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Don
Mateo Membreño, conocido comúnmente como Charamil,
era un personaje distinto al resto, era más entregado,
más señor y, por su puesto, el Chef Charamil
era el más “delicatessen” para arreglarse su
“pijaso”, dentro del mundo de aquellos amantes del
guaro de la época de principio de los 80s en Intipucá.
Él tenía ya en aquellos entonces una fama muy establecida
de “bolo nato”, ese del que dicen salió jalándole
a la pachita de aguardiente desde su nacimiento. El mismo nombre
“Charamil” era sinónimo de “borrachín
sin vergüenza”, como le decía la mamá
del chero Nango, niña Juanita. Sin embargo, Charamil, como
hombre o ser pensante, fue realmente un genio: “el
gran inventor del aguardiente casero”. En todo
el oriente del país, no hubo nadie con ese nivel de inventiva
e imaginación. Pero su debilidad y mala fama en el guaro
fueron, al final, las que lo llevaron al desquicio, a la ruina
total.
Charamil,
a pesar del sinónimo de “borrachín cualquiera”,
no era un “bolito” normal como cualquier otro; era
un autentico especialista. Su especialidad era la química,
esa química a la que pocos se atreven, la que se calcula
“a ojo”, la que se mide con los dedos, con la que
se experimenta a ver “kiondas” sale, “sale”
de “salir”, no “sale” de “se vende”,
aunque si el Maestro hubiera querido perfectamente hubiera puesto
algún buen negocio con sus mezclas delicatessen. “Deleites
La Charamilera de Oriente, S,A. de C.V.” pudo perfectamente
haber sido el nombre de su empresa. Lastima que el hombre se dejó
arrastrar por la debilidad del guaro y no supo aprovechar su genialidad
en el mundo de los negocios.
Aunque no tuvo, digamos, la “visión empresarial adecuada”
para aprovecharse del invento de ese nuevo gauro, el chero Charamil,
era, en todo caso, un artesano de nivel, de altos conocimientos,
de buen saque y de mucho cuidado. Clavaba las mezclas y las dosis
a la perfección. No sé hasta que punto cual de sus
dos aficiones, si la química o el aguardiente, era su verdadera
pasión. De lo que si no había duda alguna era del
conocimiento y el gran empeño del chero Charamil para auto
fabricarse un buen “pijaso”. Siempre conseguía
hacerse con un buen trago, fino, con cuerpo, con carácter,
y la vez muy aromático, oloroso, sencillo: hecho por el
propio Charamil, a su gusto, a su medida y a su manera. Mis respetos
para este Gran Maestro.
Era
tan sutil y exacto en las medidas de su trago, que incluso corregía
a la finada niña Olimpia Hernández, dueña
de la farmacia Hernández, en las medidas del agua florida
y del alcohol puro que le compraba, de esos que utilizan los hospitales
para curar las heridas y las infecciones de los pacientes enfermos.
El chero Charamil era un personaje admirable. No se “agüevaba”,
estaba en la quiebra total, sin trabajo y con cero posibilidades
de encontrar uno, pero el Maestro se arreglaba el problema de
tranquilizar su gran pasión por el alcohol a su aire, como
mejor podía o como hiciera falta: auto fabricándoselo
él mismo. Así descubrió el secreto
de la “poción mágica”
dentro de las artes químicas, como todos los grandes inventores,
impulsado por la necesidad, la madre de todos los inventos. En
tres palabras: ¡que arte tenía!
