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Marzo 2006
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FIESTAS PATRONALES DE INTIPUCÁ.

Por: José Manuel (Salarruepucá) uno de los mejores escritores intipuqueños

El sol se hunde pero él no. Está en pie, y aunque no respire, es como si estuviera vivo. Tiene una mirada sobria y profunda. Está ligeramente inclinado hacia delante como si quisiera dar un paso “alante”, como decía Don Nando Pintadillo a aquella yunta de bueyes, jalando la carreta llena de piedras cuesta arriba del Salto las Flores en medio de aquellos lodazales en invierno.

Lleva una mochila, y tiene su dorso suavemente torcido hacia su derecha en lo que parece ser un gesto para echar un último vistazo a la tierra que lo vio nacer. Aparenta ser un hombre humilde, cabal, sencillo, y hasta podríamos decir que tiene un aire de tristeza que salta a la luz por la profundidad de esa mirada sobria y suavemente penetrante. En efecto, es un Inmigrante.

Por su puesto, estoy hablando de la estatua del Sr. Sigfredo Chávez (QEPD), de nuestro David, la gran obra maestra dedicada al Inmigrante Intipuqueño. Después de varias semanas de penurias y adversidades, en febrero de 1967, el Sr. Sigfredo Chávez, puso pie en la capital de los Yunared Estais, para nosotros comúnmente conocida como, “Guana-chinton, Deci que Sí”. El éxito de la llegada a pie hasta aquella gran ciudad por parte de nuestro Gran Explorador daría paso al fenómeno: el renacer del Pueblo Intipuqueño.
Hoy 40 Años después de todas las desgracias y los obstáculos, podemos decir que la Capital del Mundo, la ciudad del gran general George Washington, es parte del territorio del Gran Arco de la Boca.

Así pues en este Décimo Cuarto Aniversario de la conquista de Washington D.C, el Monumento al Inmigrante, se alza derecho hacia arriba con grandeza, esplendor y humildad como el mismísimo David en el Palacio de los Medicis en Florencia, Italia. Pero a diferencia del David de Miguel Ángel, que simboliza la armonía y la belleza, nuestro Inmigrante es todo un símbolo a las desgracias y fortunas de la vida, a la huida de la guerra y de la miseria, al acto firme y decidido de un pueblo por sobrevivir, al afán y la lucha por resurgir, a la aventura por la rebusca de un mejor futuro, en una sola frase, “es el símbolo al deseo de volver”.

Es 4 de marzo, 6:50 de la tarde, las celebraciones están al rojo vivo. Una vez más, como cada año, Intipucá se viste de gala para mostrar al mundo su cara más amable: sus Fiestas Patronales en honor al jefazo del pueblo, San Nicolás de Tolentino.

El pueblo está de fiesta y eso se nota en las sonrisas de los niños, en la diversión de los jóvenes, en las miradas alegres de los mayores, en las caras nuevas de los visitantes, en el despliegue de los medios de comunicación, en el desfile de las carrozas, las bandas, los mariachis, en la invasión de los juegos mecánicos, en la presencia de las ventas artesanales, la pólvora de los cuetes, las famosas toreadas, los bailes y carnavales, los juegos autóctonos, los mascones de fútbol y demás festejos programados.

Como de costumbre, el ambiente es tremendamente fraternal. Los hermanos del norte ya están aquí y los de aquí los reciben entrañablemente entre apretones de mano y fuertes abrazos. El ya clásico “¿kiuvo, cuando llegaste?” entre la cherada que llega del norte se oye por todos lados. Aquí nos visitan ya hasta gente de Nueve Zelanda, lo que demuestra que este pueblo tiene “cache” y una proyección global.

En medio de las festividades, y con un toque como para revolver las conciencias, más arriba del pueblo, en el campo de los juegos mecánicos, un niño de más o menos dos años juega, con su hermanita de 3, entre la miseria del polvo y la tierra, al lado del puesto de venta de “elotes locos”, donde su madre intenta ganarse la vida, de pueblo en pueblo, como vendedora ambulante. Los niños juegan al son de la algarabía y la música de los juegos mecánicos, mientras al lado se aprecian unos platos de plástico con restos de alimentos directamente sobre el suelo que tienen toda la apariencia de ser la cena. Entretanto la madre, lucha por venderle a toda costa un “eleto loco” a todo el que pasa delante.

