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Marzo 2006
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CHARAMIL

Por: José Manuel (Salarruepucá) uno de los mejores escritores intipuqueños

Don Mateo Membreño, conocido comúnmente como Charamil, era un personaje distinto al resto, era más entregado, más señor y, por su puesto, el Chef Charamil era el más “delicatessen” para arreglarse su “pijaso”, dentro del mundo de aquellos amantes del guaro de la época de principio de los 80s en Intipucá. Él tenía ya en aquellos entonces una fama muy establecida de “bolo nato”, ese del que dicen salió jalándole a la pachita de aguardiente desde su nacimiento. El mismo nombre “Charamil” era sinónimo de “borrachín sin vergüenza”, como le decía la mamá del chero Nango, niña Juanita. Sin embargo, Charamil, como hombre o ser pensante, fue realmente un genio: “el gran inventor del aguardiente casero”. En todo el oriente del país, no hubo nadie con ese nivel de inventiva e imaginación. Pero su debilidad y mala fama en el guaro fueron, al final, las que lo llevaron al desquicio, a la ruina total.

Charamil, a pesar del sinónimo de “borrachín cualquiera”, no era un “bolito” normal como cualquier otro; era un autentico especialista. Su especialidad era la química, esa química a la que pocos se atreven, la que se calcula “a ojo”, la que se mide con los dedos, con la que se experimenta a ver “kiondas” sale, “sale” de “salir”, no “sale” de “se vende”, aunque si el Maestro hubiera querido perfectamente hubiera puesto algún buen negocio con sus mezclas delicatessen. “Deleites La Charamilera de Oriente, S,A. de C.V.” pudo perfectamente haber sido el nombre de su empresa. Lastima que el hombre se dejó arrastrar por la debilidad del guaro y no supo aprovechar su genialidad en el mundo de los negocios.

Aunque no tuvo, digamos, la “visión empresarial adecuada” para aprovecharse del invento de ese nuevo gauro, el chero Charamil, era, en todo caso, un artesano de nivel, de altos conocimientos, de buen saque y de mucho cuidado. Clavaba las mezclas y las dosis a la perfección. No sé hasta que punto cual de sus dos aficiones, si la química o el aguardiente, era su verdadera pasión. De lo que si no había duda alguna era del conocimiento y el gran empeño del chero Charamil para auto fabricarse un buen “pijaso”. Siempre conseguía hacerse con un buen trago, fino, con cuerpo, con carácter, y la vez muy aromático, oloroso, sencillo: hecho por el propio Charamil, a su gusto, a su medida y a su manera. Mis respetos para este Gran Maestro.

Era tan sutil y exacto en las medidas de su trago, que incluso corregía a la finada niña Olimpia Hernández, dueña de la farmacia Hernández, en las medidas del agua florida y del alcohol puro que le compraba, de esos que utilizan los hospitales para curar las heridas y las infecciones de los pacientes enfermos. El chero Charamil era un personaje admirable. No se “agüevaba”, estaba en la quiebra total, sin trabajo y con cero posibilidades de encontrar uno, pero el Maestro se arreglaba el problema de tranquilizar su gran pasión por el alcohol a su aire, como mejor podía o como hiciera falta: auto fabricándoselo él mismo. Así descubrió el secreto de la “poción mágica” dentro de las artes químicas, como todos los grandes inventores, impulsado por la necesidad, la madre de todos los inventos. En tres palabras: ¡que arte tenía!

El chero Charamil, tambaleante, temblequiente o temblereque -con todo esa “temblasón” que llevaba en el cuerpo a veces, me “temblequea” hasta el vocabulario, solo de acordarme- allá se iba, tan feliz, a media mañana en busca de alcohol y agua florida, con sus dos botes de color café oscuro. Hábilmente, había marcado, desde quien sabe cuando, los dos botes con unas rayas a media altura, con el filo de un pedazo de vidrio para milimetrar y verificar con exactitud de laboratorio las medidas de los líquidos que compraba en la Farmacia Hernández con los que producía sus mezclas predilectas, en especial el primer trago de media mañana. Claro, debido a su locura por el guaro y su miserable situación económica, se lo había aprendido todo lo relacionado a producir con gran eficiencia, “a ras de coste” y con una “cierta calidad”, que al chero Charamil le resultaba más que satisfactoria, le resultaba “prodigiosa”.

Él era uno de los pocos, o quizás el único, en atreverse a discutir la exactitud de las medidas del agua florida y del alcohol, con la niña Olimpia, quien era una autoridad indiscutible e inapelable en estos asuntos. La finada niña Olimpia era una eminencia dispensando correctamente las medicinas a los clientes del pueblo, había dedicado toda su vida a la farmacia. Aquella voz suave y tranquila que tenía inspiraba mucha confianza y respeto. Sin embargo, al chero Charamil, eso le traía muy sin cuidado. Él mismo se consideraba un dios del alcohol y sobre estos temas se debatía magistralmente con cualquier autoridad por muy grande o sabia que fuera. “Ve las rayas” decía con gran convencimiento de juicio y razón, para indicar a Niña Olimpia que las rayas eran la “marca cabal” de su compra.