El
chero Charamil, tambaleante, temblequiente o temblereque -con
todo esa “temblasón” que llevaba en el cuerpo
a veces, me “temblequea” hasta el vocabulario, solo
de acordarme- allá se iba, tan feliz, a media mañana
en busca de alcohol y agua florida, con sus dos botes de color
café oscuro. Hábilmente, había marcado, desde
quien sabe cuando, los dos botes con unas rayas a media altura,
con el filo de un pedazo de vidrio para milimetrar y verificar
con exactitud de laboratorio las medidas de los líquidos
que compraba en la Farmacia Hernández con los que producía
sus mezclas predilectas, en especial el primer trago de
media mañana. Claro, debido a su locura por el
guaro y su miserable situación económica, se lo
había aprendido todo lo relacionado a producir con gran
eficiencia, “a ras de coste” y con una “cierta
calidad”, que al chero Charamil le resultaba más
que satisfactoria, le resultaba “prodigiosa”.
Él
era uno de los pocos, o quizás el único, en atreverse
a discutir la exactitud de las medidas del agua florida y del
alcohol, con la niña Olimpia, quien era una autoridad indiscutible
e inapelable en estos asuntos. La finada niña Olimpia era
una eminencia dispensando correctamente las medicinas a los clientes
del pueblo, había dedicado toda su vida a la farmacia.
Aquella voz suave y tranquila que tenía inspiraba mucha
confianza y respeto. Sin embargo, al chero Charamil, eso le traía
muy sin cuidado. Él mismo se consideraba un dios del alcohol
y sobre estos temas se debatía magistralmente con cualquier
autoridad por muy grande o sabia que fuera. “Ve las rayas”
decía con gran convencimiento de juicio y razón,
para indicar a Niña Olimpia que las rayas eran la “marca
cabal” de su compra.
Tristemente,
el chero Charamil no se había percatado que llevaba las
mismas rayas a media altura en los dichosos botes desde quien
sabe cuando: mínimo, unos ocho años. Estaba tan
centrado en saciar su vicio en los últimos 5 años,
que se le había ido por alto pensar en cualquier otra cosa
que no fuera el alcohol o el agua florida, menos aún en
algo tan ajeno e incomprensible, para él y para muchos
de nosotros, como era el asunto de la inflación, que tenía,
por su puesto, su efecto inmediato en todos los productos de primera
necesidad, incluidas sus dos substancias adoradas, el alcohol
y el agua florida. Era tan rápida la inflación en
aquellos entonces, que llegaba siempre antes de tiempo. Siempre
se adelantaba, pero el chero Charamil, sin pensar en cuestiones
técnicas de la gran economía, siempre pedía
“hasta ahí, donde están las rayas marcadas,
prima”, le decía a niña Olimpia, con un tono
casi de sheriff.
Niña
Olimpia era una seño muy buena gente, y como sabía
que se trataba de un buen cliente, “chumblum”, le
echaba un poquito extra a cada uno de los botes, el del agua florida
y el del alcohol, claro, sin írsele la mano hasta donde
estaban las rayas de la medida correcta que el chero Charamil
sostenía, con argumentos sólidos y un juicio perfectamente
razonado, si no fuera por el pequeño detalle, insignificante
para él, de la inflación, cuestión técnica
que, claramente, él no controlaba. Lo que él pedía
a niña Olimpia era justamente el doble de la compra. Pedía
la misma cantidad que en los últimos 8 años con
su “tostón” del momento. Había perdido
la noción del “factor” tiempo, y si no hubiera
sido por ese pormenor, igualmente habría tenido toda la
razón, muy a pesar del olor a “tufo” que desprendía
su cuerpo.
Allá
iba el chero Charamil con sus dos botes medio llenos de alcohol
y agua florida -tan amargos como la leche del piñal del
corral de Licho Gallo-, pero que él consideraba “suaves
y finos néctares reservados solo a los Dioses en las grandes
ocasiones”. Allá atrás, en el deslinde de
los solares de la niña Juanita y Catocha, allí tenía
su hermosa guarida, donde se hacía la primera mezcla explosiva,
encima de unos sacos de maicillo. Mezclaba los líquidos
y le añadía solo un 10% de agua, del de la pila,
del barril, o la paila, del agua que estuviera más a mano.
