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Marzo 2006
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Intipucá de los 80s, Los Tiempos Heroicos: Bellezas, Bailes y Guerra.

Por: José Manuel (Salarruepucá) uno de los mejores escritores del "Gran Arco de la Boca" de este nuevo siglo, con su estilo tan peculiar de expresar las cosas se ha ganado el corazón de muchos salvadoreños que visitan este portal cibernético.


Mientras los “bergasellos” de la guerra empezaban a ser habituales por todo el Oriente del país en un ambiente de miedo y de una pobreza aplastante, algunas bellezas de nuestro pueblo se paseaban con cierto orgullo y delicadeza por aquellas calles polvosas de nuestro querido Gran Arco de la Boca a principio de los 80s.

Para esos entonces, la vida era más simple y el Gran Arco presentaba su cara más humilde, acorde con nuestra historia más profunda llena de miseria, pobreza, analfabetismo, emigración y también mucha belleza.

La guerra y sus primeros grandes “devergues” allá en Morazán y Chalatenago empujarían inevitablemente a la Juventud, sobre todo varones de entre 15 y 25 años, del Arco de Oriente a “barajustar” hacia el Norte, en busca de pan, libertad y un poco de paz.

Con dos mudadas, una chamarrita de 25 pesos, un par de Bracos y, con suerte, un cash de 50 dólares en billetes sencillos enrollados en el ruedo de una de las mudadas, así salimos los varones hacia la aventura del norte, a fajarnos con la vida como disguachers, barrenderos, limpia-inodoros, jala-basura, etc. Entramos a EE.UU. a volarle verga, y aceptamos lo que fuera para conseguir trabajo. En cierto modo, el norte se convirtió en nuestra propia guerra: aguantamos frió, nos llevó la gran puta en el camino, pasamos por el aro de la discriminaron, pero al final nos adaptamos y convertimos nuestra aventura en un modo de vida digno para nosotros y nuestros familiares.

La salida hacia el norte no sólo afectaría a jóvenes varones. En el futuro, todos por igual, hombres, mujeres, niños, muchachas, tíos, abuelas, etc. se jalarían el saco rumbo a ese paraíso terrenal, que los primeros intipuqueños habían encontrado y hecho suyo años atrás, el grandioso Washington, DC., esa gran ciudad, sede del poder imperial, con su majestuoso e inconfundible obelisco que sobresale hacia el cielo anteponiéndose al resto de sus grandes monumentos.

A pesar de los “pijasellos” bélicos y la salida masiva de los jóvenes, la afición y apego a las fiestas populares, especialmente las dedicadas a Nuestro Gran Jefe y Señor, San Nicolás de Tolentino, no flaquearon en el Intipucá de antaño.

En aquellas fiestas de marzo, las Márquez eran las primeras en salir “fisiqueando” vestidas de gala como auténticas modelos, por en medio de aquella pista de baile lisa y llana, de ladrillos achiltotados.

Ahí salían en grupito con una gran fluidez de movimientos de cabeza, tronco y extremidades, dispuestas a derretirse en aquella humilde pero entrañable pista de baile que teníamos en la década de los 80s. A un lado, a unos 2 metros, la mamá de “Beto Pucullo”, -no recuerdo su nombre- de unos 60 años, sentada, como de costumbre, a la par de su fiel canastilla de chicles, observada, con una expresión de asombro y admiración, los glamorosos movimientos y las medias vueltas que caracterizaban aquel vistoso y moderno baile que practicaban las Márquez en las grandes ocasiones.

Mientras la Márquez deslumbraban al público con sus extravagantes movimientos de piernas y cinturas, bajo aquel infinito manto de estrellas característico de las noches del mes de marzo en Oriente, Nuestro Patrón San Nicolás de Tolentino ya reposaba con mucha más tranquilidad en otros rincones más apacibles del pueblo, después de su triunfante exhibición por aquellas polvaredas habituales de entonces.

