestro planeta Tierra en los árboles, los ríos, las montañas, los animales de todas las especies y en los seres humanos hechos a imagen y semejanza de Dios. Creo en la cultura de la vida que defiende, genera, promueve y reconstruye las manifestaciones de la existencia, sobre todo las que han sido golpeadas por la maldad. Me adhiero totalmente a ella y prometo luchar hasta el fin de mis días por su extensión y vitalidad.

Creo en los hombres y mujeres que luchan por un mundo mejor, que día a día empuñan las armas de la verdad y de la honestidad y del servicio del amor y del perdón y que se entregan de mil maneras por dejar esta Tierra mejor que como la encontraron. Creo en los que luchan por un ideal y están dispuestos hasta dar la vida por él y son consecuentes con su fe, no importa el credo que profesen. Creo en los que aún golpeados por mil pesares y casi hundidos en sus angustias se levantan cada día y siguen trabajando por llevar el pan a su hogar y están contando sus centavos para que rindan un poco más y dé para la leche de sus niños. Creo en los que en los mercados públicos o en los muelles cargando bultos, en las calles vendiendo refrescos o en el campo luchando con una tierra indómita y las inclemencias del tiempo, curtidos por el sol y el dolor de ver sus esperanzas marchitas, aún así siguen caminando sacándole a la abundancia que está en otra parte, las migajas que deja el reparto de unas manos ambiciosas y egoístas, la de una sociedad deshumanizada. Creo y amo a los pobres y también a los que dentro del sistema, teniendo poco o mucho, dan de sí y de lo que tienen, para incluir a los más desfavorecidos. Creo en la fraternidad y que vamos en un mismo barco, donde al final, si no nos ayudamos, todos nos hundiremos por igual.

Creo en el sudor del esfuerzo, en las lágrimas vertidas por amor, en el sufrimiento causado por la entrega y en la paz que deja la satisfacción del deber cumplido. Creo en aquellos cuyos cuerpos descansan bajo las cruces clavadas en los cementerios, que dicen de muchas maneras entre mil fechas y tan variados nombres, “aquí yace aquel que dio su vida por amor y por el que todavía muchos lo recuerdan agradecidos”. Creo que la vida, pues, tiene sentido y ese es el del amor sin límites, un amor que desde nuestra pequeñez y limitaciones, desde la grandeza de espíritu que hay en nosotros se vierte cada día en los surcos de la existencia como agua cristalina que produce en la tierra frutos de múltiples y ricos sabores. Creo en la vida, en el cielo, en el amor y en el misterio tierno y envolvente de la providencia de Dios que conduce nuestra existencia hacia una plenitud indescriptible. ¡Creo en Dios! Y por Él, que es tan cercano a nosotros, vivo y muero.

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