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Marzo 2006
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SU EXCELENCIA “LALA”, MADRE DEL ABRACADABRA EN EL GRAN ARCO DE ORIENTE.

Por: José Manuel (Salarruepucá) uno de los mejores escritores del "Gran Arco de la Boca" de este nuevo siglo, con su estilo tan peculiar de expresar las cosas se ha ganado el corazón de muchos salvadoreños que visitan este portal cibernético.

En medio de aquella sobria oscuridad habitual en el interior de su casa, se percibe borrosamente por la luz mansa de las velas la silueta de una mujer mayor media vestida, piel morena satinada, rostro tenebroso, pelos convulsionados, con la mirada seca y directa como el cañón de un fusil, rompiendo el silencio de aquel recóndito escondrijo al fondo del interior de su casa con una carcajada escandalosa, ronca y escalofriante, mientras en los alrededores un gato negro ronronea moviendo la cola de un lado a otro por encima de los tejados.

Nos encontramos en medio de la calle empedrada enfrente de aquella humilde casita de tablas donde vivía la “vecchia seniora” de la villa de Intipucá de los años 70s y 80s. Su nombre es Eulalia Marchante, mejor conocida como Lala, y su historia es una de las más oscuras e enigmáticas jamás conocidas en el Gran Arco de la Boca. Dicen que era la socia y representante oficial del Cachudo en Oriente. Otros dicen que no fue más que su víctima. En todo caso, Eulalia Marchante, destacó por su comportamiento enigmático tras presuntamente haber pactado a principios de los años 60s con el Diablo, el Soberano de las tinieblas. Como de costumbre y, esta vez, casi por obligado cumplimiento, dados los actores implicados, mis respetos tanto para la dama como para el temido caballero de esta aterradora historia.

LALA Y EL CACHUDO: EL PACTO
Se estima que la fecha habría sido el 31 de octubre de 1960, actualmente día de las brujas o Halloween, y el lugar geográfico escogido Intipucá, departamento de La Unión, El Salvador. Según la historia, una de ellas claro, hay tantas versiones, su error había sido llegar 5 minutos más tarde de lo previsto, a las 12:05 de la medianoche a recoger la flor del palo de amate en el antiguo parque, aquel árbol que tenía las raíces abultadas por encima del suelo, al lado de la casita de tabla de mama Tana. Ahí, cuentan, se había dado cita con el Cachudo para tratar asuntos tenebrosos, no aptos para el corriente de los mortales.

Por algún motivo que nadie sabe con certeza, Lala se había demorado en el trayecto hacia el punto de la cita. Dicen que se había retrasado sacrificando un gallo, obra que había realizado como muestra de bondad y obediencia a su señoría Satanás, rey de las tempestades. Tampoco se sabe con certeza que tipo de asuntos se traían ellos entre manos más allá de lo que uno se puede imaginar en este tipo de relación. Se sospecha con que ella buscaba poderes sobrenaturales y él, se dice y se afirma, buscaba una alma más que devorar. Si esta versión es la correcta, el negocio entre ambos era de justo y mutuo acuerdo por lo que podríamos deducir que se trataba de un pacto entre una mujer libre y un varón astuto, algo que por otro lado podría ser similar a cualquier otro acuerdo entre una dama y un caballero si no fuera por el detalle de que el caballero de esta historia era el mismísimo Demonio.

A la cita, ella iba enganchada en un aparato volador compuesto de un palo horizontal con forma de abanico o palmas deshilachadas al final de un extremo, aparato que parecía reunir todos los requisitos de una buena escoba de cocina, aquellas de mucha voluminosidad, hechas artesanalmente de palmas de caimito de las que vendían en la tienda de Tina Batre.

Dicen que ella desafiaba temerariamente la perfección maniobrando aquel artefacto volador. Debe ser muy difícil maniobrar una herramienta voladora en plena oscuridad sin luz. Yo nunca la vi, no tuve el susto, pero me imagino el sobresalto de cualquier mortal al ver una mujer despeinada con una escoba entre las piernas volando a toda velocidad por encima de la cabeza a medianoche. Dicen que los que la vieron pilotando aquel fascinante aparato volador unipersonal fueron los más ancianos del pueblo, como Native Gallo, mama Chala, Canda Caballero, doña Jacovita, Celina Andrade o don Toribio (que en paz descansen).

