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Marzo 2006
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Los Riveras, los ricachones de Intipucá. ¿Quién debe llevar los Pantalones?

Por: José Manuel josemanuel@intipucacity.com

Algunos van a juzgar este artículo como un jodido chisme más de la página de Joaquín Chávez, El Chero, otros como un modesto escrito para leer un domingo por la tarde (sino hay otra cosa que hacer), y otros como una bajada de pantalones de intipucacity.com ante los ricachones de Intipucá.


Que cada cual opine lo que quiera, este, al final, es un mundo libre, y por las opiniones no se pagan impuestos, bienvenidas sean, buenas y malas. Mi objetivo sólo es demostrar a toda la cherada que aquí en Intipucacity.com hay libertad de pensamiento y publicamos aquello que creemos es merecedor de alguna mención, sin titubeos, ni recelos, aun si eso significa "pescocear" y pasar un poco por encima del comal al master de los masters. Una vez dijimos que aquí no se salva ni Dios, pues esta vez vamos a poner a parir al propio master, publicando este aríiculo. Aunque él no esté de acuerdo en las "formas," sí está de acuerdo en el "fondo", quiero decir el master sabe que el "peso de informar" al pueblo está por encima de los "convencimientos" y "las amistades" personales, incluso para él, dueño y señor de este modesto medio de información. Le reconocemos su aguante, imparcialidad y su ética de periodista en estos asuntos de la información, aún cuando ésta va en su contra, eso es tener "sangre periodística" y llevar bien los pantalones, mis respetos para Usted.

Vamos a hablar de una de las parejas más triunfadoras de nuestro pueblo, naturalmente, me refiero a Jacinto Rivera y "la dama del billete", doña Abigail de Rivera. Igual que para todo el mundo, no por el billete, sino por costumbre y cortesía, mis respetos para esta pareja.

Esta no es una muestra de doblegarse ante nadie por muy magnate que sea, esto es sencillamente poner sobre la mesa unas realidades de una pareja de negociantes que ha triunfado en el mundo de los negocios y ayudado a nuestro pueblo Intipucá. Aquí no somos una banda de "anti-abigailes" o "fmlnista" enfrentados a Unidos por Intipucá, aquí no estamos en contra de la gente adinerada, esos "derrochadores, devoradores de lujos y comodidades", como dicen por ahí algunos. Aquí estamos para contar hechos y realidades de nuestra gente, ricos y pobres, a nuestro modo y con nuestro estilo. Así es este medio. Punto.

Esto servirá de prueba para aquellos que creen que aquí solo se acosa y se hostiga a los ricachones y sus familias por placer o por envidia, gran falsedad esa es. La pareja de los Rivera, "gentuza adinera" como dicen por ahí algunos sueltos de lengua, se lo ha trabajado, gota a gota, con sudor en la nuca y sacrificio, se merece una modesta mención, aquí en este medio de información, no para indemnizarles por algún que otro dolor de cabeza causado, sino porque representan una realidad más de nuestro pueblo. Hoy se la vamos contar, a pesar de las diferentes opiniones entre los integrantes del equipo de intipucacity.com, que no han sido pocas, como en las grandes salas de interminables reuniones de los poderosos medios de información, se han expuestos los argumentos en contra y a favor y al final ha prevalecido "la prioridad de informar" sobre todas las demás.

"Paradójico, el mismo medio que antes les sacó los chunches al sol, con aquellos escándalos de los hijos, que tanto ruido hicieron, ahora viene y los pone en todo lo alto", para los que piensan así, como he dicho antes y como lo repito ahora, aquí, cherada, hay diversidad de opiniones y libertad de pensamiento. Fíjense, tanto es así que incluso nos vamos atrever a desmangar y contravenir algunos de los argumentos del propio "macizo", el amo y señor de Intipucacity.com, el equilibrista y gran pensador, el Sr. Carlos A. Velásquez.