No se molestaba en perder su precioso tiempo, ni un solo minuto,
para ir hasta donde estaba el cántaro. “Pang, gang”
se echaba el primer “vergazo” casi de forma instantánea
para evitar la perdida de fuerza del trago, a causa de la evaporación
del alcohol, “ras” se arreaba el otro y dos más
y tres. Al cabo de un rato, salía de su guarida, ya bien
“zumbado”, en busca de algún “alero”
con quién disfrutar el último “pijaso”
del suave néctar que todavía le quedaba en el virtuoso
bote, que sostenía cuidadosamente entre las manos, envuelto
en un pañuelo amarillento, según se agachaba rozando
el lomo de su cuerpo cadavérico por debajo de aquellos
alambrados.
Más
tarde, pero todavía por la mañana, ya bien a “riata”,
se le miraba acercase a alguna esquina buscando donde caer, como
una piedra sobre el agua, buscando donde tocar fondo, para descansar
un poco de la incomoda posición de ir en cuatro patas por
en medio de la calle. Listo y vivo como en la química,
siempre calculaba caer en una buena esquina, al remanso del sol.
Libre de preocupaciones, “pangan “, caía doblado
en las esquinas de aquellas casas de tabla del pueblo al final
de la mañana. Horas más tarde, se levantaba con
la frente ardiendo debido a que el sol con el paso de la tarde
se había pasado al otro lado de la esquina, dándole
de lleno en toda la cabeza.
Nuestro célebre
Charamil, tenía una alma de mucho aguante, pero en lo físico,
tenía un cuerpo con un aspecto bastante tétrico
y maloliente, parecía un cuerpo viviente en tiempo de descuento,
como un partido de fútbol que ya está resuelto y
perdido. Parecía un chilincoco bien alimentado, lo cual
no quiere decir que estuviera gordo, sino todo lo contrario, era
flaco y delgaducho, lo estaba y lo parecía. En “lo
estrictamente” físico, siempre proyectaba la misma
apariencia: desprendía una “tufadera” y vestía
la misma camisa curtida, desabotonada, con el cuello y las mangas
totalmente deshilachadas y su pantalón ennegrecido por
la mugre de los andenes donde pasaba tirado buena parte del tiempo.
La marca de su calzado era CHUÑA como los cigarros de Margo,
la rezadora del pueblo, vecina de Tomaza Día. Sin embargo,
a pesar de su aspecto físico, Charamil era un hombre sociable
con ciertos contactos y amistades bien conectadas en el pueblo.
Era a través de estos buenos contactos cómo el célebre
Charamil financiaba su pasión por el guaro.
Se
le veía allá por la cuesta de Estebanona, la madre
de Jorgón Villatoro, al atardecer, conversar con su amigo,
el Chico Chiquito, aquel pequeño gran hombre que desnucaba
hasta 6 chanchos gordos con un par de pescozadas. Allá
se ponían encima de unas piedras, debajo del palo de mango
de agua de niña Amelia a hablar de “lo jodido”
que era la vida en aquellas fechas. Para Charamil, aquellas tardes,
suaves y apacibles, eran parte de los buenos momentos para filosofar,
para intercambiar ideas, impresiones, etc, entre cheros de verdad.
Hablaban de todo, pero al final Charamil siempre terminaba hablando
del oficio de su amigo, de los quehaceres de Chico Chiquito como
destazador de chanchos del pueblo. “Cuantos ha degollado
hoy, compa” le preguntaba Charamil al son del atardecer,
encima de aquellas piedras debajo de aquel árbol. “Tantos”
le respondía Chico Chiquito, sin revelarle el número
exacto de destazos realizados ese día, porque lo veía
venir y, efectivamente, con voz más suave, Charamil, le
solicitaba “páseme medio tostón compa, ya
se lo devuelvo e nun rato”. “E nun rato”
traducido o cuantificado a un lenguaje más preciso significaba
“el infinito” o mejor dicho “nunca”, término
que su migo Chico Chiqito asumía con cierto disimulo, sabía
que de todos modos se trataba de un buen “compa” a
pesar de su vicio. La conversación con su amigo Chico Chiquito
se alargaba hasta donde hiciera falta. Poco a poco, lo iba limando
hasta que el chero Charamil, al final, se hacía con su
tostón.
