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Mientras
los “bergasellos” de la guerra empezaban a ser habituales
por todo el Oriente del país en un ambiente de miedo y
de una pobreza aplastante, algunas bellezas de nuestro pueblo
se paseaban con cierto orgullo y delicadeza por aquellas calles
polvosas de nuestro querido Gran Arco de la Boca a principio de
los 80s.
Para
esos entonces, la vida era más simple y el Gran Arco presentaba
su cara más humilde, acorde con nuestra historia más
profunda llena de miseria, pobreza, analfabetismo, emigración
y también mucha belleza.
La
guerra y sus primeros grandes “devergues” allá
en Morazán y Chalatenago empujarían inevitablemente
a la Juventud, sobre todo varones de entre 15 y 25 años,
del Arco de Oriente a “barajustar” hacia el Norte,
en busca de pan, libertad y un poco de paz.
Con
dos mudadas, una chamarrita de 25 pesos, un par de Bracos y, con
suerte, un cash de 50 dólares en billetes sencillos enrollados
en el ruedo de una de las mudadas, así salimos los varones
hacia la aventura del norte, a fajarnos con la vida como disguachers,
barrenderos, limpia-inodoros, jala-basura, etc. Entramos a EE.UU.
a volarle verga, y aceptamos lo que fuera para conseguir trabajo.
En cierto modo, el norte se convirtió en nuestra propia
guerra: aguantamos frió, nos llevó la gran puta
en el camino, pasamos por el aro de la discriminaron, pero al
final nos adaptamos y convertimos nuestra aventura en un modo
de vida digno para nosotros y nuestros familiares.
La
salida hacia el norte no sólo afectaría a jóvenes
varones. En el futuro, todos por igual, hombres, mujeres, niños,
muchachas, tíos, abuelas, etc. se jalarían el saco
rumbo a ese paraíso terrenal, que los primeros intipuqueños
habían encontrado y hecho suyo años atrás,
el grandioso Washington, DC., esa gran ciudad, sede del poder
imperial, con su majestuoso e inconfundible obelisco que sobresale
hacia el cielo anteponiéndose al resto de sus grandes monumentos.
A
pesar de los “pijasellos” bélicos y la salida
masiva de los jóvenes, la afición y apego a las
fiestas populares, especialmente las dedicadas a Nuestro Gran
Jefe y Señor, San Nicolás de Tolentino, no flaquearon
en el Intipucá de antaño.
En
aquellas fiestas de marzo, las Márquez eran las primeras
en salir “fisiqueando” vestidas de gala como auténticas
modelos, por en medio de aquella pista de baile lisa y llana,
de ladrillos achiltotados.
Ahí
salían en grupito con una gran fluidez de movimientos de
cabeza, tronco y extremidades, dispuestas a derretirse en aquella
humilde pero entrañable pista de baile que teníamos
en la década de los 80s. A un lado, a unos 2 metros, la
mamá de “Beto Pucullo”, -no recuerdo su nombre-
de unos 60 años, sentada, como de costumbre, a la par de
su fiel canastilla de chicles, observada, con una expresión
de asombro y admiración, los glamorosos movimientos y las
medias vueltas que caracterizaban aquel vistoso y moderno baile
que practicaban las Márquez en las grandes ocasiones.
Mientras
la Márquez deslumbraban al público con sus extravagantes
movimientos de piernas y cinturas, bajo aquel infinito manto de
estrellas característico de las noches del mes de marzo
en Oriente, Nuestro Patrón San Nicolás de Tolentino
ya reposaba con mucha más tranquilidad en otros rincones
más apacibles del pueblo, después de su triunfante
exhibición por aquellas polvaredas habituales de entonces.
Allá
lo llevaban a hombros al Santo Varón, como tesoro divino,
a dar su majestuoso “paseo” por el barrio “el
calvario”. Osmin, el papá del Chero Mito, y Nando
Pintadillo timoneaban aquella carroza cuesta arriba hacia la cruz
del calvario bajo gran esmero y devoción. El resto atrás,
hincaban el hombro en la madera y se unían en perfecta
coordinación al esfuerzo y a la devoción de los
que iban delante marcando el ritmo del paso y la dirección.
