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Crisis de fe

Escrito por: Monseñor Rómulo Emiliani | 02/08/2015

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Columna


Monseñor, ¿para qué sirve Dios?. Dígame por favor. Yo no entiendo nada. Si él existe y nos creó ¿Para qué fue? ¿Para hacernos sufrir? ¿Se complace acaso en vernos llorar, vivir a medias, pasar hambre, enfermedades y matarnos unos a otros? No entiendo esta fe que ustedes proponen. Yo antes creía, pero ahora estoy tan frustrado por lo que veo, que prefiero no creer, porque si tengo fe, entonces pensaré que es un Dios sádico o incapaz de gobernar el mundo. Que es un Dios que se le escapó el control de todo y no sabe ya qué hacer. O es un Dios que se desentendió de todo y anda en otro mundo y nos abandonó para siempre.

Estimado amigo, yo creo en Dios. No puedo aceptar nacer y morir como un perro y desaparecer para siempre. No puedo aceptar que esa hambre de trascendencia que tenemos en una felicidad absoluta, en un amor eterno, en una paz que no desaparezca, en una relación de convivencia y de fraternidad eterna, sea pura ilusión nuestra. No puedo creer que ese deseo de plenitud total que en esta vida jamás podremos lograr, no tenga una satisfacción plena en el más allá.

Yo sé que hay mucha hambre, injusticia, dolor y angustias. Pero nosotros hemos creado todo eso por seguir nuestro egoísmo y dejar que nuestro yo se convirtiera en un dios falso. Hemos creado las estructuras injustas que hacen que el más fuerte se coma al más débil y que impere así el poder sin control apabullando a los más pobres convirtiéndolos hoy en excluidos. Dios todo lo creó bueno y nos dio libertad para actuar. Esa libertad nuestra mal empleada nos llevó a la ruina. ¿Qué por qué nos dio libertad? Porque nadie puede amar a otro si no lo hace libremente. De otra manera hubiéramos sido marionetas.

Dios no se ha desentendido de la humanidad. Nada más tenemos que leer los profetas y ver la cantidad de mensajes que Dios mandó a su pueblo elegido y el sufrimiento del Señor al ver la desobediencia y la postración del pueblo a los ídolos falsos. El Señor no se desentendió de la humanidad, sino que mandó a su Hijo al mundo y El padeció y murió por nuestros pecados. Dios sufre nuestra tragedia y la ha asumido en Cristo, quien es el “varón de dolores” y cargó con nuestra culpa. El Señor sigue inspirando y enviando a miles de hombres y mujeres para cambiar las cosas, construir el Reino.

De hecho hay mucha gente intentando que las cosas mejoren. Hay una lucha entre el bien y el mal y muchos estamos intentando que lo bueno impere. El testimonio de millones de mártires en 21 siglos de vida de la Iglesia, gente que confesó su fe dando la vida es una prueba clarísima de que creyeron en el más allá, en la vida eterna. Eso habla más que miles de palabras. Por otro lado, cualquier sufrimiento en la vida presente es nada en comparación con la gloria que vendrá después en la eternidad. Esto no debe convertirnos en seres pasivos, sino impulsarnos a trabajar más para ir cambiando las cosas. Cada uno desde su misión y carismas está llamado por el Señor a ir transformando al mundo. Dios nos da la fuerza para hacer las cosas. De hecho hay millones de personas que en la historia han luchado por un mundo donde impere la justicia, el amor y la paz y han entregado su vida por causas muy nobles. Y los vemos en todas las religiones y culturas. En nuestra Iglesia la vida de los santos es realmente hermosa.

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