¿Quién debe llevar los pantalones?

Hace unas semanas, el master Carlos A. Velásquez, publicó aquí un artículo sobre quien llevaba los pantalones en la pareja de los Riveras, citando a la Biblia para argumentar quien debía llevar esta prenda, si el hombre o la mujer. En el artículo más menos decía que el hombre, por ser hombre, debe de llevar las riendas de los negocios y las grandes decisiones en la vida de la pareja, en este caso en la vida de los Riveras, cosa que nos parece un poco desencaja de razón, por los argumentos que, enseguida, exponemos.

Si dentro de la pareja, es el hombre quien posee las mejores habilidades para manejar los dineros y los negocios de la familia pues que sea él quien lleve esos asuntos, si por el contrario resulta que es su mujer la mejor, la más dotada, la mas águila para estos temas, pues que se encargue ella de los dineros y de las gestiones empresariales. Si ambos son unos tigres para los negocios, suerte para ellos, pues que se lo repartan. Así de sencillo, así de lógico.

En el razonamiento humano, no cabe meter a la mujer al saco de la inferioridad frente al hombre simplemente por el hecho de ser mujer o porque la primera de corintios, capítulo 11, versículo 3, diga que las mujeres deben estar sujetas o atadas a los hombres en todo, como quien dice deben ir a rastras por detrás y hacer lo que manden los hombres.

Tengo dos hermanas, una madre, 4 tias y muchas amigas. Mi madre es más o menos 3 veces más rápida que yo echando cuentas y haciendo cálculos de ingresos y gastos, y me doble la edad. Mi hermana en casa es quien lleva los "pantalones", las cuentas del "negocito" y pone a mi cuñado "firme" y "cuadrado", no voy a decir quien de ellas, no vaya ser que me mete en líos, ya los tengo con esto que estoy escribiendo sobre los Rivera. Lo que quiero decir es que las mujeres, esas pocas que hay, cuando se "ponen los pantalones" más vale dejarlas ir por su cuenta sin molestarlas demasiado, porque sino, este tipo de hembra, te lleva por delante sin enterarse. Creo que la seño de Rivera es una de estas, tiene un carácter especial y puede llegar a pescocear a cualquiera que se le entrometa (esto no es un dato científico, solo mi opinión).

Master, aquí no le sigo, en la esencia de la razón, lo de corintios es un disparate. Si las mujeres son las que tienen que llevar el hogar, los hijos, la cocina, la plancha, la escoba, los trampiadores, y demás chunches de la casa, pues que se ocupen ellas de eso, no por ser mujeres, sino porque están mas dotadas para eso, o mejor dicho porque sino se inundaría la casa de basura, de mugre, de trapos, calcetines, y calzones sucios, en fin seria un solo desmadre.

Sí seguimos la lógica de la primera de corintios, volveríamos a la era cuaternaria, cuando un hombre cavernícola, agarraba a una mujer por la cintura, la arrastraba de las mechas por el suelo, se la ponía sobre sus hombros y desaparecía entre la llanura, ...¡así quedaba atada al hombre en todo!

En el mundo de la lógica, no digo en la realidad del día a día, es él "merito" el que cuenta y no la condición del sexo, la raza, la religión, etc. para desempeñar un cometido, ya sea en un negocio familiar, una institución pública, o un trabajo en una empresa privada. Abigail de Rivera parece haber demostrado ser una "gavilana con garras", una maquina fotocopiadora para hacer dinero, esa mujer tiene una pasión especial para los negocios, yo no le hago la pelota, ahí esta el resultado, no me lo invento, y su marido, aparentemente, la complementa con ese semblante, ese talante de señor serio, respetuoso, amable y responsable que manifiesta poseer.

Este es un resumen, desde mis vagos recuerdos de niño, de la aventura en el mundo de los negocios de los Riveras, y como se han repartido esa tarea entre los dos. Les ofrezco mis humildes disculpas, si hay algún error de cálculo, soy salvadoreño como el resto.