Aquella estructura de madera, acolchonada entre los cuerpos, se
inclinaba suavemente de izquierda a derecha y viceversa al son
del paso de los hombres abajo, concentrados en cuerpo y alma,
respondiendo sobradamente al fervor y la responsabilidad de mantener
en alto y a buen recaudo a nuestro Señor de Tolentino mientras
la cuadrilla se abría camino entre la multitud reunida
por las calles centrales del Gran Arco.
Devuelta
a los bailes, las Márquez deleitaban y alborotaban aquel
recinto, pero no eran las únicas buenas mozas en el Intipucá
añorable de los 80s. Como diría nuestro chero Charmil,
también habían otros “buenos
calzones”. Bessy y Miriam Villatoro tenían
un buen “chache” y unas impresionantes caderas, que
no dejaban a nadie indiferente, menos todavía a aquellos
mortales que trabajaban como motoristas en los buses de las rutas
220 y 120, que precisamente pertenecían a su padre, el
ilustrísimo Don Fidel Villatoro, de quien las mala lenguas
dicen, heredó su fortuna después de la muerte de
su primera esposa. Como de costumbre, mis humildes respetos a
este ilustre hidalgo Intipuqueño.
En
principio, el tipo de baile que las Villatoros practicaban quizás
era un poco más tieso, aunque en realidad cualquier cosa
parecía tiesa en comparación con la Márquez.
Digo en principio, porque cuando la situación se excitaba
en aquel recinto, también ellas se tiraban al ruedo a menear
todos los extremos del cuerpo al igual que las Márquez,
en esos entonces, Dueñas y Señoras de las pistas
en los grandes fiestones intipuqueños.
La década avanzaba y la guerra cada vez se volvía
más atroz. Mientras el gobierno de Ronald Reagan mandaba
una desorbitante cantidad de dinero al Gobierno Salvadoreño
para neutralizar la guerrilla, nuestras familias intipuqueñas
se dejaban los ahorros de su vida pagando a coyotes para que llevaran
a sus jóvenes justamente ahí, a EE.UU. como último
recurso para evitar la guerra, una guerra que ese mismo país
estaba financiando en nuestro terruño con dinero, armamento,
asesoramiento y tecnología, sin ninguna sensibilidad al
drama humano que eso estaba causando al pueblo salvadoreño.
Los
beneficiados de todo aquel círculo diabólico operado
por EE.UU. eran los militares y políticos de alto rango
del país y los coyotes. Semilla de Mango y Monchito les
fue bien en aquella época, aunque Semilla de Mango dicen
que perdió toda su fortuna gracias a su ludopatía,
se chivió todo ese billetal, “contodi” la casona
que había hecho en San Miguel. En cuanto a Monchito, no
les puedo informar de su fin como coyote, hace tiempo que no se
nada de él.
En
esa época, Monchito y Semilla de Mango movieron un gran
cachimbazo de gente a los “Llunaired”. En la actualidad
vivimos en ese país cerca de 3 millones de salvadoreños
a quienes los gringos ahora nos quieren echar a la verga por ser,
según ellos, “ilegales invasores”, después
de haber financiado, y por tanto contribuido a alimentar una de
las guerras más ideológicas y sangrientas de Latinoamérica,
que ha desplazado a todo ese bergazo de salvadoreños. ¡Grandes
ajustes de cuenta del destino! Estados Unidos fue, en parte, responsable
de la emigración salvadoreña hacia su propio territorio.
Ahora les toca el turno a ellos de aguantarse, por que de aquí
no nos vamos ni a tiros.
A
mediados de los ochenta después de que la guerrilla tomara
el control por unos días de la Alcaldía Municipal
y el puesto de la Guardia Nacional, donde murieron unos 7 guardias
nacionales y otros tantos en la guerrilla, llegaron a nuestro
querido pueblo “Las Méndez”, Sandra y Teresa.
¡Menudas Bichas!
