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Noche
realmente era un personaje al que se le podía dar
una infinidad de adjetivos, pero el que más le
encajaba era lo de que estaba hecho un “cadáver”,
así sin más adornos, cosa que alentaba las
creencias en los milagros y los espíritus ya que
dentro de aquel cuerpo fúnebre había vida
y un cierto juicio, a pesar de su apariencia fantasmagórica.
Su cuerpo era como un espíritu y su existencia
un milagro.
En
3 palabras, “estaba hecho pija”, pero era
inofensivo.
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| El
cuerpo del Chero Noche parecía el de un insecto súper-dotado
de dos patas, con huesos flacos, pelos gruesos, ralos, medio
ondulados, algo así como un “chilincoco”
con forma humana, de una altura aproximada de 1 metro 70 cm.
Sobresalía aquel fuerte olor a mugre que siempre le
acompañaba. |
Insisto
en el aspecto físico porque ahí estaba el paradigma
o el milagro de su existencia. El hombre era puro huesos, como
una calavera de laboratorio cubierto con pellejo. Su masa corporal
estaba compuesta por una estructura de huesos que milagrosamente
se sostenía por la piel que actuaba como capa elástica
sobre su esqueleto para evitar su desplome.
El
cuerpo del Chero Noche nunca llegó a desarrollar ni músculos,
ni tendones, ni carne, ni grasa, así pues, el chero Noche
nunca se preocupó de ir a una revisión de colesterol.
A parte de imposible, era totalmente innecesario. Daba la impresión
de ser un humano compuesto de dos capas básicas: hueso
y pellejo. El “poco” buen juicio que tenía
nunca se le tomó como un elemento a tener en cuenta ni
en lo físico, menos aun en lo intelectual, a la hora de
juzgarlo como individuo o como ciudadano. Noche era Noche. Su
carácter lo marcaba su físico y a su físico
la pachita de guaro.
El chero Noche era comparable a una alma en pena, un espíritu
andante, que quedaba demostrado de muchas formas, pero principalmente
en su forma de andar. Caminaba como una especie de sombra animosa;
se desplazaba lentamente como deslizándose suavemente entre
las mansas corrientes de viento cálido, como una fuerza
de humo gris sin llegar a tocar el suelo, como suspendido en el
aire, debido a su estilo “cámara lenta” de
caminar y al suave peso de su cuerpo.
A
pesar de su aspecto fantasmal, en el fondo, el chero Noche era
inofensivo, era un artesano de los desguaces. Nuestro amigo Noche
era el hojalatero del pueblo, desde tiempos inmemorables, o sea
desde quien sabe cuando, yo era muy joven y este dato sobrepasa
mis vagos recuerdos de la infancia. Me acuerdo cuanto venía
el camión de los zapatos, aquel que pasaba a comprar todos
los zapatos viejos de hule y llantas usadas, allá por los
años 1977 y 1978. Para esos entonces, el chero Noche ya
andaba deambulando por las calles polvozas del Gran Arco de la
Boca. A él, al igual que su homologo Burrita, también
le acompañaba una fiel y hermosa dama:
su caja de chunches. Allí llevaba metidas
todas sus herramientas: martillo, perica, tuercas, guachas, desarmador,
su estaño, sus fierros y demás volados relacionados
con el oficio de hojalatero. Por meter, había metido hasta
su vida ahí dentro junto con los fierros, de ahí
que su cuerpo a veces parecía como una flaca armadura de
metal oxidado.
En
cuanto al vicio, al igual que los otros dos personajes (Burrita
y Charamil), Noche también era un gran tenista del guaro
y tenía un excelente saque, arrasaba. Este otro maestro
también había perdido la fe en todo lo demás,
menos en la pachita de guaro. Otra victima de la pasión.
La
dedicación al guaro era exclusiva y los efectos permanentes
e irremediables, una entrega sin limites ni condiciones. De ahí
mis respetos a estos personajes. A pesar de lo autodestructivo
del asunto, aquello de ir por la vida arrastrándose en
4 patas como un reptil sobre aquellas calles, polvosas en verano
y encharcadas en invierno, tenía su mérito y, por
supuesto, mucha “fe y valentía”. Pero esto
al chero Noche le daba igual, su preocupación era otra:
tener la pachita siempre llena para seguir moviéndose.
Quizás la forma más gráfica de describir
el consumo de guaro y alcohol de Noche y sus homólogos
está en el funcionamiento de una bomba de agua: si no hay
agua pasando constantemente por la garganta, el motor se para
o, peor aun, se quema. Bueno pues Noche, al igual que los otros
dos compas, Burrita y Charamil, sin el guaro pasando permanentemente
por sus gargantas, se quemaban.
Recuerdo
perfectamente las escenas del Chero noche bien “zumbado”
por aquellas esquinas. Allá se metía por aquel callejón
tufoso a miados entre el billar y la entonces casa de Juventino
Mono, aquel callejoncito enfrente de la casa de Doña Maria
Silveria que iba a la casa de “Beto Pucullo”. Por
ahí en esa zona se echaba sus buenos pijasos como los grandes
dioses del guaro, sin la comodidad de una buena barra de madera
en un bar, directamente en el suelo en 4 patas. Ahí amanecía
medio tieso como las gallinas “acidentadas” de Berta
Prieta, suspirando medio vivo, medio muerto. Era un milagro. Más
tarde se reponía y otra vez hacer honor al arte de chupar.
