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El
sol se hunde pero él no. Está en pie, y aunque no
respire, es como si estuviera vivo. Tiene una mirada sobria y
profunda. Está ligeramente inclinado hacia delante como
si quisiera dar un paso “alante”, como decía
Don Nando Pintadillo a aquella yunta de bueyes, jalando la carreta
llena de piedras cuesta arriba del Salto las Flores en medio de
aquellos lodazales en invierno.
Lleva
una mochila, y tiene su dorso suavemente torcido hacia su derecha
en lo que parece ser un gesto para echar un último vistazo
a la tierra que lo vio nacer. Aparenta ser un hombre humilde,
cabal, sencillo, y hasta podríamos decir que tiene un aire
de tristeza que salta a la luz por la profundidad de esa mirada
sobria y suavemente penetrante. En efecto, es un Inmigrante.
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Por
su puesto, estoy hablando de la estatua del Sr. Sigfredo Chávez
(QEPD), de nuestro David, la gran obra maestra dedicada al
Inmigrante Intipuqueño. Después de varias semanas
de penurias y adversidades, en febrero de 1967, el Sr. Sigfredo
Chávez, puso pie en la capital de los Yunared Estais,
para nosotros comúnmente conocida como, “Guana-chinton,
Deci que Sí”. El éxito de la llegada a
pie hasta aquella gran ciudad por parte de nuestro Gran Explorador
daría paso al fenómeno: el renacer del Pueblo
Intipuqueño. |
| Hoy
40 Años después de todas las desgracias y los
obstáculos, podemos decir que la Capital del Mundo,
la ciudad del gran general George Washington, es parte del
territorio del Gran Arco de
la Boca. |
Así
pues en este Décimo Cuarto Aniversario de la conquista
de Washington D.C, el Monumento
al Inmigrante, se alza derecho hacia arriba con
grandeza, esplendor y humildad como el mismísimo David
en el Palacio de los Medicis en Florencia, Italia. Pero a diferencia
del David de Miguel Ángel, que simboliza la armonía
y la belleza, nuestro Inmigrante es todo un símbolo a las
desgracias y fortunas de la vida, a la huida de la guerra y de
la miseria, al acto firme y decidido de un pueblo por sobrevivir,
al afán y la lucha por resurgir, a la aventura por la rebusca
de un mejor futuro, en una sola frase, “es el símbolo
al deseo de volver”.
Es
4 de marzo, 6:50 de la tarde, las celebraciones están al
rojo vivo. Una vez más, como cada año, Intipucá
se viste de gala para mostrar al mundo su cara más amable:
sus Fiestas Patronales en honor al jefazo del pueblo, San Nicolás
de Tolentino.
El
pueblo está de fiesta y eso se nota en las sonrisas de
los niños, en la diversión de los jóvenes,
en las miradas alegres de los mayores, en las caras nuevas de
los visitantes, en el despliegue de los medios de comunicación,
en el desfile de las carrozas, las bandas, los mariachis, en la
invasión de los juegos mecánicos, en la presencia
de las ventas artesanales, la pólvora de los cuetes, las
famosas toreadas, los bailes y carnavales, los juegos autóctonos,
los mascones de fútbol y demás festejos programados.
Como
de costumbre, el ambiente es tremendamente fraternal. Los hermanos
del norte ya están aquí y los de aquí los
reciben entrañablemente entre apretones de mano y fuertes
abrazos. El ya clásico “¿kiuvo,
cuando llegaste?” entre la cherada que llega
del norte se oye por todos lados. Aquí nos visitan ya hasta
gente de Nueve Zelanda, lo que demuestra que este pueblo tiene
“cache” y una proyección global.
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En
medio de las festividades, y con un toque como para revolver
las conciencias, más arriba del pueblo, en el campo
de los juegos mecánicos, un niño de más
o menos dos años juega, con su hermanita de 3, entre
la miseria del polvo y la tierra, al lado del puesto de venta
de “elotes locos”, donde su madre intenta ganarse
la vida, de pueblo en pueblo, como vendedora ambulante. Los
niños juegan al son de la algarabía y la música
de los juegos mecánicos, mientras al lado se aprecian
unos platos de plástico con restos de alimentos directamente
sobre el suelo que tienen toda la apariencia de ser la cena.