La
cosa se había puesto muy cabrona allá en los cantones
y su abuela, a quien la apodaban “Mafalda”, debido
al tremendo parentesco entre su cabellera y la de Mafalda aquella
que salía con Manolito en el canal 4, decidió abandonar
su adorado Gualozo de siempre para aterrizar con toda la familia
en Intipucá.
A
diferencia de las Márquez y las Villatoros, quienes representaban
las familias ricachonas del Intipucá de ese entonces, Las
Méndez provenían de una clase bastante humilde.
Pero eso no fue ningún impedimento para desarrollar su
agilidad y demostrar a todo el Gran Arco que las nuevas Reinas
del pop en las pistas de baile eran ellas, las Gualoseñas.
En
un santiamén, se habían convertido en las Monarcas
del nuevo baile “disco”, ganaban todos los concursos
que humildemente organizaba la Antigua Escuela Urbana Mixta, ponían
los cumpleaños y fiesta rosas patas arriba, incluso su
casa, los sábados y domingos, se ponía a reventar
con los hits del momento: Donna Summer, Blondie, Michael Jackson,
Madona, Prince, etc.
Esto
no provocó ningún roce con las Márquez. Al
fin y al cabo las Márquez cotizaban en otro rango de edad,
y el lujo que derrochaban –zapatos de tacón, prendas
de marcas y cosmética de primera– les daba una diferencia
de “look” bastante favorable. Yo, sin embargo, tenía
que sacar valor de algún lado para enfrentarme aquellos
bailes de marzo con un buen par de Burros de aquella legendaria
marca ADOC, hasta que mi hermana tuvo el gran detallazo de mandarme
un par de “All Stars” color azul, unos “lebis”
y unas camisas de cuello Calvin Klein, desde Los Ángeles
en la navidad de 1985. Si me permiten el exceso de sinceridad
y confianza, aquello me soliviantó bastante en mis movidas
y mis biznis particulares.
El
alboroto que montaban las Méndez no tenía precedente.
Teresa era fina y hacia unos complicados movimientos de esqueleto
al son de unas canciones en inglés que nadie comprendía,
pero que todos tarareábamos. Teresa desplazaba un brazo
en diagonal hacia abajo y hacia arriba, mientras sostenía
su cintura con la otra mano y sacudía simultáneamente
sus dos hombros al ritmo de “Material Girl”. Sandra,
su prima, también hacia los mismos movimientos con la peculiaridad
que le añadía a todo eso unos fuertes meneos y golpes
de cintura en torniquete hacia la derecha y hacia la izquierda.
“Esas zipotas marean a cualquiera”
decía alguna señora de avanzada edad que se encontraba
por curiosidad entre los espectadores, mientras que la abuela
Mafalda sólo era capaz de hacer una advertencia “hasta
que no se quiebren no van estar en paz”.
La advertencia de la abuela se diluía en el ambiente discotequero
que se había instalado en su casa sin afecto alguno en
el comportamiento de las nietas o en el de los espectadores.
La guerra seguía haciendo estragos. A finales de los 80s,
el país estaba ya zambullido en el caos absoluto. El terror
también había llegado a Intipucá. En el camino
del Borbollón, a unos 500 metros más adelante de
la Casa de Reimundon, una familia entera había sido masacrada,
niños y mujeres incluidos, por unos tipos despiadados que
parecían ser de los escuadrones de la muerte. En el Mozote
había ocurrido algo parecido años atrás pero
ahí fueron cerca de 1,200 almas indefensas, 30% de ellos
niños menores de 8 años. La atrocidad en forma de
asesinatos indiscriminados contra niños y mujeres inocentes
había llegado por primera vez al Gran Arco.
Todo
el pueblo pasó a ver la guerra desde la óptica de
un gran miedo a un verdadero terror colectivo. No era para menos,
la matanza de aquella familia inocente nos había tocado
demasiado cerca y la escena de los muertos tendidos en el patio
y las habitaciones de aquella casa camino al Borbollón
causó un shock generalizado en todo el pueblo. Muchos recordamos
aquello todavía con gran temor ¿Quien en su sano
juicio saca un M16 y arremete contra niños inocentes?
