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Según
se acercan las fechas, su servidor siempre escribe sobre las Fiestas
Patronales de la tierra que nos vio nacer, tan alegre, tan viva,
y desgraciadamente, a veces, tan lejana, como es el caso de todos
aquellos que esta vez por x razones no hemos podido llegar.
Siempre lo ha hecho encantado de poder
dar unas pinceladas literarias más o menos fieles a la
realidad, para el deleite de aquellos que nos gusta leer. A pesar
de mis problemas, esta vez no iba ser la excepción. Les
escribo desde un hospital.
Una vez más nos encontramos delante
de las puertas de Nuestras Fiestas Patronales en honor a San Nicolás
de Tolentino, Jefe y Señor de nuestro querido Gran Arco
de la Boca.
A primera vista todo parece igual que las
ediciones anteriores, el gran bailón de inauguración
en plena calle, la gran alborada del día siguiente con
el omnipresente reparto del chuco a las 5:00 de la madrugada,
las “chongengas” de la unidad de Salud, la de la Asociación
Deportiva, ADI, C.F., el mero Fiestón del día 5
de marzo y así hasta llegar finalmente a la gran traca
final del 10 de marzo que culmina el período festivo de
nuestra localidad.
Todo parece igual, sin embargo, las cosas
ya no son como antes.
Probablemente
ustedes se acuerdan al igual que su servidor de aquellas fiestas
de antaño: la “Valona” de Cañenga, la
rueda de los caballitos de palanca manual, que a más de
alguno arrastraba según intentaba subirse sin pagar, la
escena de los maquinistas y sus hijos comiendo debajo de la tarima
de la voladora, y aquella famosa frase del “loterillista”
ambulante, “el
gallo de mama chepa, pelón pero bien se trepa”. “Sus
apuestas señores, que hoy si les toca”
decía, según recogía los dieses y los cincos
de los apostantes perdedores en aquel tablero de superficie diáfana
con figuras e imágenes tan coloridas y pintorescas como
los valores culturales del pueblo, propios de aquella época.
Eran otros tiempos aquellos, otras realidades.
Las calles eran distintas, las casas, la
gente, los precios, la tecnología, las modas, el entretenimiento...nuestra
propia forma de vernos a nosotros mismos.
La silueta general del pueblo ha cambiado
de fisonomía de arriba abajo y con ella parte de nuestra
realidad.
Recuerdo el precio del par de huevos en
la tienda de Tina Batrez, a dos por quince, los pirulines, a cinco,
el fresco de horchata, a diez, la entrada a la fiesta del 5 de
marzo, a un colón. La gente siempre decía, “puta
está caro el volado”.
Los telegramas se pagaban según
el número de palabras, un párrafo de 2 líneas
salía, más o menos, a tostón y medio. El
telegrafista era todo un señor de la escritura y un experto
de cuidado, golpeando las teclas de aquellas maquinas de escribir
de entonces, con las que esculpía nítidamente el
mensaje de aquel manojo de palabras sueltas y desordenadas con
las que se presentaban los clientes en el mostrador tratando de
componer un mensaje conciso a los familiares.
“Lázaro
B. Carrillo, hijo de Lidia Carrillo, ingresado en el hospital
Bloom a las 11:00 esta mañana. En San Salvador el día
12 enero de 1981” Ponía el telegrafista
de la colonia Zacamil para avisar a una abuela en Intipucá
que su nieto lo habían ingresado por un “ondillazo”
en el ojo izquierdo que le había propinado Odi, el hijo
de Berta Prieta, la noche anterior según pasaba el zipote
de 9 años por una calle oscura hacia su casa.
“Voy a pedir línea en ANTEL”
decía mi tía María “para hablar con
mis hijas en Los Ángeles”, allá se iba directo
al edificio de ANTEL. Al cabo de unas horas, incluso días,
salía la dichosa llamada.
El teléfono, el que utilizaba el
cliente en la cabina, era de color negro, con un cable grueso
de color gris, pesaba como 3 libras. El aparato del operador era
igual, pero con una palanquita al lado, a la que le daba vueltas
como a un molinillo de maíz hasta conseguir pasar la llamada
al otro lado. Cuando conseguía pasar la llamada, conectaba
un cable con una clavija en un panel agujereado que tenía
enfrente. Era el panel de telecomunicaciones.