Allá lo llevaban a hombros al Santo Varón, como tesoro divino, a dar su majestuoso “paseo” por el barrio “el calvario”. Osmin, el papá del Chero Mito, y Nando Pintadillo timoneaban aquella carroza cuesta arriba hacia la cruz del calvario bajo gran esmero y devoción. El resto atrás, hincaban el hombro en la madera y se unían en perfecta coordinación al esfuerzo y a la devoción de los que iban delante marcando el ritmo del paso y la dirección. Aquella estructura de madera, acolchonada entre los cuerpos, se inclinaba suavemente de izquierda a derecha y viceversa al son del paso de los hombres abajo, concentrados en cuerpo y alma, respondiendo sobradamente al fervor y la responsabilidad de mantener en alto y a buen recaudo a nuestro Señor de Tolentino mientras la cuadrilla se abría camino entre la multitud reunida por las calles centrales del Gran Arco.

Devuelta a los bailes, las Márquez deleitaban y alborotaban aquel recinto, pero no eran las únicas buenas mozas en el Intipucá añorable de los 80s. Como diría nuestro chero Charmil, también habían otros “buenos calzones”. Bessy y Miriam Villatoro tenían un buen “chache” y unas impresionantes caderas, que no dejaban a nadie indiferente, menos todavía a aquellos mortales que trabajaban como motoristas en los buses de las rutas 220 y 120, que precisamente pertenecían a su padre, el ilustrísimo Don Fidel Villatoro, de quien las mala lenguas dicen, heredó su fortuna después de la muerte de su primera esposa. Como de costumbre, mis humildes respetos a este ilustre hidalgo Intipuqueño.

En principio, el tipo de baile que las Villatoros practicaban quizás era un poco más tieso, aunque en realidad cualquier cosa parecía tiesa en comparación con la Márquez. Digo en principio, porque cuando la situación se excitaba en aquel recinto, también ellas se tiraban al ruedo a menear todos los extremos del cuerpo al igual que las Márquez, en esos entonces, Dueñas y Señoras de las pistas en los grandes fiestones intipuqueños.

La década avanzaba y la guerra cada vez se volvía más atroz. Mientras el gobierno de Ronald Reagan mandaba una desorbitante cantidad de dinero al Gobierno Salvadoreño para neutralizar la guerrilla, nuestras familias intipuqueñas se dejaban los ahorros de su vida pagando a coyotes para que llevaran a sus jóvenes justamente ahí, a EE.UU. como último recurso para evitar la guerra, una guerra que ese mismo país estaba financiando en nuestro terruño con dinero, armamento, asesoramiento y tecnología, sin ninguna sensibilidad al drama humano que eso estaba causando al pueblo salvadoreño.

Los beneficiados de todo aquel círculo diabólico operado por EE.UU. eran los militares y políticos de alto rango del país y los coyotes. Semilla de Mango y Monchito les fue bien en aquella época, aunque Semilla de Mango dicen que perdió toda su fortuna gracias a su ludopatía, se chivió todo ese billetal, “contodi” la casona que había hecho en San Miguel. En cuanto a Monchito, no les puedo informar de su fin como coyote, hace tiempo que no se nada de él.

En esa época, Monchito y Semilla de Mango movieron un gran cachimbazo de gente a los “Llunaired”. En la actualidad vivimos en ese país cerca de 3 millones de salvadoreños a quienes los gringos ahora nos quieren echar a la verga por ser, según ellos, “ilegales invasores”, después de haber financiado, y por tanto contribuido a alimentar una de las guerras más ideológicas y sangrientas de Latinoamérica, que ha desplazado a todo ese bergazo de salvadoreños. ¡Grandes ajustes de cuenta del destino! Estados Unidos fue, en parte, responsable de la emigración salvadoreña hacia su propio territorio. Ahora les toca el turno a ellos de aguantarse, por que de aquí no nos vamos ni a tiros.

