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El alcoholismo casi lo destruye

Escrito por: Monseñor Rómulo Emiliani | 13/11/2016

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Columna


Este señor llevaba tres días tomando licor. En el bar donde frecuentaba lo echaron por pelearse con dos personas. Con su automóvil se desplazó a un barrio muy pobre de la ciudad, donde la violencia imperaba y después de las 9 de la noche la gente se recluía en sus casas. Estacionó su auto en una cantina de mala muerte y tambaleándose entró. Eran ya las 11 de la noche y cuatro personas estaban sentadas tomando y se oía la música de unas rancheras. El dueño y único camarero de allí le preguntó que qué quería tomar. Se sentó en una mesa vacía y empezó a beber. A la media hora se quedó dormido y dos de los hombres lo sacaron del bar. El señor despierta y empieza a forcejar con los hombres que lo golpean y lo dejan tirado en la acera. Le quitaron las llaves del carro, lo dejaron sin zapatos y sin billetera y lo dejaron abandonado. Empieza a caminar sin rumbo fijo. A la hora de estar en eso lo recoge un carro de la policía y lo llevan al cuartel o posta policial. A las cinco y media de la mañana, ya más consciente llama a un hijo que lo venga a buscar. El muchacho, de unos 20 años llega y se lo lleva. Este hombre había sido catedrático de derecho, abogado de fama y asesor principal del ministerio de justicia en un gobierno de su país. Ahora ya casi no ejercía, sufría de lagunas mentales y vivía de sus rentas, pero mermando considerablemente su capital. Cuatro hijos tenía. Tres ya profesionales que no querían saber nada de él. Sólo el pequeño lo asistía, lo ayudaba en sus necesidades. La esposa, una mujer muy sufrida tenía una tienda de muebles y con eso se sostenía. Vivía con ella y el hijo en su casa, pero prácticamente sin hacer nada. Pasaba cinco días sobrio y después recaía en el licor.

Lo conocí en un momento de sobriedad y me contó su vida, sus triunfos y hasta dónde había llegado. Había sido el mejor abogado en asuntos laborales y comerciales y con fama inclusive fuera del país. Estábamos solos en su sala de estar. En eso, un par de lágrimas corren por sus mejillas y me dice: “pero todo lo estoy perdiendo monseñor. Me echaron de la universidad y mi bufete de abogado lo lleva un hijo y un sobrino. No me llaman para ningún caso.

Estoy aquí en esta casa día y noche. Me consumo en mis tristezas y ya ni leo. Mire qué biblioteca tengo, más la que quedó en mi oficina. Fui un brillante catedrático en la universidad y he publicado tres libros. Soy una sombra de lo que he sido. Cuando empiezo a beber no puedo parar.” Lo miré a los ojos y le pregunté si él quería renacer su vida, cambiar su existencia, volver a ser el de antes y mejor. Él me dijo que sí, pero que era imposible. Lo invité a arrodillarse en el suelo. Le hice recitar una oración, repitiendo lo que yo decía. Era más o menos así: “Señor Jesucristo, he hecho mal, he desgraciado mi vida, pero aquí estoy dispuesto a empezar de nuevo. Te acepto como mi Salvador y renuncio al pecado. Toma mi vida y hazla de nuevo”. El hombre empezó a llorar con más intensidad. No dejaba de hacerlo y levantaba las manos y pedía perdón al Señor. Después lo senté en el sillón y le dije que le iba a conseguir un amigo de Alcohólicos Anónimos que lo iba ayudar. Él aceptó, aunque un poco incrédulo de ese grupo.

Pasaron seis meses. El hombre no dejó de asistir a las sesiones de A. A. Su recuperación fue notable. Ha recuperado peso. Ya no le tiemblan las manos. Ha empezado a devorar sus libros. Todavía no tiene casos en su oficina. Ya hay cuatro abogados trabajando allá, jóvenes y con talento. A él le dan una proporción de las ganancias por sus acciones. Se entrevistó con el rector de la Universidad y empezó a dar clases temporalmente. Está asistiendo a misa y se ha sometido a tratamiento psicológico. Todavía los hijos, menos el menor, no creen que el papá se recupere. Yo sí lo creo firmemente. Creo que toda persona se puede recuperar de cualquier adicción. Alcohólicos Anónimos lo demuestra. Son millones los que en el mundo entero se han recuperado de la peor adicción, la del alcoholismo, porque esa droga se publicita, se promueve por todos los medios y se presenta en cualquier parte para festejar. Yo creo firmemente que con Dios él será invencible a ese terrible vicio.

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