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Barack
Obama ya ha hecho historia al convertirse en el primer candidato
negro a la Presidencia de USA. Si gana las elecciones en Noviembre
alcanzará otro hito, por las mismas causas. Pero su programa
de ser bueno en materia de política internacional -retirada
de Irak, diálogo directo con los regímenes enemigos
de Norteamérica, en particular los de Irán y Cuba-
ya tiene, por desgracia para su libro de récords, un precedente
histórico.
La
Presidencia del demócrata Jimmy Carter, y quizás
el peor presidente de USA en los últimos cuarenta años,
que también saltó al estrado político con
las tablas de tele evangelista de Obama, predicó la concordia
mundial y el diálogo franco con los gobiernos hostiles
a Estados Unidos. Con las consecuencias de todos conocidas.
Hablar
con el enemigo no es, de suyo, síntoma de flaqueza o de
ingenuidad. Recordemos que cuando Chamberlain habló con
Hitler en Múnich en 1938 el problema no fue el encuentro
en sí, sino la actitud del líder británico;
en lugar de plantar cara al Führer, Chamberlain le dió
el argumento final para la invasión de Checoslovaquia.
En fechas mucho más recientes, cuando el Secretario de
Estado del Bush padre, James Baker, se encontró con el
vicepresidente iraquí Tareq Aziz, lo hizo para poner los
puntos sobre las íes. Irak no se retiró de Kuwait,
que acababa de invadir, y las consecuencias fatales para Bagdad
no se hicieron esperar.
Barack
Obama es un dirigente sin experiencia en materia de política
exterior. Lo mejor que se puede esperar de él es que se
rodee de un equipo sensato de asesores y siga sus consejos. Lo
peor, que pretenda seguir sus instintos de iluminado de la paz
mundial.
Jimmy
Carter lo hizo, y cuando en el caso de Irán quiso arreglar
el entuerto de la crisis de los rehenes con la torpe intervención
militar de rescate, puso las cosas mucho más graves como
era de esperarse. Barack Obama quiere irse de Irak, quiere hablar
sin condiciones previas con los ayatolás, pero ha llegado
a declarar sus disposición a invadir Pakistán si
se demostrase que allí se refugia Osama bin Laden. No hay
nada más peligroso, por lo imprevisible, que la furia del
manso.
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