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En
medio de aquella sobria oscuridad habitual en el interior de su
casa, se percibe borrosamente por la luz mansa de las velas la
silueta de una mujer mayor media vestida, piel morena satinada,
rostro tenebroso, pelos convulsionados, con la mirada seca y directa
como el cañón de un fusil, rompiendo el silencio
de aquel recóndito escondrijo al fondo del interior de
su casa con una carcajada escandalosa, ronca y escalofriante,
mientras en los alrededores un gato negro ronronea moviendo la
cola de un lado a otro por encima de los tejados.
Nos
encontramos en medio de la calle empedrada enfrente de aquella
humilde casita de tablas donde vivía la “vecchia
seniora” de la villa de
Intipucá de los años 70s y 80s. Su nombre es Eulalia
Marchante, mejor conocida como Lala, y su historia es una de las
más oscuras e enigmáticas jamás conocidas
en el Gran Arco de la Boca. Dicen que era la socia y representante
oficial del Cachudo en Oriente. Otros dicen que no fue más
que su víctima. En todo caso, Eulalia Marchante, destacó
por su comportamiento enigmático tras presuntamente haber
pactado a principios de los años 60s con el Diablo, el
Soberano de las tinieblas. Como de costumbre y, esta vez, casi
por obligado cumplimiento, dados los actores implicados, mis respetos
tanto para la dama como para el temido caballero de esta aterradora
historia.
LALA
Y EL CACHUDO: EL PACTO
Se estima que la fecha habría sido el 31 de octubre de
1960, actualmente día de las brujas o Halloween, y el lugar
geográfico escogido Intipucá, departamento de La
Unión, El Salvador. Según la historia, una de ellas
claro, hay tantas versiones, su error había sido llegar
5 minutos más tarde de lo previsto, a las 12:05 de la medianoche
a recoger la flor del palo de amate en el antiguo parque, aquel
árbol que tenía las raíces abultadas por
encima del suelo, al lado de la casita de tabla de mama Tana.
Ahí, cuentan, se había dado cita con el Cachudo
para tratar asuntos tenebrosos, no aptos para el corriente de
los mortales.
Por algún motivo que nadie sabe con certeza,
Lala se había demorado en el trayecto hacia el punto de
la cita. Dicen que se había retrasado sacrificando un gallo,
obra que había realizado como muestra de bondad y obediencia
a su señoría Satanás, rey de las tempestades.
Tampoco se sabe con certeza que tipo de asuntos se traían
ellos entre manos más allá de lo que uno se puede
imaginar en este tipo de relación. Se sospecha con que
ella buscaba poderes sobrenaturales y él, se dice y se
afirma, buscaba una alma más que devorar. Si esta versión
es la correcta, el negocio entre ambos era de justo y mutuo acuerdo
por lo que podríamos deducir que se trataba de un pacto
entre una mujer libre y un varón astuto, algo que por otro
lado podría ser similar a cualquier otro acuerdo entre
una dama y un caballero si no fuera por el detalle de que el caballero
de esta historia era el mismísimo Demonio.
A la cita, ella iba enganchada en un aparato volador
compuesto de un palo horizontal con forma de abanico o palmas
deshilachadas al final de un extremo, aparato que parecía
reunir todos los requisitos de una buena escoba de cocina, aquellas
de mucha voluminosidad, hechas artesanalmente de palmas de caimito
de las que vendían en la tienda de Tina Batre.
Dicen que ella desafiaba temerariamente la perfección
maniobrando aquel artefacto volador. Debe ser muy difícil
maniobrar una herramienta voladora en plena oscuridad sin luz.
Yo nunca la vi, no tuve el susto, pero me imagino el sobresalto
de cualquier mortal al ver una mujer despeinada con una escoba
entre las piernas volando a toda velocidad por encima de la cabeza
a medianoche. Dicen que los que la vieron pilotando aquel fascinante
aparato volador unipersonal fueron los más ancianos del
pueblo, como Native Gallo, mama Chala, Canda Caballero, doña
Jacovita, Celina Andrade o don Toribio (que en paz descansen).
Al llegar a la cita, cuentan que ella dijo, “lo
siento su Señoría, llego 5 minutos tarde, aquí
tiene el gallo tal como me lo solicitó, disculpe las molestias
por la tardanza”, en un tono que debió
ser muy bajo y suave, mirando hacia el suelo, ya que, dicen, al
Cachudo no se le puede ver directamente a los ojos y que Éste
puede llegar a ser muy poco comprensivo cuando se le hace esperar.
