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El becerro de oro y la Patria

Publicado por: Administrador | 11/09/2016

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Columna

Escrito por: Monseñor Rómulo Emiliani


Por monseñor Romulo Emiliani

Sucedió hace un tiempo en un presidio de nuestro país. Un hombre detenido me contó llorando intensamente cómo se había arrepentido de haber matado a un señor por dinero. Él era un asesino a sueldo. Mató 14 personas en el tiempo que laboró en esa embajada diabólica que es el sicariato, donde las almas se afean de tal forma que cada vez se parecen más a Lucifer. Justificaba sus actos diciendo que en algunos casos mataba personas que habían asesinado o violado a familiares de los que lo contrataban. Que era una especie de “limpieza social”. No hay argumento válido moral para asesinar. Pero decía que también por dinero mató a gente buena, inocente, por asunto de pleitos de tierras, herencias o celos. Y algo lo atormentaba sobremanera: no podía olvidar la escena de una víctima suya, asesinada, que a las cuatro horas del crimen vio en un noticiero de televisión tirada en el suelo, ensangrentada, y sus cuatro hijos, entre ellos una pequeña de 6 años, encima del cadáver llorando intensamente. No pudo dormir por cinco noches. Luego cayó preso. Este hecho lo convirtió. En la cárcel asiste a las Eucaristías y predicaciones nuestras como a los cultos evangélicos y quiere estar continuamente escuchando hablar de Dios. Lee la Palabra, llora continuamente, habla de Dios, y pasa largos ratos en silencio y solo.

Creo que hay espíritus inmundos, entidades inteligentes negativas espirituales, no al grado de legión, que ya sería posesión diabólica, que se enquistan en el alma de las personas y nos inducen a cometer actos execrables que pueden convertirse en hábitos. Son presencias de Satanás que ocupan áreas de nuestro ser espiritual y mental y que necesitan una liberación profunda. No hablo de exorcismos. Un tratamiento espiritual con confesión, eucaristías, oración y actos de penitencia, junto con la asistencia psicológica pueden liberar totalmente a un sicario, un violador, un narcotraficante. Esto implica terapias personales y grupales y en algunos casos, la asistencia de un psiquiatra. En este hombre, la conciencia de sus actos, como el hijo pródigo, y lo que ha podido vivir espiritualmente en el presidio lo han ido liberando de esa presencia espiritual negativa, ese espíritu inmundo de la violencia y el culto al dinero.

Pues nuestra patria pasa por una situación colectiva alarmante. Creo que el dinero se ha convertido en un dios para muchos y es el dios falso más sanguinario, el que exige como monstruo insaciable beber sangre de sus súbditos día y noche. Esta terrible idolatría se manifiesta en el crimen organizado, el narcotráfico particularmente, la prostitución de adultos y de niños y niñas, la proliferación de la pornografía en muchos medios, los secuestros, robos y asaltos, la corrupción pública y privada, tan alarmante como antiguas ambas.

Esta idolatría embrutece, idiotiza a sus adoradores. Están tan seducidos por los bienes materiales adquiridos que como hipnotizados siguen delinquiendo pensando que nadie los va a descubrir y para eso sobornan, amenazan, matan, destruyen la fama y la honra de quien sea y buscan defenderse usando cualquier medio a su alcance. Quieren más y más. Hay una sed insaciable de posesiones y creen que al tener cosas serán más felices y estarán más realizados. El dinero supuestamente les da la seguridad en todos los aspectos. Y claro, como la razón está oscurecida, las cosas caras, lujosas que obtienen buscan cómo hacerlas ver, exhibirlas, creyendo que con eso superarán su complejo de inferioridad y también de culpa que tienen. Pero la conciencia nadie la puede acallar y en los momentos de soledad y silencio, aflora. Por eso tanta droga y licor, para no recordar sus fechorías.

Solo cambiará nuestra patria cuando además de la inversión, empleo, educación, integración familiar, inclusión de los pobres en los planes de desarrollo, nos arrodillemos ante Dios y nos despojemos de las idolatrías. Para eso hay que intensificar la oración, la evangelización, predicar a tiempo y a destiempo, suplicar a Dios eche los espíritus inmundos de nosotros. Y fomentar una cultura de la sencillez, del ahorro, de acostumbrarnos a vivir con lo necesario, de evitar gastar en lo superfluo, lo que simplemente está para alimentar el ego, la vanidad y el orgullo. De promover una civilización donde la solidaridad, el compartir, pensar más en los demás y gastar menos de lo que nos ingresa, nos ayude a vivir de lo esencial, de lo que tiene valor eterno, de la presencia de Dios y el amor al próximo. Mucha sangre dejará de derramarse cuando Dios esté en el primer lugar y no el dinero. Habrá más justicia social y más paz. Creo que con Dios todo puede cambiar porque con Él somos invencibles.

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