LOS RIVERAS

Intipucá, principio-mediados de los 1970s. Abigail y Jacinto, un joven matrimonio, ambos de familias humildes, como casi todos los intipuqueños de aquel entonces, empezaban abrirse camino en la vida como pequeños comerciantes. La vida era simple y sencilla, sin celulares, ni alarmas, ni artilugios modernos, solo el cambio normal y apacible del día a la noche. Su negocito, una triste mesa de madera de cuatro patas con unas cuantas verduras, hortalizas, y granos, tipo tomates, repollos, aguacates, remolachas, guayabas, marañones, frijoles, papas, zunganos, pepinos, arroz y cositas por el estilo dentro de la pequeña casa de la niña Lina Arias, madre de Abigail.

El plan de marketing, al más puro estilo mercadito la cruz, era simplemente "si no compra no mayugue". La clientela, las cheras amas de casa del barrio, como la mamá del chero Nango, niña Juana, Catocha, Chenta, niña Jacovita, Delmis, Celina, etc. y algún que otro andante que pasaba por esa calle en dirección a El Amatal por el lado de la bajada de don Brígido. Ya entonces la joven Abigail era quien llevaba la batuta y la relación con estos clientes fijos y con aquellos clientes potenciales, esos que vivían más lejos del barrio, mientras su marido Jacinto se ocupaba de reponer la mercancía que se iba vendiendo. A pesar de la sencillez, la oferta no estaba mal, estaba bien presentada y la gente agradecía el trato directo y personalizado de la propia Abigail, "valla pues ya me lo paga la otra semana". La "otra semana" podría significar "en los próximos siete días " o en unos cuantos meses. Eran otros tiempos aquellos. Como decía niña Tina, madre de Ebenor, dueño de una cabra lechera, que él mismo ordeñaba, que estaba siempre amarrada en un palo de "jicaro", "dioguarde", entonces la cherada era más tranquila y la gente más humilde, más de fiar.

La parejita, con esfuerzo, sacrificio y sudor en la frente, se iba abriendo camino en los asuntos del comercio al por menor. Compraron una propiedad en el barrio el centro donde ahora está el actual almacén que lleva Vitelia, hermana de Abigail. Ahí empezó la aventura de su situación actual de magnates y negociantes de peso. Jacinto se compró un camioncito Dyna, color azul de 6 ruedas, de 1 tonelada y media, más o menos, para utilizarlo como medio de transporte de las mercaderías que compraban en San Miguel y La Unión para revender en el recién comprado almacén.

Con la compra del almacén, que también era su vivienda, se amplió la gama de productos. Se añadieron las categorías de los calzados, productos del hogar, jabones, detergentes, lejías, productos del cuidado del cuerpo, champús, jabones de olor, pastas de dientes, ropa, productos de ferretería, clavos, martillos, alambre de cercado, etc. a la ya existente gama de frutas, verduras, granos, etc. del principio. De vez en cuanto Jacinto se hacia alguna "jalada" de arena o cemento para aprovechar mejor el viaje a San Miguel y ya de paso hacer "billete extra" y aumentar así el "cash flow" de la gaveta de la tienda, mientras Abigail, se debatía en la gestión del día a día de la tienda, con ganas y con garras, no sólo decidida a plantarle cara al destino, sino dispuesta a arañarlo y subir el peldaño más alto de la dura escalinata del éxito. No sé qué comía o que dieta tenía esta pareja en aquella época, pero las cosas les iban saliendo bien.

