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Un
domingo por la noche a eso de las 11, al final de la calle principal
de la playa El Tamarindo, la que va hasta el fondo, la que termina
literalmente metiéndose en el mar, ahí al lado de
unas palmas de coco, junto a unos cuchumbos llenos de pescado
oriado, ahí cayó, con la cara hinchada, y el cuerpo
duro, engarrotado, hediendo a mugre y orines, en estado de embriagues
total, miserable como un perro. Cayó y no se levanto. Su
cuerpo se le quedo “tilinte” a media cuesta, caducado,
a causa de la alcoholización acumulada de los últimos
años. Ese fue su “hasta aquí llegué”,
ese fue su adiós definitivo, ese fue su fin, su muerte.
Se llamaba Juan Ángel Roldan, de 35 años, hijo de
Bernarda Roldan y Juan Angel Lovo. Que en paz descanse.
Esto
no es ciencia ficción, es una de las muchas historias reales
que ocurren en nuestro país a causa del alcoholismo. Esta
historia ocurrió a finales de los 90s en la playa El Tamarindo.
Por razones de confidencialidad de la familia, hemos utilizado
nombres ficticios, pero la historia corresponde a un hecho real.
Este es un breve relato
de los últimos días de Juan Ángel
Volvió
deportado de los EE.UU. concretamente de la zona de la Mt. Pleasant,
cuando aquello estaba descontrolado, donde a eso de las siete
de la mañana ya algunos buscaban aliviar su personal crisis
económica, otros su particular lucha de conseguir material
para “esnifar”, algunos con pena, otros diestros en
el asunto del empeño y otros peores pidiendo limosna para
saciar el vicio del alcohol. Tristemente, a estos últimos,
pertenecía Juan Ángel. Lo deportaron a finales de
los 90s, por ser alcohólico de la vía publica, mal
penado con cárcel y deportación inmediata, según
la nueva aplicación de las leyes americanas a los inmigrantes.
Volvió
al cantón de Playas Negras a la casa de su madre y se sumió
con exclusividad única y absoluta al vicio del alcohol,
al guaro, el mas fuerte, ese amargo, el adulterado, el que se
acompaña con boca de mango, jocote verde y sal para suavizar
el trancazo, aunque el, a estas alturas y con su experiencia avanzada
en estos asuntos del beber, ya iba directo al trago limpio sin
bocas de ningún tipo, ni nada. Ahí en la cantina
que estaba en la recta de la carretera antigua de playas negras,
ahí se echaba su “octavo” cuando tenía
algo de dinero o un trago de “cora” si no había
más. Era listo y a pesar de vivir en la ruina total, siempre
se las arreglaba para financiar el costo que suponía estar
bajo los efectos del guaro de forma permanente. Que desperdicio,
esa “viveza de calle” que llevaba dentro para conseguir
cualquier cosa por echarse el trago, no la pudo explotar para
algo más constructivo, ese mismo nivel de tenacidad y dedicación
aplicado a la albañilería por ejemplo hubiese hecho
de el un gran constructor. Que desgracia, todo ese talento al
servicio de la autodestrucción.
En
aquella cantina de mala muerte, junto a los bolos que nadie quiere
ni ver, ni tocar y menos hablarles, unos en pie, otros arrimados
al muro para no caerse, y otros menos lúcidos, rodando
por los suelos, desafiando las leyes de la gravedad, tambaleándose
intentado ponerse en pie, pasaba días, semanas completas,
entrando y saliendo pegándole fuerte a la botella. Conseguía
para un trago iba y se lo echaba; se rebuscaba para otro, iba
y se lo echaba. Si tenía algo que vender, iba lo vendía
y regresaba para echarse otro, así hasta el final. Esa
era su rutina, estaba atado a un vicio, a una adicción,
que estaba terminando con toda su vida, en la que no existían
vestigios, ni el mas mínimo resto, de dignidad, eso que
mueve a las personas a seguir adelante y a levantarse por las
mañanas. Había perdido la vergüenza y el respeto
a todo, a sus amigos, a su familia y peor aun a los que todavía
le apreciaban. Este era su vicio convertido ya en su sistema de
supervivencia personal. Era una lucha con el vicio la cual estaba
perdiendo por goleada, se lo estaba consumiendo como un cáncer.
Aquel
domingo por la noche en la zona de salones del Tamarindo, según
entras a la derecha, la zona donde los buenos bebedores, esos
de buen saque, esos que les vale “riata” todo, esos
que beben hasta decir “ya no”, hombres y mujeres,
algunos solo los viernes y otros todos los días, pidió
dos platos de curiles con limón y cebolla, 4 cajas de cervezas,
3 mediolitros de ron botran, el litro entero de tick tack,, estos
ingredientes componían su idea predilecta del buen comer
y esa era su zona especial de combate, esa era su idea del paraíso.
Pidió lo mejor de la barra, era como en esas películas,
cuando al sentenciado a pena de muerte, se le da barra y menú
libre para pedir todo lo que quiera el día de su muerte.
Ahí hundido en la miseria del vicio infinito, ahí
pasó sus ultimas horas alegres y miserables, antes de emprender
rumbo a su fin, a su muerte anunciada.
Hacia
las 10.30 de la noche, cuando la fiesta dominguera de la zona
empezaba a calmarse, salió de aquel salón balanceándose
a duras penas, ahí empezó el inicio de su particular
vía crucis de 500 metros, caminando hacia ningún
lado, aterrizando por las aceras, teniéndose en cuatro
patas, arrimándose y subiéndose por las paredes
de las casas para no volver a caerse, con el cerebro completamente
alcoholizado, sin dirección, ni rumbo, totalmente a la
deriva, en busca de un sitio donde rendirse, como una animal herido
de muerte, empujó un poco mas hasta llegar al final de
la calle que termina en el estero, allá en la punta, al
lado de unas pailas de pescado, ahí se derrumbó
para poner punto final a una vida llena de desesperación,
miseria, desesperanza y tristeza. Ahí cayó y no
se levantó.
Juan Ángel fue encontrado muerto por la marina del puesto
del “Jaguey”, tumbado en unos bultos de pescado seco
el lunes 19 de abril de 1999 al final de la carretera principal
de la playa El Tamarindo. Donde quiera que estés, que Dios
se apiade de ti. Los que te conocimos, te apreciamos y siempre
te recordamos.
Si
posée alguna sugerencia, por favor dejenos saber
josemanuel@intipucacity.com
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