A mediados de los ochenta después de que la guerrilla tomara el control por unos días de la Alcaldía Municipal y el puesto de la Guardia Nacional, donde murieron unos 7 guardias nacionales y otros tantos en la guerrilla, llegaron a nuestro querido pueblo “Las Méndez”, Sandra y Teresa. ¡Menudas Bichas!

La cosa se había puesto muy cabrona allá en los cantones y su abuela, a quien la apodaban “Mafalda”, debido al tremendo parentesco entre su cabellera y la de Mafalda aquella que salía con Manolito en el canal 4, decidió abandonar su adorado Gualozo de siempre para aterrizar con toda la familia en Intipucá.

A diferencia de las Márquez y las Villatoros, quienes representaban las familias ricachonas del Intipucá de ese entonces, Las Méndez provenían de una clase bastante humilde. Pero eso no fue ningún impedimento para desarrollar su agilidad y demostrar a todo el Gran Arco que las nuevas Reinas del pop en las pistas de baile eran ellas, las Gualoseñas.

En un santiamén, se habían convertido en las Monarcas del nuevo baile “disco”, ganaban todos los concursos que humildemente organizaba la Antigua Escuela Urbana Mixta, ponían los cumpleaños y fiesta rosas patas arriba, incluso su casa, los sábados y domingos, se ponía a reventar con los hits del momento: Donna Summer, Blondie, Michael Jackson, Madona, Prince, etc.

Esto no provocó ningún roce con las Márquez. Al fin y al cabo las Márquez cotizaban en otro rango de edad, y el lujo que derrochaban –zapatos de tacón, prendas de marcas y cosmética de primera– les daba una diferencia de “look” bastante favorable. Yo, sin embargo, tenía que sacar valor de algún lado para enfrentarme aquellos bailes de marzo con un buen par de Burros de aquella legendaria marca ADOC, hasta que mi hermana tuvo el gran detallazo de mandarme un par de “All Stars” color azul, unos “lebis” y unas camisas de cuello Calvin Klein, desde Los Ángeles en la navidad de 1985. Si me permiten el exceso de sinceridad y confianza, aquello me soliviantó bastante en mis movidas y mis biznis particulares.

El alboroto que montaban las Méndez no tenía precedente. Teresa era fina y hacia unos complicados movimientos de esqueleto al son de unas canciones en inglés que nadie comprendía, pero que todos tarareábamos. Teresa desplazaba un brazo en diagonal hacia abajo y hacia arriba, mientras sostenía su cintura con la otra mano y sacudía simultáneamente sus dos hombros al ritmo de “Material Girl”. Sandra, su prima, también hacia los mismos movimientos con la peculiaridad que le añadía a todo eso unos fuertes meneos y golpes de cintura en torniquete hacia la derecha y hacia la izquierda. “Esas zipotas marean a cualquiera” decía alguna señora de avanzada edad que se encontraba por curiosidad entre los espectadores, mientras que la abuela Mafalda sólo era capaz de hacer una advertencia “hasta que no se quiebren no van estar en paz”. La advertencia de la abuela se diluía en el ambiente discotequero que se había instalado en su casa sin afecto alguno en el comportamiento de las nietas o en el de los espectadores.

La guerra seguía haciendo estragos. A finales de los 80s, el país estaba ya zambullido en el caos absoluto. El terror también había llegado a Intipucá. En el camino del Borbollón, a unos 500 metros más adelante de la Casa de Reimundon, una familia entera había sido masacrada, niños y mujeres incluidos, por unos tipos despiadados que parecían ser de los escuadrones de la muerte. En el Mozote había ocurrido algo parecido años atrás pero ahí fueron cerca de 1,200 almas indefensas, 30% de ellos niños menores de 8 años. La atrocidad en forma de asesinatos indiscriminados contra niños y mujeres inocentes había llegado por primera vez al Gran Arco.