Pronto el local se les quedó pequeño. Esta gente empezó a meter el acelerador, se compraron otro camioncito esta vez uno de color rojo, y ampliaron la tienda convirtiendo parte del solar de atrás también en almacén. Yo recuerdo, que allá, atrás en el solar había un palo de papaya, y nos metíamos con Quincho y Milo, los hijos de Margo, la "rezadora" (la que cobraba medio tostón por cada velorio), pues allá por el lado del solar de Lupe Gallo, entrábamos a robar las papayas de la tienda, ahí mirábamos al pequeño José Luis, de unos 2-3 años, salivoso como era él de pequeño, junto al montón de cajas vacías de todas las ventas que esta pareja hacía en la tienda. Qué bárbaros, en menos de cinco años ya tenían la mejor tienda de Intipucá a tope y en marcha, recta como la punta de una lanza, apuntando hacia lo más alto, hacia el cielo.

Ya a principios de los 80s, atrás quedaba, relegada en el olvido más absoluto, aquella triste mesa de cuatro patas, llena de frutas y verduras, aquel humilde comienzo se había transformado en un gran almacén, el más grande y más avanzado de Intipucá. Había ya tanto molote a diario en el interior de esa tienda, que se les empezó a quedar grande de mangas, y Abigail, ágil, con la visión de un águila voraz, decidió contratar personal, del más cualificado del pueblo, para ayudarle a despachar y vender en la tienda y seguir creciendo. Por ahí pasaron muchos personajes, entre otros Frijolitos, las Chachas de don Beto, Moy, Irma, Maucito, (todos hijos de Mampo), algún que otro hijo de la Chele, Naún, etc.

Poco antes de los mediados de los 80s (no recuerdo muy bien, es la fecha más exacta que puedo darles), cuando la guerra se puso un poco más "cabrona", ya con la tiendota yendo viento en popa, los Riveras deciden tirar la toalla para abandonar Intipucá, el pueblo de toda la vida, el pueblecito chiribiscoso que les vió nacer, el que tanto llegarían a querer y echar en falta. Así es la vida de jodida algunas veces, cuando ya ves que tienes la vida resuelta, pungún, otra vez te encuentras con el saco roto y con los volados tirados allá en tierras lejanas obligados a volver a empezar de cero, una vez más.

Como muchos cientos de intipuqueños, la pareja Rivera, se lo pensó dos veces, pero al final el desmadre total de la guerra estaba a la vuelta de la esquina a punto de estallar, solo cabía una salida: dejarlo todo, la familia, la casa (aquella casona hermosa enfrente del antiguo cine de Lupe Gallo), la tienda, algunos ahorros, los amigos, etc. para emprender viaje rumbo a "Di Si", la capital de los Yunaired Estéis.

Gracias a los ingresos de la buena gestión hecha en el negocio de la tienda, los Riveras marchan a EE.UU. sin pasar por las tinieblas de cruzar la frontera de forma clandestina, como la gran mayoría de intipuqueños, incluido yo este humilde servidor que pasó por Tijuana a las 4 de la madrugada un domingo 23 de marzo de 1986. Aunque en sus pasaportes ponía visa de turistas, su intención final seria de la emprender negocios ahí y convertirse en gente de peso, en una de las familias más "millonarias" de Intipucá.

Así pues llagados a EE.UU., y una vez superada la etapa de choque y adaptación, rápidamente se ponen manos a la obra y en pocos meses abren en la Columbia Road, una tienda de productos típicos de El Salvador llamada el Gavilán para toda la entonces recién llegada y creciente cherada que se iba estableciendo en la zona de la calle 18, la Columbia Road y la Mt. Pleasant.

De ahí en adelante, siempre con esfuerzo, ganas, habilidad y, ¿cómo no?, también, ambición, de la buena, de esa que utilizan los deportistas para ganar "el oro" en las olimpiadas, los Riveras empezaron una línea de subida vertical en todo aquello que se metían: mini markets, restaurantes, peluquerías, compra de locales, centros comerciales, y hasta las ultimas movidas inmobiliarias de esas de 10.000.000 de dólares en adelante.