Al llegar a la cita, cuentan que ella dijo, “lo siento su Señoría, llego 5 minutos tarde, aquí tiene el gallo tal como me lo solicitó, disculpe las molestias por la tardanza”, en un tono que debió ser muy bajo y suave, mirando hacia el suelo, ya que, dicen, al Cachudo no se le puede ver directamente a los ojos y que Éste puede llegar a ser muy poco comprensivo cuando se le hace esperar. El pájaro sacrificado tenía el pescuezo doblado hacia atrás y la sangre, todavía fresca, le corría hacia abajo por en medio de las patas. Dicen que es así como el Cachudo prefiere sus ofrendas. Sin embargo, el Gran Ángel de las tinieblas estaba más interesado en la impuntualidad de Lala que en el gallo ofrendado. El Cachudo levantó una ceja y frunció la otra de forma simultánea, como dudando de la excusa que le había trasmitido Lala. Sin decir nada, el Gobernante de los infiernos, amo y señor del más allá, dio media vuelta y quedándose de espaldas a ella, estiró la mano izquierda y apuntó con el dedo índice la flor del amate estrellada en el suelo. Lala debió haber intuido que el silencio y el sobrio señalamiento con el dedo hacia la flor desparramada por los suelos por parte del Cachudo suponían un grave error de su parte, mientras se mantenía tiesa como una estatua todavía con la cabeza gacha inclinada hacia el suelo.

No hay testigos ni evidencias científicas que avalen la veracidad de aquel tenso encuentro entre Lala y Satanás. El Cachudo en estas cuestiones es radical, no deja el más mínimo rastro. Las más altas y avanzadas tácticas y habilidades de los cuerpos de detectives con Él sencillamente no dan ningún resultado. Algunos sostienen que en el momento en que el Cachudo señaló la flor estrellada en el suelo, Lala aguantó la respiración y a pesar de lo valiente que debió haber sido, le corrió un escalofrío eléctrico que iba desde atrás de las orejas, hasta las uñas de los pies. A pesar de eso, dicen, que ella guardó la compostura.

Nadie sabe a ciencia cierta el significado de la flor o lo que pasó en el momento inmediatamente después de que el Cachudo señalara la flor rota contra el suelo. Unos dicen que es así como el Cachudo firma sus pactos, con pétalos de rosa de amate. Bastante romántico diría yo para una bestia tan diabólica, pero el Cachudo, como cualquier otra doctrina, también tiene sus protocolos y rituales para sus seguidores. Otros sostienen que la flor de ese árbol cae en rarísimas ocasiones debido a causas sobrenaturales y cuando lo hace cae a medianoche en punto. El misterio de dicha flor es un asunto tabú para muchos, yo no he podido indagar más allá de que es una flor misteriosa. Sin embargo, lo que sí parece claro es que Satanás, amo y señor de los infiernos, lleva las citas en su diario a rajatabla, no espera a nadie, ni siquiera 5 minutos. Él no concede esos 5, 10, 15 minutos de cortesía que por regla general damos los seres humanos en nuestras citas. También hay que decir que algunos Intipuqueños tampoco concedemos ninguna cortesía, no por que seamos unos diablos, aunque alguno lo parezca, sino porque sencillamente nos olvidamos de la hora convenida y decimos ya vendrá en unas cuantas horas, dos días, un par de meses o en los casos extremos, como el caso del chero Charamil, simplemente no llegamos o no se nos espera. En ese aspecto somos mucho más “relax” y elásticos. Sin embargo, el Maitro de los cachos grandes con el tiempo no se anda en bromas, no se lo puede permitir, él tiene los días contados. Sobre el momento inmediatamente después de que el Cachudo señalara la flor precipitada contra el suelo, algunos creen que lo que aconteció fue una ira incontenida por parte de la Gran Bestia, quien, dicen, terminó retirándole todos los poderes sobrenaturales a Lala, por haber fallado la hora convenida de la cita y la “cachada” de la flor antes de estrellarse contra el suelo, algo que para el Cachudo, según los entendidos, tiene un significado sagrado.