Más abajo otra vez en el centro del pueblo, la gran pachanga en honor a Sigfredo Chávez, o lo que es lo mismo, al Inmigrante, está a punto de comenzar. La mejorada Pista Municipal no hace más quedarse pequeña ante semejante ocasión. La cherada empieza su desfile hacia la pista de baile, los rulos, los tacones, los colores brillantes y el “highlight” se ven por doquier. El baile de la noche está a punto de arrancar. Truenan ya los sonidos y la gente se saluda, buscan sus posiciones estratégicas, todo parece listo para pasársela en grande hasta altas horas de la madrugada o hasta donde el cuerpo aguante.

Por otro lado, en la nota beligerante, las críticas y las quejas a la Alcaldía como institución también se hacen eco. El alcalde, por ejemplo, sigue en su “pichicatencia” y en su decisión “anti-transparencia” de no dar “ni agua” a los que le piden que publique cuanto se gasta y cuanto se gana en todo este negocio de las fiestas patronales. La cherada, también, pregunta y demanda arreglos en las aguas negras que están corriendo a cielo abierto por algunas calles. Pero a pesar de nuestras críticas, las fiestas son ya todo un fenómeno en Oriente, después del Carnaval de Will Salgado en San Miguel. Este pueblo es el símbolo del “cash” y eso se nota en Nuestras Fiestas Patronales, en los lujos de 4 ruedas, en las casas y en la capacidad de los bolsillos de la gente. Para reiterar, expresamos al alcalde que la gente está en su derecho de pedirle cuentas claras, y si lo que dice el edil, eso de que las fiestas son una ruina económica para las arcas publicas, pues entonces ¿donde está el problema? Si es que no cuesta mucho poner encima de un papel, “miren, esto sale a tanto de ingresos y a tanto de gastos por cada actividad, la neta es que aquí no hay tajada para nadie”. Sólo el futuro nos dirá hasta cuando algunos dejaran de ordeñar la vaca.

Mientras tanto, ya bien entrada la noche, volvemos donde empezamos, al lado de la estatua, donde nuestro David sigue con esa mirada sobria y profunda, observando a su alrededor, viendo a los suyos festejar a fondo sus Fiestas Patronales. No se inquieta ni por el estallido de los cuetes, ni por el murmullo de la gente. A pesar del ruido y la reventazón de los morteros y las famosas “titi-trakas”, se le ve concentrado y pensativo. Nuestro David, o nuestro Sigfredo, ahí quitecito, parece estar de acuerdo con todo este festín.

Por último ya de madrugada del día siguiente, el 5 de marzo, un poco más hacia la esquina del parque, ya más despejado del bullicio de las fiestas, alguien menea el chuco sin prisas, ni pausas, al son del alba. Son las 4:15 de la mañana: aquí hay chuco para todos los hijos y visitantes del pueblo, y algún que otro trasnochado. La seño del chuco lo sirve con amabilidad y con el encanto que solo se encuentra en los pueblos.
Vale la pena mencionar que el chuco es una tradición milenaria de nuestros antepasados. Antes, este atole, hecho a base de maíz, de sabor inigualable, estaba reservado sólo para los intelectuales o sacerdotes de las tribus de los Lencas y Metagalpas, los entonces amos y señores de esta región. Nuestros sabios ancestros reservaban esta bebida para tomarla en el momento de la aurora, cuando sus espíritus todavía estaban medio-adormitados, para entrar en una profunda reflexión de lo que sería el quehacer de la jornada de trabajo.

Ahora las meditaciones son totalmente distintas, pero nuestra gente sigue manteniendo esa gran tradición. En medio de las reflexiones el tiempo transcurre. Inesperadamente llega un momento como de silencio, de paz aparente, y, de pronto, el sol empieza a brillar una vez más sobre el Gran Arco de la Boca, y en el centro del parque nuestro Inmigrante continua con su mirada triste, sobria, llena de fe y esperanza.

Felices Fiestas Intipucá City,

José Manuel "Salarruepucá" josemanuel@intipucacity.com


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