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Hace
algunas unas semanas conocí a un doctor en comunicación,
muy rápido de neuronas y con un buen “gancho”
para el argumento. No sé como terminamos hablando del derecho
a voto de los ciudadanos, de votar en elecciones para alcaldes,
diputados, presidentes, etc. Yo fui directo al grano, “vos
votaste” le pregunté, y para mi sorpresa el doctor
me contestó “a partidos políticos yo no voto,
son todos unos mafiosos”.
Era
la primera vez que me topaba con alguien de cierto nivel académico
e intelectual que no votaba por principios, principios que siempre
había encontrado a camionadas en otro tipo de personas:
albañiles, camioneros, plomeros, lavaplatos, jornaleros,
carpinteros, vendedores de la calle, en fin, en la clase trabajadora
de la población, harta de los políticos.
Lo
del doctor es una muestra más del divorcio entre la ciudadanía
y los partidos políticos. La gente está asqueada
de promesas incumplidas y del engaño masivo de los políticos.
“Es una vergüenza”, “se lo hartan todo
ellos”, “todo es una mafia, jodidos mañosos”,
son los tipos de frase más utilizados. Tristemente optan
por no votar, por no participar en la farsa y el engaño
de la política. Error monumental, si lo vemos más
detenidamente.
Cuando
votamos, participamos y cuando participamos, fortalecemos, por
lo menos, el circulo democrático. Cuando no ejercemos nuestro
derecho a voto, nos autoexcluimos del “momento
democrático”: paradójicamente,
el único momento en que todos los ciudadanos somos realmente
iguales ante la ley, las instituciones, y todo lo demás,
ya que el voto de un pobre muerto de hambre vale igual que el
de Bill Gates o George W. Bush, los hombres más poderosos
de la tierra. No existe otro momento en el que los individuos
ejercen un derecho igual e idéntico en esencia y forma.
Si uno va al Ritz (o al Chance Inn), al Children’s Hospital
o a una cena al restaurante La Maison Blanche o la cadena del
Big Mac, créame que nuestros derechos como ciudadano se
verán afectados según nuestra posición social,
económica, etc. El único momento en que uno puede
alardear de tener el mismo derecho que el de los hombres más
poderosos de la tierra es cuando uno se encuentra delante de las
urnas echando su voto, aquí todos somos realmente iguales,
idénticos, ...anónimos, en todo lo demás
se nos trata según quienes somos o qué tenemos.
Si
uno decide no votar por las razones que sean, renunciamos a todo
lo público como ciudadanos, a que nos suban los impuestos,
a que nos llevan a una guerra, a que deporten a nuestros hermanos,
a que nos den una manta si hay un terremoto o un huracán.
Si no votamos, renunciamos a la organización pública,
porque renunciamos a participar en el círculo democrático
en la que ella se sustenta, y si renunciamos a participar en el
círculo democrático, contribuimos a que el “jodido”
político pueda terminar haciendo aquello de lo cual siempre
nos quejamos: “es una vergüenza”, “jodidos
mañosos”, “se lo hartan todo”.
Finalmente,
si uno decide no votar, es su problema, pero tengamos en cuenta
que hay más 15 millones de personas en EE.UU. que desearían
tener tal privilegio, dicho sea de paso, recordemos que semejante
derecho no fue un regalo envuelto en papel de seda con una chonga
azul encima, fue una batalla sangrienta entre ricos y pobres en
las que muchos de los más débiles dedicaron su vida
y su muerte, al derecho del sufragio universal, algo del cual
ahora Ud. y yo podemos participar.
José
Manuel
"Salarruepucá"
josemanuel@intipucacity.com
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