Después de la cita, milagrosamente Lala siguió teniendo acceso a su alma, probablemente gracias al detalle del gallo sacrificado, pero a partir de ese momento, dicen, que dejó el arte de maniobrar su artilugio volador para empezar una vida llena de nuevos misterios e incógnitas que a fecha de hoy nadie ha descifrado. No obstante, hay quienes creen que Lala nunca dejó de timonear su ultraligero personal nocturno, a pesar de la retirada de poderes sobrenaturales impuesta por el Cachudo. En cualquier caso, a partir de aquel momento, Lala empezó a divagar entre su casa y la iglesia, la iglesia y su casa. Comenzó a envejecer a una velocidad de espanto y a padecer una condición mística que no era ni de bruja ni de loca, sino una especie de trastorno misterioso en lo más profundo de su conciencia, una lucha interna desconocida que al final terminaba siempre convirtiéndose en un misterio más de su comportamiento reservado, oculto e inexplicable a tal punto que ha pasado a ser uno de los personajes más enigmáticos en toda la historia del Gran Arco de Oriente. Final del pacto.

LALA POR LAS CALLES DEL GRAN ARCO
Desde lo lejos ya se sabía que aquella “vecchia seniora”, con esa figura fantasmagórica tan propia como desconcertante, sólo podía corresponder a alguien en particular, a la inconfundible y misteriosa Eulalia Marchante, la mujer que se atrevió a pactar con el Cachudo en el Intipucá de los años 60s.

Físicamente, su aspecto desconcentraba, ponía los pelos de punta a cualquiera por muy valiente que éste fuera. Nadie estaba inmune de la “asustadera” que desprendía la imagen de Lala. Espantaba a niños, jóvenes, adultos, perros, gallinas, gatos, cabras, vacas, caballos y demás bestias que se le cruzaban por su lado, según pasaba como un alma en pena, deslizándose sigilosamente por aquellas calles empedradas de Intipucá.

Llevaba un bordón para equilibrarse mejor entre los desniveles del empedrado, pero en realidad aquel bordón no era más que un buen garrote que utilizaba con cierta agilidad como arma de defensa personal contra todo aquel que se le acercara demasiado sin su consentimiento. El garrote parecía duro, algún tipo de madera dura: roble o pie-venado. No en vano nadie, ni los más atrevidos del pueblo, se le acercaban a menos de 3 metros. A ella tampoco le temblaba el pulso, a pesar de la edad, a la hora de demostrar la poca gentileza de su garrote. Los gatos y los perros lo sabían bien, eran los primeros en salir espantados como animales salvajes huyendo del peligro cuando la veían pasar.

Su mirada era seca y soberbia como una bala. A las bestias las dominaba de un vistazo. Recuerdo aquella vez cuando Moncho Mondongo montado en aquella yegüita media “chucara” que tenía, exhibiendo, como de costumbre, sus dotes de gran jinete “country” y de control absoluto del animal. Al pasar a su lado, Lala le fulminó una mirada directa como un rayo láser a la cara del animal. Los ojos de la yegua se tornaron blanco-grises. El animal salió disparado rebotando cuesta abajo como alma que lleva el diablo. Moncho Mondongo, chiflando como buen corralero y desprevenido de la reacción del animal, nada pudo hacer para evitar el aterrizaje forzado directo al suelo. Allá calló junto a unos piñales delante del solar de Licho Gallo, con la cara llena de polvo mirando con incredulidad y desconcierto en dirección al rastro hacia donde había “barajustado” su yegua. El animal se fue corriendo hasta llegar al antiguo campo de fútbol, ahí se le pasó el susto, mientras se rebuscaba para encontrar un bocado entre la tierra seca y la escasa hierva tostada en una esquina de aquel árido campo.

Lala tenía un hermano, Magdaleno, quien también padecía de lo mismo, digo de lo “mismo” porque desconozco el término científico para definir aquel estado de ánimo que se instaló en su interior después de aquella tensa cita con Satanás. Ella lo tenía más marcado, pero más controlado. Al contrario, a su hermano le iba y le venía una locura parecida a un ataque de nervios típico de una epilepsia aguda. Dicen que quien controlaba todo el asunto del comportamiento misterioso de la familia era ella, quien era la que todavía, a pesar de todo, tenía la relación de trato directo con el “Cachudo”.

La casa de Lala, allá por donde los Marchantes, en el borde, subiendo la cuestecita de doña Amelia, era de tabla y en su interior había un ambiente despeluznante. Todo estaba oscuro y al fondo se veía una imagen que trastornaba todo ojo que la espiaba. Era como una puesta en escena de cine de espanto donde se apreciaba una figura de una mujer anciana con unos ojos brillantes parecidos a los de un gato negro en plena oscuridad, el pelo tan blanco que parecía plateado, largo y alborotado que le cubría toda la cabeza, incluida la cara, menos ese brillo de los ojos que llegaba a relumbrar a través del muro de aquel pelo blanco alborotado, sentada en una hamaca, casi rozando el suelo, con unos viejos candelabros encendidos, uno a cada lado, en medio de un “chunchal” desordenado y esa carcajada (“ja”, “ja”, “ja”, “jaaaa”) tan grave y estruendosa, con ese eco penetrante, parecida a la del Doctor Hell en la serie de Mazinger Z. A los niños, jóvenes, incluso adultos que pasaban por delante de su casa, la escena les provocaba un cierto escalofrío helado.