El pájaro sacrificado tenía el pescuezo doblado
hacia atrás y la sangre, todavía fresca, le corría
hacia abajo por en medio de las patas. Dicen que es así
como el Cachudo prefiere sus ofrendas. Sin embargo, el Gran Ángel
de las tinieblas estaba más interesado en la impuntualidad
de Lala que en el gallo ofrendado. El Cachudo levantó una
ceja y frunció la otra de forma simultánea, como
dudando de la excusa que le había trasmitido Lala. Sin
decir nada, el Gobernante de los infiernos, amo y señor
del más allá, dio media vuelta y quedándose
de espaldas a ella, estiró la mano izquierda y apuntó
con el dedo índice la flor del amate estrellada en el suelo.
Lala debió haber intuido que el silencio y el sobrio señalamiento
con el dedo hacia la flor desparramada por los suelos por parte
del Cachudo suponían un grave error de su parte, mientras
se mantenía tiesa como una estatua todavía con la
cabeza gacha inclinada hacia el suelo.
No hay testigos ni evidencias científicas
que avalen la veracidad de aquel tenso encuentro entre Lala y
Satanás. El Cachudo en estas cuestiones es radical, no
deja el más mínimo rastro. Las más altas
y avanzadas tácticas y habilidades de los cuerpos de detectives
con Él sencillamente no dan ningún resultado. Algunos
sostienen que en el momento en que el Cachudo señaló
la flor estrellada en el suelo, Lala aguantó la respiración
y a pesar de lo valiente que debió haber sido, le corrió
un escalofrío eléctrico que iba desde atrás
de las orejas, hasta las uñas de los pies. A pesar de eso,
dicen, que ella guardó la compostura.
Nadie sabe a ciencia cierta el significado de
la flor o lo que pasó en el momento inmediatamente después
de que el Cachudo señalara la flor rota contra el suelo.
Unos dicen que es así como el Cachudo firma sus pactos,
con pétalos de rosa de amate. Bastante romántico
diría yo para una bestia tan diabólica, pero el
Cachudo, como cualquier otra doctrina, también tiene sus
protocolos y rituales para sus seguidores. Otros sostienen que
la flor de ese árbol cae en rarísimas ocasiones
debido a causas sobrenaturales y cuando lo hace cae a medianoche
en punto. El misterio de dicha flor es un asunto tabú para
muchos, yo no he podido indagar más allá de que
es una flor misteriosa. Sin embargo, lo que sí parece claro
es que Satanás, amo y señor de los infiernos, lleva
las citas en su diario a rajatabla, no espera a nadie, ni siquiera
5 minutos. Él no concede esos 5, 10, 15 minutos de cortesía
que por regla general damos los seres humanos en nuestras citas.
También hay que decir que algunos Intipuqueños tampoco
concedemos ninguna cortesía, no por que seamos unos diablos,
aunque alguno lo parezca, sino porque sencillamente nos olvidamos
de la hora convenida y decimos ya vendrá en unas cuantas
horas, dos días, un par de meses o en los casos extremos,
como el caso del chero Charamil, simplemente no llegamos o no
se nos espera. En ese aspecto somos mucho más “relax”
y elásticos. Sin embargo, el Maitro de los cachos grandes
con el tiempo no se anda en bromas, no se lo puede permitir, él
tiene los días contados. Sobre el momento inmediatamente
después de que el Cachudo señalara la flor precipitada
contra el suelo, algunos creen que lo que aconteció fue
una ira incontenida por parte de la Gran Bestia, quien, dicen,
terminó retirándole todos los poderes sobrenaturales
a Lala, por haber fallado la hora convenida de la cita y la “cachada”
de la flor antes de estrellarse contra el suelo, algo que para
el Cachudo, según los entendidos, tiene un significado
sagrado.
Después de la cita, milagrosamente Lala
siguió teniendo acceso a su alma, probablemente gracias
al detalle del gallo sacrificado, pero a partir de ese momento,
dicen, que dejó el arte de maniobrar su artilugio volador
para empezar una vida llena de nuevos misterios e incógnitas
que a fecha de hoy nadie ha descifrado. No obstante, hay quienes
creen que Lala nunca dejó de timonear su ultraligero personal
nocturno, a pesar de la retirada de poderes sobrenaturales impuesta
por el Cachudo. En cualquier caso, a partir de aquel momento,
Lala empezó a divagar entre su casa y la iglesia, la iglesia
y su casa. Comenzó a envejecer a una velocidad de espanto
y a padecer una condición mística que no era ni
de bruja ni de loca, sino una especie de trastorno misterioso
en lo más profundo de su conciencia, una lucha interna
desconocida que al final terminaba siempre convirtiéndose
en un misterio más de su comportamiento reservado, oculto
e inexplicable a tal punto que ha pasado a ser uno de los personajes
más enigmáticos en toda la historia del Gran Arco
de Oriente. Final del pacto.