El
objetivo de Noche era siempre el mismo: la embriaguez permanente
e incondicional. Todo el peso de esa embriagues encima de aquel
cuerpecito frágil de insecto, lo zarandeaba para allá
y para acá. La borrachera lo hacia tambalearse, pero Noche,
como de costumbre, ya bien a pija le hacía “güevos”,
y en sus dos patas, con la caja de chunches cuesta arriba de aquel
callejón, hacía hazañas para mantenerse en
pie como un niño aprendiendo a andar en patines. Podríamos
decir que Noche también fue un gran equilibrista.
A
pesar de ir bien pedo, el cuerpecito de Noche siempre sacaba,
quien sabe de donde, reservas de energía para desafiar
las terribles fuerzas de la gravedad. Hasta que al final, como
en la vida misma, vence siempre el más fuerte, “pan
gan”, se oía caer desplomado en el suelo o las aceras
al pobre Noche. El ruido era el de su caja de “fierros”.
Como la de Burrita, hermosa era aquella caja, su fiel compañera,
quien consolaba en silencio a su amo desfallecido, tirado en aquellas
esquinas del billar, tan infeliz, tan miserable, ...tan libre.
Su
caja de “fierros” era testigo y testimonio visual
de su desgracia. Esa desgracia que lo arrastraba de la cintura
por encima del suelo, como el cuerpo de un corderito indefenso
que es jaloneado de un lado a otro por una banda de leones hambrientos,
sin piedad, sin clemencia, sin la más mínima posibilidad
de escapatoria. Así era la película de Noche, siempre
caído, a rastras o a punto de caer de boca en alguna esquina
del pueblo jaloneado bruscamente por su desgracia: el
guaro. Allá, se solía ver aquel
pellejal que envolvían aquellos huesos, siempre con señales
de vida todavía, por donde Lionidita Caballero, tirado
en una acera, debajo de la sombra de un palo de mango Chilamate.
En contra de lo que uno pudiera esperar de aquel maltrecho cuerpo,
aquella embriaguez y aquella fuerte tufadera a guaro que siempre
llevaba encima, el amigo Noche era medio tunante, un poco “piropero”.
No dejaba pasar “ni una” a las zipotonas de aquella
época. A Luz, la hija de Estebanona, por ejemplo, le echaba
algún que otro piropo, “Que olas, mamasita linda,
y yo sin buen bote”, les decía. Pero el pobre Noche
sabía que el destino ya se había ocupado de su devenir
amoroso: la caja de fierros.
No había más opciones para nuestro amigo Noche,
así lo había decidido ya el destino.
Indudablemente,
debió de ser muy duro y, hasta, un poco doloroso, para
nuestro amigo Noche, como para cualquiera de nosotros, tener una
amante de hierro. ¡Imagínense! ¿Qué
sensibilidad se puede esperar de una dama de hierro? ¡Ninguna!
Pero el chero Noche no buscaba eso, él, en el fondo, lo
que buscaba era alguien quien le comprendiera, que le escuchara,
que no le discutiera su vicio, ni que le llevara la contraria
y en ese aspecto la caja de fierros era, quizás, la más
apropiada. El destino, como siempre, no se equivoca. A Noche,
su caja de fierros le iba como uña a la carne.
Noche era un desgraciado pobre hombre, con una vida miserable
y moribunda, que se mantenía con vida debido alguna extraña
casualidad del destino, difícil de explicar, con un vicio
fusionado en los huesos, en una soledad absoluta y sin una red
familiar o amigos en quienes apoyarse, no tenía más
que a su jodida caja de fierros. En resumen: el hombre estaba
sólo y envejeciendo. Su vicio era su consuelo, su paz,
su única escapatoria del peso de estar vivo en esas condiciones.
En cierto modo, era un mecanismo de autodefensa, de olvido a la
tremenda responsabilidad de estar sólo, sin nadie con quien
compartir los fallos y aciertos de la vida.
Desconocemos
el final del maestro hojalatero. Nadie sabe que fue de él.
Dicen que murió allá por Conchagua, otros dicen
que calló en el Cantón Agua Escondida, otros dicen
que lo aplastó un camión lleno de arena mientras
dormía al lado de un andén en la Unión.
Hemos
querido recordar a estos deteriorados personajes y dar a conocer
otras realidades de la gente de nuestro pueblo. Por muy desdichadas,
abominables o rastreras que parezcan, estas historias son parte
de un reconocimiento, no a los hábitos del guaro, sino
a la miseria y a los miserables como personas para sensibilizar
a la gente de lo inconsciente que se puede llegar a ser cuando
se vive bajo la pasión descontrolada por el guaro.
Esta
última entrega cierra la Trilogía de los Miserables.
Que en Paz Descansen.
En
las tres ediciones, colaboró todo el equipo de editores
de intipucacity.com, concretamente el Master y Ferpucá.
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