Tristemente, el chero Charamil no se había percatado que llevaba las mismas rayas a media altura en los dichosos botes desde quien sabe cuando: mínimo, unos ocho años. Estaba tan centrado en saciar su vicio en los últimos 5 años, que se le había ido por alto pensar en cualquier otra cosa que no fuera el alcohol o el agua florida, menos aún en algo tan ajeno e incomprensible, para él y para muchos de nosotros, como era el asunto de la inflación, que tenía, por su puesto, su efecto inmediato en todos los productos de primera necesidad, incluidas sus dos substancias adoradas, el alcohol y el agua florida. Era tan rápida la inflación en aquellos entonces, que llegaba siempre antes de tiempo. Siempre se adelantaba, pero el chero Charamil, sin pensar en cuestiones técnicas de la gran economía, siempre pedía “hasta ahí, donde están las rayas marcadas, prima”, le decía a niña Olimpia, con un tono casi de sheriff.

Niña Olimpia era una seño muy buena gente, y como sabía que se trataba de un buen cliente, “chumblum”, le echaba un poquito extra a cada uno de los botes, el del agua florida y el del alcohol, claro, sin írsele la mano hasta donde estaban las rayas de la medida correcta que el chero Charamil sostenía, con argumentos sólidos y un juicio perfectamente razonado, si no fuera por el pequeño detalle, insignificante para él, de la inflación, cuestión técnica que, claramente, él no controlaba. Lo que él pedía a niña Olimpia era justamente el doble de la compra. Pedía la misma cantidad que en los últimos 8 años con su “tostón” del momento. Había perdido la noción del “factor” tiempo, y si no hubiera sido por ese pormenor, igualmente habría tenido toda la razón, muy a pesar del olor a “tufo” que desprendía su cuerpo.

Allá iba el chero Charamil con sus dos botes medio llenos de alcohol y agua florida -tan amargos como la leche del piñal del corral de Licho Gallo-, pero que él consideraba “suaves y finos néctares reservados solo a los Dioses en las grandes ocasiones”. Allá atrás, en el deslinde de los solares de la niña Juanita y Catocha, allí tenía su hermosa guarida, donde se hacía la primera mezcla explosiva, encima de unos sacos de maicillo. Mezclaba los líquidos y le añadía solo un 10% de agua, del de la pila, del barril, o la paila, del agua que estuviera más a mano. No se molestaba en perder su precioso tiempo, ni un solo minuto, para ir hasta donde estaba el cántaro. “Pang, gang” se echaba el primer “vergazo” casi de forma instantánea para evitar la perdida de fuerza del trago, a causa de la evaporación del alcohol, “ras” se arreaba el otro y dos más y tres. Al cabo de un rato, salía de su guarida, ya bien “zumbado”, en busca de algún “alero” con quién disfrutar el último “pijaso” del suave néctar que todavía le quedaba en el virtuoso bote, que sostenía cuidadosamente entre las manos, envuelto en un pañuelo amarillento, según se agachaba rozando el lomo de su cuerpo cadavérico por debajo de aquellos alambrados.

Más tarde, pero todavía por la mañana, ya bien a “riata”, se le miraba acercase a alguna esquina buscando donde caer, como una piedra sobre el agua, buscando donde tocar fondo, para descansar un poco de la incomoda posición de ir en cuatro patas por en medio de la calle. Listo y vivo como en la química, siempre calculaba caer en una buena esquina, al remanso del sol. Libre de preocupaciones, “pangan “, caía doblado en las esquinas de aquellas casas de tabla del pueblo al final de la mañana. Horas más tarde, se levantaba con la frente ardiendo debido a que el sol con el paso de la tarde se había pasado al otro lado de la esquina, dándole de lleno en toda la cabeza.

Nuestro célebre Charamil, tenía una alma de mucho aguante, pero en lo físico, tenía un cuerpo con un aspecto bastante tétrico y maloliente, parecía un cuerpo viviente en tiempo de descuento, como un partido de fútbol que ya está resuelto y perdido. Parecía un chilincoco bien alimentado, lo cual no quiere decir que estuviera gordo, sino todo lo contrario, era flaco y delgaducho, lo estaba y lo parecía. En “lo estrictamente” físico, siempre proyectaba la misma apariencia: desprendía una “tufadera” y vestía la misma camisa curtida, desabotonada, con el cuello y las mangas totalmente deshilachadas y su pantalón ennegrecido por la mugre de los andenes donde pasaba tirado buena parte del tiempo. La marca de su calzado era CHUÑA como los cigarros de Margo, la rezadora del pueblo, vecina de Tomaza Día. Sin embargo, a pesar de su aspecto físico, Charamil era un hombre sociable con ciertos contactos y amistades bien conectadas en el pueblo. Era a través de estos buenos contactos cómo el célebre Charamil financiaba su pasión por el guaro.