Las
guerras son así, brutales y despiadadas sobre todo con
los más débiles, y no lo digo desde el sufrimiento
ajeno o con la frialdad que se le podría achacar a un escritor
aficionado como yo, lo digo desde el dolor sufrido en carne propia
y el de mi familia, hace ya más de 25 años.
La
masacre sacudió el pueblo entero, pero sobre todo al barrio
la bolsa, donde también había un grupito de “seniorinas”
de gran encanto, las nietas de Doña Blanca Ramos, Flor
y Blanquita. Muy modestas, con un leve y agraciado toque de humildad
típico de los buenos pueblos, pero de un gran encanto y
hermosura.
Las
princesas del barrio la bolsa, eran mis favoritas, tenían
esa pincelada de humildad, algo especial que ahora mismo no sabría
como empezar a definir. Había algo que se escondía
en sus sonrisas, en sus miradas talvez, en la dulzura de sus voces,
quizás era una mezcla de todo eso, o quizás era
sencillamente su simpleza femenina. En los bailes solían
irse al rincón del recinto, siempre bajo la custodia de
alguna tía, algún hermano, incluso algún
primo menor. El “fisiqueo” despampanante no era lo
suyo, pero cuando sonaba por aquellos parlantes el
“yo nunca había bailado llegando aquí tan
entusiasmado con este Ritmo de la Charanga”
también explotaban en movimientos fugases y resbaladizos
de caderas y piernas con los codos y hombros semi-encogidos, dando
todo de si para destacar entre el murmullo, mientras las Márquez
doblaban literalmente sus tacones y sus caderas allá al
otro extremo del recinto, y las Méndez hacían sus
espectaculares acrobacias rítmicas, provocando un remolino
humano en medio del recinto.
Allá
por los otros barrios también había otras buenas
carnes, Sandra Flores, la hija de Lelo Flores, por ejemplo tenía
también mucho talento visual femenino. Tenía un
hermoso cuello largo encima de un cuerpo de sirena, pero en el
lugar de la cola, tenía dos piernas interminables bien
acomodadas en el resto de su hermoso cuerpo. Ella, al igual que
las Márquez, tenía también una agilidad acrobática
a la hora de mover los pellejos en aquel dichoso recinto, que
por cierto, tenía algo tremendamente original: compartía
el mismo espacio con la cárcel. Tenía un virtuoso
pasillo por el cual los desmadrados de la noche pasaban del recinto
directo al calabozo casi de forma instantánea. Por unas
lozas con unos hoyos redondos se podía ver a los “entubados”
por la entonces temida Guardia Nacional.
Flor Blanco, Sandra Blanco, Lorena y Rosibel Gallo, Olema, y otras
muchas más cuyos nombres, desgraciadamente, no puedo recordar,
también tuvieron su momento de gloria en el Intipucá
de aquellos años heroicos.
Pero
quizás lo más auténtico de nuestras fiestas
y tradiciones culturales de aquella época estaban un poco
más en las “afueras” del centro municipal de
Intipucá.
Allá
en El Esterón, El Caolotillo, El Amatal, El Borbollon,
y cantones aledaños bajo unos improvisados tejaditos de
palmas de cocos, ahí se ponían los miatros de aquellas
famosos chanchonas a darles riata sin piedad a sus instrumentos
hasta exprimirles el último alarido musical para el gozo
y descoque de la multitud de paisanos presentes en aquellas tremendas
fiestas deportivas y culturales bajo ese cielo azul propio de
los tiempos veraniegos en Oriente.
Dentro
de la cuadrilla musical, los maitros del acordeón y del
violón eran los que más arte derrochaban de aquellos
rabiosos aparatos calzados en sus manos como guantes de seda,
hechos a medida, perfectos para la ocasión. “Con
el gallo mojado”, “Y La Carta Numero 3”, “De
Donde es el Perro Mocho”, “Abusadora”
eran algunas de las temáticas melódicas con las
que los humildes artistas se debatían en duelo entre sí
para el deleite de sus clientes al más puro estilo de Oriente
en medio de una “humazón” de polvo, que salía
de los movimientos y sacudidas de pies de los bailantes en aquella
superficie de tierra y polvo que servía como pista de baile
bajo aquellos tejados espontáneos hechos de palmas de coco.