Todo el pueblo pasó a ver la guerra desde la óptica de un gran miedo a un verdadero terror colectivo. No era para menos, la matanza de aquella familia inocente nos había tocado demasiado cerca y la escena de los muertos tendidos en el patio y las habitaciones de aquella casa camino al Borbollón causó un shock generalizado en todo el pueblo. Muchos recordamos aquello todavía con gran temor ¿Quien en su sano juicio saca un M16 y arremete contra niños inocentes?

Las guerras son así, brutales y despiadadas sobre todo con los más débiles, y no lo digo desde el sufrimiento ajeno o con la frialdad que se le podría achacar a un escritor aficionado como yo, lo digo desde el dolor sufrido en carne propia y el de mi familia, hace ya más de 25 años.

La masacre sacudió el pueblo entero, pero sobre todo al barrio la bolsa, donde también había un grupito de “seniorinas” de gran encanto, las nietas de Doña Blanca Ramos, Flor y Blanquita. Muy modestas, con un leve y agraciado toque de humildad típico de los buenos pueblos, pero de un gran encanto y hermosura.

Las princesas del barrio la bolsa, eran mis favoritas, tenían esa pincelada de humildad, algo especial que ahora mismo no sabría como empezar a definir. Había algo que se escondía en sus sonrisas, en sus miradas talvez, en la dulzura de sus voces, quizás era una mezcla de todo eso, o quizás era sencillamente su simpleza femenina. En los bailes solían irse al rincón del recinto, siempre bajo la custodia de alguna tía, algún hermano, incluso algún primo menor. El “fisiqueo” despampanante no era lo suyo, pero cuando sonaba por aquellos parlantes el “yo nunca había bailado llegando aquí tan entusiasmado con este Ritmo de la Charanga” también explotaban en movimientos fugases y resbaladizos de caderas y piernas con los codos y hombros semi-encogidos, dando todo de si para destacar entre el murmullo, mientras las Márquez doblaban literalmente sus tacones y sus caderas allá al otro extremo del recinto, y las Méndez hacían sus espectaculares acrobacias rítmicas, provocando un remolino humano en medio del recinto.

Allá por los otros barrios también había otras buenas carnes, Sandra Flores, la hija de Lelo Flores, por ejemplo tenía también mucho talento visual femenino. Tenía un hermoso cuello largo encima de un cuerpo de sirena, pero en el lugar de la cola, tenía dos piernas interminables bien acomodadas en el resto de su hermoso cuerpo. Ella, al igual que las Márquez, tenía también una agilidad acrobática a la hora de mover los pellejos en aquel dichoso recinto, que por cierto, tenía algo tremendamente original: compartía el mismo espacio con la cárcel. Tenía un virtuoso pasillo por el cual los desmadrados de la noche pasaban del recinto directo al calabozo casi de forma instantánea. Por unas lozas con unos hoyos redondos se podía ver a los “entubados” por la entonces temida Guardia Nacional.


Flor Blanco, Sandra Blanco, Lorena y Rosibel Gallo, Olema, y otras muchas más cuyos nombres, desgraciadamente, no puedo recordar, también tuvieron su momento de gloria en el Intipucá de aquellos años heroicos.

Pero quizás lo más auténtico de nuestras fiestas y tradiciones culturales de aquella época estaban un poco más en las “afueras” del centro municipal de Intipucá.

Allá en El Esterón, El Caolotillo, El Amatal, El Borbollon, y cantones aledaños bajo unos improvisados tejaditos de palmas de cocos, ahí se ponían los miatros de aquellas famosos chanchonas a darles riata sin piedad a sus instrumentos hasta exprimirles el último alarido musical para el gozo y descoque de la multitud de paisanos presentes en aquellas tremendas fiestas deportivas y culturales bajo ese cielo azul propio de los tiempos veraniegos en Oriente.

