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Marzo 2006
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HIJOS DE LA MISERIA: JESÚS NOCHE: (TERCERA Y ÚLTIMA ENTREGA)

Por: José Manuel (Salarruepucá) uno de los mejores escritores intipuqueños

Noche realmente era un personaje al que se le podía dar una infinidad de adjetivos, pero el que más le encajaba era lo de que estaba hecho un “cadáver”, así sin más adornos, cosa que alentaba las creencias en los milagros y los espíritus ya que dentro de aquel cuerpo fúnebre había vida y un cierto juicio, a pesar de su apariencia fantasmagórica. Su cuerpo era como un espíritu y su existencia un milagro.

En 3 palabras, “estaba hecho pija”, pero era inofensivo.

El cuerpo del Chero Noche parecía el de un insecto súper-dotado de dos patas, con huesos flacos, pelos gruesos, ralos, medio ondulados, algo así como un “chilincoco” con forma humana, de una altura aproximada de 1 metro 70 cm. Sobresalía aquel fuerte olor a mugre que siempre le acompañaba.

Insisto en el aspecto físico porque ahí estaba el paradigma o el milagro de su existencia. El hombre era puro huesos, como una calavera de laboratorio cubierto con pellejo. Su masa corporal estaba compuesta por una estructura de huesos que milagrosamente se sostenía por la piel que actuaba como capa elástica sobre su esqueleto para evitar su desplome.

El cuerpo del Chero Noche nunca llegó a desarrollar ni músculos, ni tendones, ni carne, ni grasa, así pues, el chero Noche nunca se preocupó de ir a una revisión de colesterol. A parte de imposible, era totalmente innecesario. Daba la impresión de ser un humano compuesto de dos capas básicas: hueso y pellejo. El “poco” buen juicio que tenía nunca se le tomó como un elemento a tener en cuenta ni en lo físico, menos aun en lo intelectual, a la hora de juzgarlo como individuo o como ciudadano. Noche era Noche. Su carácter lo marcaba su físico y a su físico la pachita de guaro.

El chero Noche era comparable a una alma en pena, un espíritu andante, que quedaba demostrado de muchas formas, pero principalmente en su forma de andar. Caminaba como una especie de sombra animosa; se desplazaba lentamente como deslizándose suavemente entre las mansas corrientes de viento cálido, como una fuerza de humo gris sin llegar a tocar el suelo, como suspendido en el aire, debido a su estilo “cámara lenta” de caminar y al suave peso de su cuerpo.

A pesar de su aspecto fantasmal, en el fondo, el chero Noche era inofensivo, era un artesano de los desguaces. Nuestro amigo Noche era el hojalatero del pueblo, desde tiempos inmemorables, o sea desde quien sabe cuando, yo era muy joven y este dato sobrepasa mis vagos recuerdos de la infancia. Me acuerdo cuanto venía el camión de los zapatos, aquel que pasaba a comprar todos los zapatos viejos de hule y llantas usadas, allá por los años 1977 y 1978. Para esos entonces, el chero Noche ya andaba deambulando por las calles polvozas del Gran Arco de la Boca. A él, al igual que su homologo Burrita, también le acompañaba una fiel y hermosa dama: su caja de chunches. Allí llevaba metidas todas sus herramientas: martillo, perica, tuercas, guachas, desarmador, su estaño, sus fierros y demás volados relacionados con el oficio de hojalatero. Por meter, había metido hasta su vida ahí dentro junto con los fierros, de ahí que su cuerpo a veces parecía como una flaca armadura de metal oxidado.

En cuanto al vicio, al igual que los otros dos personajes (Burrita y Charamil), Noche también era un gran tenista del guaro y tenía un excelente saque, arrasaba. Este otro maestro también había perdido la fe en todo lo demás, menos en la pachita de guaro. Otra victima de la pasión.

La dedicación al guaro era exclusiva y los efectos permanentes e irremediables, una entrega sin limites ni condiciones. De ahí mis respetos a estos personajes. A pesar de lo autodestructivo del asunto, aquello de ir por la vida arrastrándose en 4 patas como un reptil sobre aquellas calles, polvosas en verano y encharcadas en invierno, tenía su mérito y, por supuesto, mucha “fe y valentía”. Pero esto al chero Noche le daba igual, su preocupación era otra: tener la pachita siempre llena para seguir moviéndose. Quizás la forma más gráfica de describir el consumo de guaro y alcohol de Noche y sus homólogos está en el funcionamiento de una bomba de agua: si no hay agua pasando constantemente por la garganta, el motor se para o, peor aun, se quema. Bueno pues Noche, al igual que los otros dos compas, Burrita y Charamil, sin el guaro pasando permanentemente por sus gargantas, se quemaban.

Recuerdo perfectamente las escenas del Chero noche bien “zumbado” por aquellas esquinas. Allá se metía por aquel callejón tufoso a miados entre el billar y la entonces casa de Juventino Mono, aquel callejoncito enfrente de la casa de Doña Maria Silveria que iba a la casa de “Beto Pucullo”. Por ahí en esa zona se echaba sus buenos pijasos como los grandes dioses del guaro, sin la comodidad de una buena barra de madera en un bar, directamente en el suelo en 4 patas. Ahí amanecía medio tieso como las gallinas “acidentadas” de Berta Prieta, suspirando medio vivo, medio muerto. Era un milagro. Más tarde se reponía y otra vez hacer honor al arte de chupar.