“Jaja, hija, qué tal, qué
me contas, aquí estamos ya de fiestas” decía
la tía Maria en voz alta para hacerse escuchar hasta el
otro lado del teléfono. Empezaba la conversación
con una de sus hijas allá en Los Ángeles, quien
por falta de “papeles”, no tenía más
remedio que conformarse con la llamada de su madre que la ponía
al corriente de las fiestas del pueblo, a parte de pedirle el
adelanto de la cachita correspondiente a ese fin de mes, a la
cual debía añadirle el aguinaldo de las Fiestas
de Marzo.
En las fiestas se veía a la gente
“fisiqueando” con unas camisetas blancas de algodón
de 4 pesos que ponían “USA for Africa” en letras
grandes de color rojo. La razón era la canción de
moda del momento “We are the world, we are the children”
de Michael Jackson y Compañía.
Las calles principales estaban abiertas
con unas grandes zanjas, rodeadas de tierra roja. Era el proyecto
de aguas negras. Aquella cosa duró casi 3 años.
El ingeniero creo que se llamaba Canales, acorde con la finalidad
del proyecto.
Los televisores eran casi todos en blanco
y negro. El nuestro, para cambiar de canal, teníamos que
hacerlo utilizando una tenaza de electricista. Cuando lo cambiamos
del canal 2 al 4, aquel botón redondo tronaba como una
rueda de carreta en un empedrado. Mi padre había instalado
la antena más alta del pueblo y veíamos hasta el
canal 6 de Honduras. En total, podíamos ver hasta 6 canales,
el 2, el 4, el 6, el 12, el 6 de Honduras y otro de Nicaragua.
Era toda una hazaña. La casa se nos llenaba de gente de
todo el barrio.
Por el televisor veíamos aquellas
series de El Monstruo Miltón, el caballo Tiroloco McGraw
y sus amigos, el Pájaro Loco, el oso Yogui, y otros de
la época. Después llegaron Ultrasiete, Ultraman,
Mazinger Z, etc. Lo que más me gustaba de Mazinger Z era
ver a Coji Cabuto maniobrando “fino” para meter su
nave entre las 4 paredes de la cabeza de aquel monstruo de hierro.
Recuerdo que una vez para las fiestas de
marzo, llegó por primera vez la lucha libre al pueblo.
“Desde la Arena Santanita, gracias a Capitol Sport Promotions”
anunciaban los parlantes por las calles. En el ring se enfrentaban
el Bikingo, El Sordomudo Cruz, El Diablo Rojo, El Bucanero, Acuaman,
la Momia, Ringo el Mercenario, etc. Este último creo que
era el malo del cuadrilátero y cuando le estaban dando
riata o lo tenían contra las cuerdas entraban los ayudantes
a salvarlo. Al final ganaba Ringo gracias al compinche con el
árbitro. Toda la mara protestaba abajo en las sillas.
Creo que el programa lo emitían
por la televisión, en el canal 4, si no me falla la memoria,
se llamaba “Titanes en el Ring”. Recuerdo los cachimbasos
y las llaves de nuca que repartía Martín Karadagian
y la escena repentina del “Hombre de la Barra de Hielo”.
El Cavernícola era todo un cague de risa ...más
no se diga de la Momia Negra que apenas salía del sarcófago
y comenzaba a tirar talegazos tipo boxeador atolondrado. Las tarjetas
de la Momia Negra eran las más difíciles de coleccionar.
Como ven, algunas cosas han cambiado, y
sin embargo, el espíritu de nuestras fiestas, que es lo
principal, sigue adelante.
Una vez más nos encontramos en las
puertas de nuestros Fiestas Patronales, con nuestras reinas, nuestras
carrozas, nuestras luces, nuestros cuetes, nuestros recuerdos.
He querido dedicar esta edición
al recuerdo, quizás para consolar a aquellos que por x
razones esta vez, al igual que su servidor, no han podido viajar
a las fiestas del Gran Arco y que no nos ha quedado otra que conformarnos
con la triste llama en nuestra memoria de aquellas realidades
que vivimos durante las Fiestas Patronales de antaño.
Buenas
Noches y Buena Suerte.
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