LALA
POR LAS CALLES DEL GRAN ARCO
Desde lo lejos ya se sabía que aquella “vecchia
seniora”, con esa figura fantasmagórica
tan propia como desconcertante, sólo podía corresponder
a alguien en particular, a la inconfundible y misteriosa Eulalia
Marchante, la mujer que se atrevió a pactar con el Cachudo
en el Intipucá de los años 60s.
Físicamente, su aspecto desconcentraba,
ponía los pelos de punta a cualquiera por muy valiente
que éste fuera. Nadie estaba inmune de la “asustadera”
que desprendía la imagen de Lala. Espantaba a niños,
jóvenes, adultos, perros, gallinas, gatos, cabras, vacas,
caballos y demás bestias que se le cruzaban por su lado,
según pasaba como un alma en pena, deslizándose
sigilosamente por aquellas calles empedradas de Intipucá.
Llevaba un bordón para equilibrarse mejor
entre los desniveles del empedrado, pero en realidad aquel bordón
no era más que un buen garrote que utilizaba con cierta
agilidad como arma de defensa personal contra todo aquel que se
le acercara demasiado sin su consentimiento. El garrote parecía
duro, algún tipo de madera dura: roble o pie-venado. No
en vano nadie, ni los más atrevidos del pueblo, se le acercaban
a menos de 3 metros. A ella tampoco le temblaba el pulso, a pesar
de la edad, a la hora de demostrar la poca gentileza de su garrote.
Los gatos y los perros lo sabían bien, eran los primeros
en salir espantados como animales salvajes huyendo del peligro
cuando la veían pasar.
Su mirada era seca y soberbia como una bala. A
las bestias las dominaba de un vistazo. Recuerdo aquella vez cuando
Moncho Mondongo montado en aquella yegüita media “chucara”
que tenía, exhibiendo, como de costumbre, sus dotes de
gran jinete “country” y de control absoluto del animal.
Al pasar a su lado, Lala le fulminó una mirada directa
como un rayo láser a la cara del animal. Los ojos de la
yegua se tornaron blanco-grises. El animal salió disparado
rebotando cuesta abajo como alma que lleva el diablo. Moncho Mondongo,
chiflando como buen corralero y desprevenido de la reacción
del animal, nada pudo hacer para evitar el aterrizaje forzado
directo al suelo. Allá calló junto a unos piñales
delante del solar de Licho Gallo, con la cara llena de polvo mirando
con incredulidad y desconcierto en dirección al rastro
hacia donde había “barajustado” su yegua. El
animal se fue corriendo hasta llegar al antiguo campo de fútbol,
ahí se le pasó el susto, mientras se rebuscaba para
encontrar un bocado entre la tierra seca y la escasa hierva tostada
en una esquina de aquel árido campo.
Lala tenía un hermano, Magdaleno, quien también
padecía de lo mismo, digo de lo “mismo” porque
desconozco el término científico para definir aquel
estado de ánimo que se instaló en su interior después
de aquella tensa cita con Satanás. Ella lo tenía
más marcado, pero más controlado. Al contrario,
a su hermano le iba y le venía una locura parecida a un
ataque de nervios típico de una epilepsia aguda. Dicen
que quien controlaba todo el asunto del comportamiento misterioso
de la familia era ella, quien era la que todavía, a pesar
de todo, tenía la relación de trato directo con
el “Cachudo”.
La casa de Lala, allá por donde los Marchantes,
en el borde, subiendo la cuestecita de doña Amelia, era
de tabla y en su interior había un ambiente despeluznante.
Todo estaba oscuro y al fondo se veía una imagen que trastornaba
todo ojo que la espiaba. Era como una puesta en escena de cine
de espanto donde se apreciaba una figura de una mujer anciana
con unos ojos brillantes parecidos a los de un gato negro en plena
oscuridad, el pelo tan blanco que parecía plateado, largo
y alborotado que le cubría toda la cabeza, incluida la
cara, menos ese brillo de los ojos que llegaba a relumbrar a través
del muro de aquel pelo blanco alborotado, sentada en una hamaca,
casi rozando el suelo, con unos viejos candelabros encendidos,
uno a cada lado, en medio de un “chunchal” desordenado
y esa carcajada (“ja”, “ja”, “ja”,
“jaaaa”) tan grave y estruendosa, con ese eco penetrante,
parecida a la del Doctor Hell en la serie de Mazinger Z. A los
niños, jóvenes, incluso adultos que pasaban por
delante de su casa, la escena les provocaba un cierto escalofrío
helado.