Entretanto la madre, lucha por venderle a toda costa un “eleto
loco” a todo el que pasa delante. |
Más
abajo otra vez en el centro del pueblo, la gran pachanga en honor
a Sigfredo Chávez, o lo que es lo mismo, al Inmigrante,
está a punto de comenzar. La mejorada Pista Municipal no
hace más quedarse pequeña ante semejante ocasión.
La cherada empieza su desfile hacia la pista de baile, los rulos,
los tacones, los colores brillantes y el “highlight”
se ven por doquier. El baile de la noche está a punto de
arrancar. Truenan ya los sonidos y la gente se saluda, buscan
sus posiciones estratégicas, todo parece listo para pasársela
en grande hasta altas horas de la madrugada o hasta donde el cuerpo
aguante.
Por
otro lado, en la nota beligerante, las críticas y las quejas
a la Alcaldía como institución también se
hacen eco. El alcalde, por ejemplo, sigue en su “pichicatencia”
y en su decisión “anti-transparencia” de no
dar “ni agua” a los que le piden que publique cuanto
se gasta y cuanto se gana en todo este negocio de las fiestas
patronales. La cherada, también, pregunta y demanda arreglos
en las aguas negras que están corriendo a cielo abierto
por algunas calles. Pero a pesar de nuestras críticas,
las fiestas son ya todo un fenómeno en Oriente, después
del Carnaval de Will Salgado en San Miguel. Este pueblo es el
símbolo del “cash” y eso se nota en Nuestras
Fiestas Patronales, en los lujos de 4 ruedas, en las casas y en
la capacidad de los bolsillos de la gente. Para reiterar, expresamos
al alcalde que la gente está en su derecho de pedirle cuentas
claras, y si lo que dice el edil, eso de que las fiestas son una
ruina económica para las arcas publicas, pues entonces
¿donde está el problema? Si es que no cuesta mucho
poner encima de un papel, “miren, esto sale a tanto de ingresos
y a tanto de gastos por cada actividad, la neta es que aquí
no hay tajada para nadie”. Sólo el futuro nos dirá
hasta cuando algunos dejaran de ordeñar la vaca.
Mientras
tanto, ya bien entrada la noche, volvemos donde empezamos, al
lado de la estatua, donde nuestro David sigue con esa mirada sobria
y profunda, observando a su alrededor, viendo a los suyos festejar
a fondo sus Fiestas Patronales. No se inquieta ni por el estallido
de los cuetes, ni por el murmullo de la gente. A pesar del ruido
y la reventazón de los morteros y las famosas “titi-trakas”,
se le ve concentrado y pensativo. Nuestro David, o nuestro Sigfredo,
ahí quitecito, parece estar de acuerdo con todo este festín.
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Por
último ya de madrugada del día siguiente, el
5 de marzo, un poco más hacia la esquina del parque,
ya más despejado del bullicio de las fiestas, alguien
menea el chuco sin prisas, ni pausas, al son del alba. Son
las 4:15 de la mañana: aquí hay chuco para todos
los hijos y visitantes del pueblo, y algún que otro
trasnochado. La seño del chuco lo sirve con amabilidad
y con el encanto que solo se encuentra en los pueblos. |
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Vale la pena mencionar que el chuco es una tradición
milenaria de nuestros antepasados. Antes, este atole, hecho
a base de maíz, de sabor inigualable, estaba reservado
sólo para los intelectuales o sacerdotes de las tribus
de los Lencas y Metagalpas, los entonces amos y señores
de esta región. Nuestros sabios ancestros reservaban
esta bebida para tomarla en el momento de la aurora, cuando
sus espíritus todavía estaban medio-adormitados,
para entrar en una profunda reflexión de lo que sería
el quehacer de la jornada de trabajo. |
Ahora
las meditaciones son totalmente distintas, pero nuestra gente
sigue manteniendo esa gran tradición. En medio de las reflexiones
el tiempo transcurre. Inesperadamente llega un momento como de
silencio, de paz aparente, y, de pronto, el sol empieza a brillar
una vez más sobre el Gran Arco de la Boca, y en el centro
del parque nuestro Inmigrante continua con su mirada triste, sobria,
llena de fe y esperanza.
Felices
Fiestas Intipucá City,
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