Dentro de la cuadrilla musical, los maitros del acordeón y del violón eran los que más arte derrochaban de aquellos rabiosos aparatos calzados en sus manos como guantes de seda, hechos a medida, perfectos para la ocasión. “Con el gallo mojado”, “Y La Carta Numero 3”, “De Donde es el Perro Mocho”, “Abusadora” eran algunas de las temáticas melódicas con las que los humildes artistas se debatían en duelo entre sí para el deleite de sus clientes al más puro estilo de Oriente en medio de una “humazón” de polvo, que salía de los movimientos y sacudidas de pies de los bailantes en aquella superficie de tierra y polvo que servía como pista de baile bajo aquellos tejados espontáneos hechos de palmas de coco.

El arte musical de los maitros que componían aquellas chanchonas de antaño era algo así como impecable, y como en esa época no teníamos la tecnología para grabar en DVD, no les quedaba otra a los maitros que cobrar por su arte en DIRECTO. Es decir, en el acto: pieza cantada pieza cobrada, o como decimos en guanacolandia “coyol quebrado, coyol comido”. Asi eran los tiempos heroicos, había mucha pasión y mucho arte, incluso a la hora de cobrar.

A la hora de cobrar, la cosa era bien sencilla. El costo de las apasionantes melodías se financiaba con el pago individual de cada galán ahí presente, quien caballerosamente se aproximaba a su galana, inclinaba la cabeza y le prenunciaba suavemente la palabra clave: “bailamos”. Al ratito, en medio del descoque en la pista de tierra, aparecía uno de los maitros del quinteto abriéndose el paso por en medio del gentío, con un sombrero de paja, de grandes dimensiones, en el que “pasaba la escoba” a los clientes bailantes. Ahí el galán depositaba su cuota de 5 centavos por cada danza bailada, mientras su galana esbozaba la otra palabra mágica “Gracias”.

En honor a la franqueza de aquellos tiempos, también debo puntualizar que había más de alguno que, cuando veía venir al del sombrero con sus intenciones de cobrar, dejaba a su pareja tirada en medio de la pista bien polveadita, y salía hecho un pedo de aquellos menesteres para evitar el pago de los dichosos 5 centavos. Eran otros tiempos.

La guerra entre la Guerrilla y el Gobierno terminaría oficialmente en Enero de 1992, para entones ya habíamos más de 1.5 de salvadoreños en Estados Unidos.

Después de aquellos ejemplares Acuerdos De Paz en enero de 1992, que deslumbraron al mundo entero y pusieron fin oficial a la guerra fraticida, la emigración masiva salvadoreña se tomó un respiro, pero los initipuqeños no, nosotros seguimos emigrando al Norte por todos los medios posibles, por tierra, por aire, por arreglos matrimoniales, por adopciones, por invitaciones y patrocinios, o por otros amarres típicos entre primos y familiares. Empezaron a llegar madres, abuelos, hermanos, primas, alcaldes, curas, viejos amigos, y todo un tropel de gente que no había podido largarse durante el conflicto armado. Así es como llegamos a conquistar las tierras del norte, en especial, Washington DC. Muchas o casi todas aquellas bellezas del Gran Arco ahora viven en EE.UU. Otras nunca llegaron a salir del pueblo. En cualquier caso, ellas marcaron una época única en la historia de Intipucá: los tiempos de guerra, de miseria, de pobreza, de emigración, de bellezas ...de tiempos heroicos,

En la actualidad, con el conflicto armado ya enterrado pero con un altísimo índice de violencia de 9 asesinatos a diario en la actual era post-guerra salvadoreña, nuestro querido Gran Arco de la Boca, a pesar de los retos y de las grandes deficiencias que todavía tiene como pueblo, es conocido en Centro América como la estrella fugas, como el símbolo del progreso y del desarrollo gracias a la emigración. Y, mientras los pucos siguen emigrando para conquistar nuevos espacios en el Norte, alguien observa desde una ancha y confortable terraza a las nuevas bellezas intipuqueñas paseándose como antaño por las calles centrales de nuestro querido gran Arco de la Boca, esta vez en admirables carrozas y sobre unas calles cómodas y lisas, totalmente adoquinadas.

Buenas Noches
Y Buena Suerte

José Manuel "Salarruepucá" josemanuel@intipucacity.com

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