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Marzo 2006
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CAYÓ Y NO SE LEVANTO (HECHO REAL)

Por: José Manuel josemanuel@intipucacity.com

Un domingo por la noche a eso de las 11, al final de la calle principal de la playa El Tamarindo, la que va hasta el fondo, la que termina literalmente metiéndose en el mar, ahí al lado de unas palmas de coco, junto a unos cuchumbos llenos de pescado oriado, ahí cayó, con la cara hinchada, y el cuerpo duro, engarrotado, hediendo a mugre y orines, en estado de embriagues total, miserable como un perro. Cayó y no se levanto. Su cuerpo se le quedo “tilinte” a media cuesta, caducado, a causa de la alcoholización acumulada de los últimos años. Ese fue su “hasta aquí llegué”, ese fue su adiós definitivo, ese fue su fin, su muerte. Se llamaba Juan Ángel Roldan, de 35 años, hijo de Bernarda Roldan y Juan Angel Lovo. Que en paz descanse.

Esto no es ciencia ficción, es una de las muchas historias reales que ocurren en nuestro país a causa del alcoholismo. Esta historia ocurrió a finales de los 90s en la playa El Tamarindo. Por razones de confidencialidad de la familia, hemos utilizado nombres ficticios, pero la historia corresponde a un hecho real.

Este es un breve relato de los últimos días de Juan Ángel

Volvió deportado de los EE.UU. concretamente de la zona de la Mt. Pleasant, cuando aquello estaba descontrolado, donde a eso de las siete de la mañana ya algunos buscaban aliviar su personal crisis económica, otros su particular lucha de conseguir material para “esnifar”, algunos con pena, otros diestros en el asunto del empeño y otros peores pidiendo limosna para saciar el vicio del alcohol. Tristemente, a estos últimos, pertenecía Juan Ángel. Lo deportaron a finales de los 90s, por ser alcohólico de la vía publica, mal penado con cárcel y deportación inmediata, según la nueva aplicación de las leyes americanas a los inmigrantes.

Volvió al cantón de Playas Negras a la casa de su madre y se sumió con exclusividad única y absoluta al vicio del alcohol, al guaro, el mas fuerte, ese amargo, el adulterado, el que se acompaña con boca de mango, jocote verde y sal para suavizar el trancazo, aunque el, a estas alturas y con su experiencia avanzada en estos asuntos del beber, ya iba directo al trago limpio sin bocas de ningún tipo, ni nada. Ahí en la cantina que estaba en la recta de la carretera antigua de playas negras, ahí se echaba su “octavo” cuando tenía algo de dinero o un trago de “cora” si no había más. Era listo y a pesar de vivir en la ruina total, siempre se las arreglaba para financiar el costo que suponía estar bajo los efectos del guaro de forma permanente. Que desperdicio, esa “viveza de calle” que llevaba dentro para conseguir cualquier cosa por echarse el trago, no la pudo explotar para algo más constructivo, ese mismo nivel de tenacidad y dedicación aplicado a la albañilería por ejemplo hubiese hecho de el un gran constructor. Que desgracia, todo ese talento al servicio de la autodestrucción.

En aquella cantina de mala muerte, junto a los bolos que nadie quiere ni ver, ni tocar y menos hablarles, unos en pie, otros arrimados al muro para no caerse, y otros menos lúcidos, rodando por los suelos, desafiando las leyes de la gravedad, tambaleándose intentado ponerse en pie, pasaba días, semanas completas, entrando y saliendo pegándole fuerte a la botella. Conseguía para un trago iba y se lo echaba; se rebuscaba para otro, iba y se lo echaba. Si tenía algo que vender, iba lo vendía y regresaba para echarse otro, así hasta el final. Esa era su rutina, estaba atado a un vicio, a una adicción, que estaba terminando con toda su vida, en la que no existían vestigios, ni el mas mínimo resto, de dignidad, eso que mueve a las personas a seguir adelante y a levantarse por las mañanas. Había perdido la vergüenza y el respeto a todo, a sus amigos, a su familia y peor aun a los que todavía le apreciaban. Este era su vicio convertido ya en su sistema de supervivencia personal. Era una lucha con el vicio la cual estaba perdiendo por goleada, se lo estaba consumiendo como un cáncer.

Aquel domingo por la noche en la zona de salones del Tamarindo, según entras a la derecha, la zona donde los buenos bebedores, esos de buen saque, esos que les vale “riata” todo, esos que beben hasta decir “ya no”, hombres y mujeres, algunos solo los viernes y otros todos los días, pidió dos platos de curiles con limón y cebolla, 4 cajas de cervezas, 3 mediolitros de ron botran, el litro entero de tick tack,, estos ingredientes componían su idea predilecta del buen comer y esa era su zona especial de combate, esa era su idea del paraíso. Pidió lo mejor de la barra, era como en esas películas, cuando al sentenciado a pena de muerte, se le da barra y menú libre para pedir todo lo que quiera el día de su muerte. Ahí hundido en la miseria del vicio infinito, ahí pasó sus ultimas horas alegres y miserables, antes de emprender rumbo a su fin, a su muerte anunciada.

Hacia las 10.30 de la noche, cuando la fiesta dominguera de la zona empezaba a calmarse, salió de aquel salón balanceándose a duras penas, ahí empezó el inicio de su particular vía crucis de 500 metros, caminando hacia ningún lado, aterrizando por las aceras, teniéndose en cuatro patas, arrimándose y subiéndose por las paredes de las casas para no volver a caerse, con el cerebro completamente alcoholizado, sin dirección, ni rumbo, totalmente a la deriva, en busca de un sitio donde rendirse, como una animal herido de muerte, empujó un poco mas hasta llegar al final de la calle que termina en el estero, allá en la punta, al lado de unas pailas de pescado, ahí se derrumbó para poner punto final a una vida llena de desesperación, miseria, desesperanza y tristeza. Ahí cayó y no se levantó.

Juan Ángel fue encontrado muerto por la marina del puesto del “Jaguey”, tumbado en unos bultos de pescado seco el lunes 19 de abril de 1999 al final de la carretera principal de la playa El Tamarindo. Donde quiera que estés, que Dios se apiade de ti. Los que te conocimos, te apreciamos y siempre te recordamos.

Si posée alguna sugerencia, por favor dejenos saber josemanuel@intipucacity.com

© Copyright-2003 Carlos A. Velásquez