Se le veía allá por la cuesta de Estebanona, la madre de Jorgón Villatoro, al atardecer, conversar con su amigo, el Chico Chiquito, aquel pequeño gran hombre que desnucaba hasta 6 chanchos gordos con un par de pescozadas. Allá se ponían encima de unas piedras, debajo del palo de mango de agua de niña Amelia a hablar de “lo jodido” que era la vida en aquellas fechas. Para Charamil, aquellas tardes, suaves y apacibles, eran parte de los buenos momentos para filosofar, para intercambiar ideas, impresiones, etc, entre cheros de verdad. Hablaban de todo, pero al final Charamil siempre terminaba hablando del oficio de su amigo, de los quehaceres de Chico Chiquito como destazador de chanchos del pueblo. “Cuantos ha degollado hoy, compa” le preguntaba Charamil al son del atardecer, encima de aquellas piedras debajo de aquel árbol. “Tantos” le respondía Chico Chiquito, sin revelarle el número exacto de destazos realizados ese día, porque lo veía venir y, efectivamente, con voz más suave, Charamil, le solicitaba “páseme medio tostón compa, ya se lo devuelvo e nun rato”. “E nun rato” traducido o cuantificado a un lenguaje más preciso significaba “el infinito” o mejor dicho “nunca”, término que su migo Chico Chiqito asumía con cierto disimulo, sabía que de todos modos se trataba de un buen “compa” a pesar de su vicio. La conversación con su amigo Chico Chiquito se alargaba hasta donde hiciera falta. Poco a poco, lo iba limando hasta que el chero Charamil, al final, se hacía con su tostón.

Con el tostón en mano, el Chero Charamil se volvía imperial, omnipotente, se convertía en el genio absoluto de las mezclas. Tom Cruise de la película “Cocktail”, no era más que un vulgar, una sucia chusma banal, un mal aprendiz frente al Gran Maestro Charamil. Él era el amo y señor indiscutible en la preparación de combinaciones alcohólicas de toda la región. Las suyas tenían “luz” y “fuerza” propia para arrastrar hasta el olvido total a cualquier estrés, preocupación o pena que pudiera tener un individuo. El “olvido curativo” del estrés, a través de la “eficiencia” del trago, más el “ahorro” en el bajo costo productivo y la “delicadeza” al paladar eran los elementos básicos del gran descubrimiento o invento que el chero Charamil había conseguido con sus famosas mezclas. Indudablemente, fue auténtico Maestro. Su descubrimiento fue después copiado y utilizado por otros pequeños aficionados del sector “guaro casero”, gracias a nuestro chero Charamil. Él fue, sin duda alguna, el gran inventor y pionero del trago “vendito” y nunca mejor dicho, llevaba más del 40% de agua vendita.

Sin embargo, no todo eran luces y gozos en la vida del maestro. El chero Charamil tenía un pequeño problema con la gente, mejor dicho la gente tenía un problema con él: nadie lo apreciaba, no lo querían ni ver, ni de cerca, ni de lejos, era “algo” menos inferior que un animal detestable. A parte de esa siniestra popularidad, también se le consideraba un ser poco productivo, o mejor dicho, una inutilidad, aquello era terrible. En aquellas condiciones, no se le alcanzaba ver el lado bueno y amable, que, por su puesto, a saber donde lo tenía. No obstante, el chero Charamil, no era ningún mafioso, ni delincuente, ni marero, ni ningún político o funcionario corrupto. Era tan solo un triste ciudadano que había perdido el control de sus debilidades, vivía en una locura frenética, en un dogma personal desenganchado de la realidad, se había dejado llevar por la desilusión o ilusión del guaro, algo que, por otra parte, le podría pasar a cualquiera de nosotros. En definitiva, el chero Charamil únicamente quería echarse su trago para vivir como un hombre “libre” y en paz. Y al final lo consiguió.

El cuerpo del Sr. Don Mateo Membreño fue encontrado muerto allá en su guarida, en aquel deslinde entre la casa de Catocha y niña Juanita. El Gran Maestro del “guaro perro”, vivió sus últimas horas de la mano de su venerada pachita de guaro, la causante de todas sus miserias, virtudes, olvidos, alegrías, tristezas, recuerdos, y otros tantos momentos irrepetibles en la vida del Chef del Alcohol y, como no, también la que finalmente le condujo hacia su muerte. Se dice que el Maestro dijo a sus familiares que le pusieran su pachita de guaro, tal como el la preparaba, mitad agua florida y mitad alcohol puro, en el ataúd para tenerla a mano en caso de tener que necesitarla para entretenerse, enfrentarse o, en todo caso, hacer más llevadero ese último tramo del largo camino hacia lo DESCONOCIDO, aunque él sospechaba que era el Paraíso al lugar donde iba ir a parar y vivir el resto de la eternidad, gracias a la fe inquebrantable que él tenía en San Mateo, su tocayo.

José Manuel "Salarruepucá" josemanuel@intipucacity.com


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