Lala iba todos los días a la iglesia, ahí
se pasaba horas enteras implorando sola delante de la cruz del
Cristo Crucificado. Le agarraba una “rezadera” que
duraba tardes enteras sin parar. El padre, un gringo que tuvimos
durante los años 80s, se me olvida su nombre, no le decía
ni “mu”, no perturbaba en absoluto las largas plegarias
de Lala. No es que tuviera que hacerlo, es sólo que con
Lala nadie se metía, ni siquiera el máximo representante
de Dios en el pueblo. El respeto que Lala imponía en todos
los rincones del pueblo donde se aparecía era apabullante.
Allá se ponía en aquella esquina
sola frente a la cruz. Entraba en cierto silencio sólo
después de un rato de “rezadera” continua.
No sé que tipo de satisfacción o penitencia le llevaba
a sentarse mañanas enteras enfrene de aquel Cristo ensangrentado,
clavado a la madera por las manos y los pies. Se quedaba ida,
completamente en transe, y luego de largas horas frente a la cruz,
salía al jardín del costado derecho de la iglesia,
al lado de aquel palo de “zocote”, ahí se ponía
a seguir con su ritual de reflexiones y pensamientos profundos
sobre dios sabe qué.
A pesar del presunto pacto con el Soberano de
las tinieblas y de todo el espanto que emitía su imagen
a muchos, bestias incluidas, Lala no parecía ser una mujer
diabólica. Más bien padecía de un mal, mejor
dicho, de un estado de ánimo enigmático, que nunca
llegaremos a descubrir. Prueba de ello, dice un experto que desea
el anonimato, es que se encerró en si misma sin importarle
en lo más mínimo ni su imagen, ni lo que ocurría
a su alrededor y nunca hizo un mal a ningún vecino del
pueblo, por lo menos que se conozca. “Ella estaba como en
otro mundo, en otra galaxia” resume el experto.
Al
final Lala envejeció en su humilde casita de tablas, y
unos meses después, en San Salvador, se le apagó
la luz de la vida al igual que a cualquier otro mortal, devorada
por la vejez. La verdad de su historia seguirá siendo un
misterio. Sin embargo, la imagen de la “Vecchia
Seniora” bajando, casi levitando, la cuesta
de Isidra Marchante, o esa escena sentada en la oscuridad del
interior de su casa “carcajadiando”
como un ser sobrenatural, en la iglesia meditando profundamente
sobre sus problemas internos, los almuerzos en la casa de Armando
“Miona”, o en la banca de cemento en el parque bajo
ese palo de amate lamentando dios sabe qué, quizás
alguna herencia robada, quizás algún amor que nunca
fue, quizás alguna perdida de un ser querido, quizás
aquellos 5 minutos aquel 31 de Octubre de 1960, esas imágenes
de la “vieja señora”
quedarán en nuestras memorias como el personaje más
enigmático y misterioso que haya tenido nunca nuestro pueblo.
Este historia va dedicada a Eulalia Marchante,
a sus familiares, a toda la gente que participó en la encuesta
y por último a toda esa fiel cherada que comparte con nosotros
sus aficiones a la lectura y las historias del Gran Arco de la
Boca.
DATOS
OBJETIVOS.
El padre de Eulalia Marchante fue Teodoro Marchante, un señor
de clase baja, originario de San Alejo, quien llegó con
su familia a Intipucá en los años 30's. Eulalia
Marchante tuvo 5 hijos, 4 varones y 1 hembra, esta última
vivía en San Salvador y sobre ella caería la responsabilidad
de curar a su madre de su enfermedad. Gracias al esfuerzo de su
hija, Eulalia Marchante llegó a superar su enfermedad antes
de su muerte lejos de su querida Intipucá.
Eulalia Marchante murió dignamente junto
a su hija y sus nietos en San Salvador a finales de los años
80s. No se sabe a ciencia cierta como murió, pero una fuente
consultada afirma que murió de forma natural después
de haber superado su enfermedad.
Que en paz descanse.
Buenas
noches y buena suerte.
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