El objetivo de Noche era siempre el mismo: la embriaguez permanente e incondicional. Todo el peso de esa embriagues encima de aquel cuerpecito frágil de insecto, lo zarandeaba para allá y para acá. La borrachera lo hacia tambalearse, pero Noche, como de costumbre, ya bien a pija le hacía “güevos”, y en sus dos patas, con la caja de chunches cuesta arriba de aquel callejón, hacía hazañas para mantenerse en pie como un niño aprendiendo a andar en patines. Podríamos decir que Noche también fue un gran equilibrista.

A pesar de ir bien pedo, el cuerpecito de Noche siempre sacaba, quien sabe de donde, reservas de energía para desafiar las terribles fuerzas de la gravedad. Hasta que al final, como en la vida misma, vence siempre el más fuerte, “pan gan”, se oía caer desplomado en el suelo o las aceras al pobre Noche. El ruido era el de su caja de “fierros”. Como la de Burrita, hermosa era aquella caja, su fiel compañera, quien consolaba en silencio a su amo desfallecido, tirado en aquellas esquinas del billar, tan infeliz, tan miserable, ...tan libre.

Su caja de “fierros” era testigo y testimonio visual de su desgracia. Esa desgracia que lo arrastraba de la cintura por encima del suelo, como el cuerpo de un corderito indefenso que es jaloneado de un lado a otro por una banda de leones hambrientos, sin piedad, sin clemencia, sin la más mínima posibilidad de escapatoria. Así era la película de Noche, siempre caído, a rastras o a punto de caer de boca en alguna esquina del pueblo jaloneado bruscamente por su desgracia: el guaro. Allá, se solía ver aquel pellejal que envolvían aquellos huesos, siempre con señales de vida todavía, por donde Lionidita Caballero, tirado en una acera, debajo de la sombra de un palo de mango Chilamate.

En contra de lo que uno pudiera esperar de aquel maltrecho cuerpo, aquella embriaguez y aquella fuerte tufadera a guaro que siempre llevaba encima, el amigo Noche era medio tunante, un poco “piropero”. No dejaba pasar “ni una” a las zipotonas de aquella época. A Luz, la hija de Estebanona, por ejemplo, le echaba algún que otro piropo, “Que olas, mamasita linda, y yo sin buen bote”, les decía. Pero el pobre Noche sabía que el destino ya se había ocupado de su devenir amoroso: la caja de fierros. No había más opciones para nuestro amigo Noche, así lo había decidido ya el destino.

Indudablemente, debió de ser muy duro y, hasta, un poco doloroso, para nuestro amigo Noche, como para cualquiera de nosotros, tener una amante de hierro. ¡Imagínense! ¿Qué sensibilidad se puede esperar de una dama de hierro? ¡Ninguna! Pero el chero Noche no buscaba eso, él, en el fondo, lo que buscaba era alguien quien le comprendiera, que le escuchara, que no le discutiera su vicio, ni que le llevara la contraria y en ese aspecto la caja de fierros era, quizás, la más apropiada. El destino, como siempre, no se equivoca. A Noche, su caja de fierros le iba como uña a la carne.

Noche era un desgraciado pobre hombre, con una vida miserable y moribunda, que se mantenía con vida debido alguna extraña casualidad del destino, difícil de explicar, con un vicio fusionado en los huesos, en una soledad absoluta y sin una red familiar o amigos en quienes apoyarse, no tenía más que a su jodida caja de fierros. En resumen: el hombre estaba sólo y envejeciendo. Su vicio era su consuelo, su paz, su única escapatoria del peso de estar vivo en esas condiciones. En cierto modo, era un mecanismo de autodefensa, de olvido a la tremenda responsabilidad de estar sólo, sin nadie con quien compartir los fallos y aciertos de la vida.

Desconocemos el final del maestro hojalatero. Nadie sabe que fue de él. Dicen que murió allá por Conchagua, otros dicen que calló en el Cantón Agua Escondida, otros dicen que lo aplastó un camión lleno de arena mientras dormía al lado de un andén en la Unión.

Hemos querido recordar a estos deteriorados personajes y dar a conocer otras realidades de la gente de nuestro pueblo. Por muy desdichadas, abominables o rastreras que parezcan, estas historias son parte de un reconocimiento, no a los hábitos del guaro, sino a la miseria y a los miserables como personas para sensibilizar a la gente de lo inconsciente que se puede llegar a ser cuando se vive bajo la pasión descontrolada por el guaro.

Esta última entrega cierra la Trilogía de los Miserables. Que en Paz Descansen.

En las tres ediciones, colaboró todo el equipo de editores de intipucacity.com, concretamente el Master y Ferpucá.

José Manuel "Salarruepucá" josemanuel@intipucacity.com


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