El
arte musical de los maitros que componían aquellas chanchonas
de antaño era algo así como impecable, y como en
esa época no teníamos la tecnología para
grabar en DVD, no les quedaba otra a los maitros que cobrar por
su arte en DIRECTO. Es decir, en el acto: pieza
cantada pieza cobrada, o como decimos en
guanacolandia “coyol quebrado,
coyol comido”. Asi eran los tiempos
heroicos, había mucha pasión y mucho arte, incluso
a la hora de cobrar.
A
la hora de cobrar, la cosa era bien sencilla. El costo de las
apasionantes melodías se financiaba con el pago individual
de cada galán ahí presente, quien caballerosamente
se aproximaba a su galana, inclinaba la cabeza y le prenunciaba
suavemente la palabra clave: “bailamos”. Al ratito,
en medio del descoque en la pista de tierra, aparecía uno
de los maitros del quinteto abriéndose el paso por en medio
del gentío, con un sombrero de paja, de grandes dimensiones,
en el que “pasaba la escoba” a los clientes bailantes.
Ahí el galán depositaba su cuota de 5 centavos por
cada danza bailada, mientras su galana esbozaba la otra palabra
mágica “Gracias”.
En
honor a la franqueza de aquellos tiempos, también debo
puntualizar que había más de alguno que, cuando
veía venir al del sombrero con sus intenciones de cobrar,
dejaba a su pareja tirada en medio de la pista bien polveadita,
y salía hecho un pedo de aquellos menesteres para evitar
el pago de los dichosos 5 centavos. Eran otros tiempos.
La
guerra entre la Guerrilla y el Gobierno terminaría oficialmente
en Enero de 1992, para entones ya habíamos más de
1.5 de salvadoreños en Estados Unidos.
Después
de aquellos ejemplares Acuerdos De Paz en enero de 1992, que deslumbraron
al mundo entero y pusieron fin oficial a la guerra fraticida,
la emigración masiva salvadoreña se tomó
un respiro, pero los initipuqeños no, nosotros seguimos
emigrando al Norte por todos los medios posibles, por tierra,
por aire, por arreglos matrimoniales, por adopciones, por invitaciones
y patrocinios, o por otros amarres típicos entre primos
y familiares. Empezaron a llegar madres, abuelos, hermanos, primas,
alcaldes, curas, viejos amigos, y todo un tropel de gente que
no había podido largarse durante el conflicto armado. Así
es como llegamos a conquistar las tierras del norte, en especial,
Washington DC. Muchas o casi todas aquellas bellezas del Gran
Arco ahora viven en EE.UU. Otras nunca llegaron a salir del pueblo.
En cualquier caso, ellas marcaron una época única
en la historia de Intipucá: los tiempos de guerra, de miseria,
de pobreza, de emigración, de bellezas ...de tiempos heroicos,
En
la actualidad, con el conflicto armado ya enterrado pero con un
altísimo índice de violencia de 9 asesinatos a diario
en la actual era post-guerra salvadoreña, nuestro querido
Gran Arco de la Boca, a pesar de los retos y de las grandes deficiencias
que todavía tiene como pueblo, es conocido en Centro América
como la estrella fugas, como el símbolo del progreso y
del desarrollo gracias a la emigración. Y, mientras los
pucos siguen emigrando para conquistar nuevos espacios en el Norte,
alguien observa desde una ancha y confortable terraza a las nuevas
bellezas intipuqueñas paseándose como antaño
por las calles centrales de nuestro querido gran Arco de la Boca,
esta vez en admirables carrozas y sobre unas calles cómodas
y lisas, totalmente adoquinadas.
Buenas
Noches
Y Buena Suerte
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