Actualmente los Riveras, son gente con la vida económicamente resuelta, pero no bajan la guardia, siempre encima del caballo, especialmente "la seño", administrando las cosas con ojo clínico por sí las moscas. Se han relacionado con gente de la más adinerada del país como la familia Calderón, Sol, etc. No se sabe a cuanto asciende su patrimonio, pero ellos son ahora mismo una de las familias más aventajadas en cuestiones de dinero y con más fortuna de nuestro pueblo. Pero toda esa fortuna no ha sido gratis, hay mucha gente que conoce como fueron sus comienzos, el aguante y el sacrificio que, al parecer, se sometieron para llegar a la situación de privilegio en la que ahora están.

En cuanto a las aportaciones que ha hecho la familia Rivera al pueblo, son bien conocidas, el estadio, el terreno de la casa de la cultura, colaboración en proyectos de mejora de algunas calles, ayuda con el agua potable, organización de las fiestas patronales, etc.

El problema que la cherada debe tener con esta familia es que solo ven la vida de grandes lujos de la que ahora disfrutan, y la vida de comodidades que ofrecen a sus hijos. A la cherada a veces se nos escapa que cuando uno le ha "volado riata" toda la vida, tiene derecho hacer con el fruto de ese sacrificio lo que le dé la gana, mandar a su hija a un viaje de un año por Europa con gastos pagados, comprarle a su hijo de 18 años un BMW 740, o mandarle un bouquet de flores de 2,000 dólares al embajador de EE.UU. en San Salvador. Cuando el dinero es abundante después de haberte "pijiado", puedes tirarlo al fuego si quieres, es tu sacrificio, es tu elección.

Lo que cuenta es que Abigail y Jacinto han triunfado partiendo desde cero y, como no se puede rebobinar el tiempo, no pueden educar a sus hijos con aquel nivel de prudencia y economía de los años 70s y 80s en Intipucá. Cierto, dicen que lo peor y lo mejor que le puede pasar a uno es nacer en una familia millonaria, peor, porque lo más normal es que uno se convierte en un ser extremadamente vago, y mejor, porque, aunque no tengas nunca un trabajo, no te vas a morir de hambre.

Al final, que lleve los pantalones la "Seño del caich", "la dama del billete", la "mera-mera", "la maciza", "la distinguida dueña de Intipucá", "la vieja, la maitra del saco verde" entre otros tantos nombres que le adjudica la plebe, porque tiene más garras, más carácter, más agallas, más pasión para los temas de dinero, aunque eso de los pantalones no es lo importante, es solo una metáfora. Lo importante es que Jacinto y Abigail se han "cachimbiado" y le han "volado riata" juntos toda la vida codo a codo, para tener toda esa fortuna la cual ahora disfrutan, no les calló del cielo, se la han ganado luchando.

Si hay que hacerles algún reproche o sugerencia, yo les pediría, humildemente como es mi estilo, que vuelvan a mostrar el mismo nivel de movilidad para seguir adelante con las ayudas al pueblo como en los mejores tiempos desde esa posición privilegiada de la que gozan, con respecto al resto de los mortales, independientemente de quien gobierne en el pueblo. Si vamos ayudar sólo cuando esté de turno el gobernante dócil y manso, ¡púchica, así no se puede! Cierto, hay una cuestión de méritos y esfuerzos que repartir y adjudicar, entre otros al propio alcalde, Unidos por Intipucá, este medio servidor, etc., todos ahí a la espera de quien sabe qué, con un baile de miradas cruzadas como en un juego de póquer donde hay cuatro matones en una mesa, con las frentes fruncidas y las cartas apretadas a los dedos, con el juego parado, todos estirando el tiempo al máximo.... Lo que intento decir es que la inoperancia llama a la inmovilidad y ésta convida a la haraganería y ésta última es la que lleva a los pueblos a la ruina.

Si tiene algún comentario, haga clic aquí: josemanuel@intipucacity.com

© Copyright-2003 Carlos A. Velásquez Blanco