Con
el tostón en mano, el Chero Charamil se volvía imperial,
omnipotente, se convertía en el genio absoluto de las mezclas.
Tom Cruise de la película “Cocktail”,
no era más que un vulgar, una sucia chusma banal, un mal
aprendiz frente al Gran Maestro Charamil. Él
era el amo y señor indiscutible en la preparación
de combinaciones alcohólicas de toda la región.
Las suyas tenían “luz” y “fuerza”
propia para arrastrar hasta el olvido total a cualquier estrés,
preocupación o pena que pudiera tener un individuo. El
“olvido curativo” del estrés, a través
de la “eficiencia” del trago, más el “ahorro”
en el bajo costo productivo y la “delicadeza” al paladar
eran los elementos básicos del gran descubrimiento o invento
que el chero Charamil había conseguido con sus famosas
mezclas. Indudablemente, fue auténtico Maestro. Su descubrimiento
fue después copiado y utilizado por otros pequeños
aficionados del sector “guaro casero”, gracias a nuestro
chero Charamil. Él fue, sin duda alguna, el gran inventor
y pionero del trago “vendito” y nunca mejor dicho,
llevaba más del 40% de agua vendita.
Sin embargo, no todo eran luces y gozos en la vida del maestro.
El chero Charamil tenía un pequeño problema con
la gente, mejor dicho la gente tenía un problema con él:
nadie lo apreciaba, no lo querían ni ver, ni de cerca,
ni de lejos, era “algo” menos inferior que un animal
detestable. A parte de esa siniestra popularidad, también
se le consideraba un ser poco productivo, o mejor dicho, una inutilidad,
aquello era terrible. En aquellas condiciones, no se le alcanzaba
ver el lado bueno y amable, que, por su puesto, a saber donde
lo tenía. No obstante, el chero Charamil, no era ningún
mafioso, ni delincuente, ni marero, ni ningún político
o funcionario corrupto. Era tan solo un triste ciudadano que había
perdido el control de sus debilidades, vivía en una locura
frenética, en un dogma personal desenganchado de la realidad,
se había dejado llevar por la desilusión o ilusión
del guaro, algo que, por otra parte, le podría pasar a
cualquiera de nosotros. En definitiva, el chero Charamil únicamente
quería echarse su trago para vivir como un hombre “libre”
y en paz. Y al final lo consiguió.
El
cuerpo del Sr. Don Mateo Membreño fue encontrado muerto
allá en su guarida, en aquel deslinde entre la casa de
Catocha y niña Juanita. El Gran Maestro del “guaro
perro”, vivió sus últimas horas de la mano
de su venerada pachita de guaro, la causante de todas sus miserias,
virtudes, olvidos, alegrías, tristezas, recuerdos, y otros
tantos momentos irrepetibles en la vida del Chef del Alcohol
y, como no, también la que finalmente le condujo hacia
su muerte. Se dice que el Maestro dijo a sus familiares que le
pusieran su pachita de guaro, tal como el la preparaba, mitad
agua florida y mitad alcohol puro, en el ataúd para tenerla
a mano en caso de tener que necesitarla para entretenerse, enfrentarse
o, en todo caso, hacer más llevadero ese último
tramo del largo camino hacia lo DESCONOCIDO, aunque él
sospechaba que era el Paraíso al lugar donde iba ir a parar
y vivir el resto de la eternidad, gracias a la fe inquebrantable
que él tenía en San Mateo, su tocayo.
José
Manuel
"Salarruepucá"
josemanuel@intipucacity.com
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