Lala iba todos los días a la iglesia, ahí se pasaba horas enteras implorando sola delante de la cruz del Cristo Crucificado. Le agarraba una “rezadera” que duraba tardes enteras sin parar. El padre, un gringo que tuvimos durante los años 80s, se me olvida su nombre, no le decía ni “mu”, no perturbaba en absoluto las largas plegarias de Lala. No es que tuviera que hacerlo, es sólo que con Lala nadie se metía, ni siquiera el máximo representante de Dios en el pueblo. El respeto que Lala imponía en todos los rincones del pueblo donde se aparecía era apabullante.

Allá se ponía en aquella esquina sola frente a la cruz. Entraba en cierto silencio sólo después de un rato de “rezadera” continua. No sé que tipo de satisfacción o penitencia le llevaba a sentarse mañanas enteras enfrene de aquel Cristo ensangrentado, clavado a la madera por las manos y los pies. Se quedaba ida, completamente en transe, y luego de largas horas frente a la cruz, salía al jardín del costado derecho de la iglesia, al lado de aquel palo de “zocote”, ahí se ponía a seguir con su ritual de reflexiones y pensamientos profundos sobre dios sabe qué.

A pesar del presunto pacto con el Soberano de las tinieblas y de todo el espanto que emitía su imagen a muchos, bestias incluidas, Lala no parecía ser una mujer diabólica. Más bien padecía de un mal, mejor dicho, de un estado de ánimo enigmático, que nunca llegaremos a descubrir. Prueba de ello, dice un experto que desea el anonimato, es que se encerró en si misma sin importarle en lo más mínimo ni su imagen, ni lo que ocurría a su alrededor y nunca hizo un mal a ningún vecino del pueblo, por lo menos que se conozca. “Ella estaba como en otro mundo, en otra galaxia” resume el experto.

Al final Lala envejeció en su humilde casita de tablas, y unos meses después, en San Salvador, se le apagó la luz de la vida al igual que a cualquier otro mortal, devorada por la vejez. La verdad de su historia seguirá siendo un misterio. Sin embargo, la imagen de la “Vecchia Seniora” bajando, casi levitando, la cuesta de Isidra Marchante, o esa escena sentada en la oscuridad del interior de su casa “carcajadiando” como un ser sobrenatural, en la iglesia meditando profundamente sobre sus problemas internos, los almuerzos en la casa de Armando “Miona”, o en la banca de cemento en el parque bajo ese palo de amate lamentando dios sabe qué, quizás alguna herencia robada, quizás algún amor que nunca fue, quizás alguna perdida de un ser querido, quizás aquellos 5 minutos aquel 31 de Octubre de 1960, esas imágenes de la “vieja señora” quedarán en nuestras memorias como el personaje más enigmático y misterioso que haya tenido nunca nuestro pueblo.

Este historia va dedicada a Eulalia Marchante, a sus familiares, a toda la gente que participó en la encuesta y por último a toda esa fiel cherada que comparte con nosotros sus aficiones a la lectura y las historias del Gran Arco de la Boca.

DATOS OBJETIVOS.
El padre de Eulalia Marchante fue Teodoro Marchante, un señor de clase baja, originario de San Alejo, quien llegó con su familia a Intipucá en los años 30's. Eulalia Marchante tuvo 5 hijos, 4 varones y 1 hembra, esta última vivía en San Salvador y sobre ella caería la responsabilidad de curar a su madre de su enfermedad. Gracias al esfuerzo de su hija, Eulalia Marchante llegó a superar su enfermedad antes de su muerte lejos de su querida Intipucá.

Eulalia Marchante murió dignamente junto a su hija y sus nietos en San Salvador a finales de los años 80s. No se sabe a ciencia cierta como murió, pero una fuente consultada afirma que murió de forma natural después de haber superado su enfermedad.

Que en paz descanse.

Buenas noches y buena suerte.

José Manuel "Salarruepucá" josemanuel@intipucacity.com

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