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Marzo 2006
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El Salvador Con Su Gente.

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Ida y Vuelta

Por: José Manuel josemanuel@intipucacity.com

Recuerdo perfectamente, yo tenia 9 años, íbamos, mi madre, mi tía y yo, camino a San Miguel a eso de las 6 de la mañana. Éramos los primeros, íbamos en un bus pequeño, una Mercedes Benz de 18 Pasajeros que se llamaba La Ronald Servicio Express No 1. Aquella camionetilla normalmente hacia la ruta Intipuca-La Unión, pero por alguna razón, aquel día iba rumbo a San Miguel desde Intipucá. Habíamos parado por casi todos los cantones, la gente entraba y salía de aquel busito como en un mercado, íbamos a tope con mucha gente dentro por todos lados, muchos colgados como murciélagos de las escaleras de atrás por donde se subía a la parrilla que, también, iba llena de gente, de tercios de leña, de gallinas metidas en unas canastas y de algunos manojos de gineyos majonchos medio envueltos en papel de diario.

Habíamos pasado ya la cuesta después del “depillo” de Chirilagua, (dirección San Miguel), y una vez cuesta abajo muy cerca de donde estaba el chorro de agua del Capulín, de repente, fas, el motorista metió un frenazo, “ffsreerr”, las gallinas saltaron por los aires, los de dentro nos fuimos hacia delante unos encina de otros, yo aparecí debajo de un asiento, dos filas mas adelante. Fue un buen susto.

Afortunadamente, todos estábamos bien, la camionetilla había quedado atravesada en medio de la curva, un poco mas adelante desde donde el motorista había pegado el frenazo, y a unos 4-6 metros mas allá, el espanto: una montaña de unos 20 cuerpos de hombres, niños y mujeres sin manos y sin cabezas desnudos en medio de la curva, desordenados unos encima de otros sobre el asfalto totalmente ensangrentado en medio de la carretera. Aquello parecía una película de Spielberg, pero en realidad aquello era real y autentico.

Yo era muy joven y no sabia como valorar aquella carnicería. No sabía que pensar, que decir, no entendía nada, solo recuerdo haber sentido miedo. Yo tenia 9 años y me encontraba junto a mi madre, mi tía y el resto de aquellos pasajeros ante una salvajada que marcaría el principio de una guerra que destrozaría a mas de 100,000 familias salvadoreñas y que nos acompañaría a cruzar un terrible calvario durante los próximos 13 años.

LOS 80s (La Ida)
A finales de los 70s, la gente empezaba andar ya con mucho miedo y no era para menos. La vida había cambiado para mal, y lo peor estaba al llegar. El cambio de década nos trajo la maldición, si a finales de los 70s la cosa iba mal (manifestaciones, revueltas, protestas, redadas, etc.), en los 80s la cosa empezó a desmadrarse: puentes a pique, torres eléctricas en el suelo, buses y camiones quemados, retenes por todos lados, toques de queda, campesinos mutilados, familias asesinadas, desaparecidos, un autentico “nomansland”. Nuestra suerte como pueblo se había torcido mas de lo que ya estaba, que no era poco, a nuestro pueblo, ya entonces hundido por la eterna pobreza y el analfabetismo se le añadía otro problema aún mayor: la guerra.

Esto se ponía ya muy mal, y la gente resignada hasta lo empezaba a ver como algo normal con el paso del tiempo, bombas aquí, emboscadas por allá, etc. En las portadas de la Prensa Grafica, las palabras “atentado” y “asesinato” se repetían un día si y un día no. Sin saberlo “el sálvese quien pueda” se nos venia encima como una tormenta tropical. Era como si alguien había soltado al mismísimo demonio y su hijo mayor para demoler al pueblo, destruyendo a diestro y siniestro con total libertad, mientras los dirigentes del país, de un bando y de otro, eran incapaces de controlar aquella terrible situación. El país entero iba camino hacia la destrucción, hacia un laberinto directo al infierno.

Pasaban los días, los meses y, esto, lejos de mejorar, daba una vuelta mas de tuerca para convertirse ya en un mano a mano entre el caos y el terror, a ver quien podía más. La gente de bien, en medio del duelo entre estos dos monstruos, rogando a la virgen del carmen por la paz, nada pudo hacer (Monseñor Romero fue asesinado el 24 de marzo 1980), la paz estaba muy lejos, una década y 2 años mas adelante. Esto se había convertido en un autentico “manslaughter house”, en una selva de lobos y caníbales, sin ningún tipo de reglas, ni derechos, ni leyes. La única ley: la del más fuerte y el mas bestia. Esto era ya la guerra en su punto mas ácido y mas salvaje, esto era El Salvador en los 80s. Esta barbarie destruyó mas 100,000 vidas humanas (entre ellas mi padre de 40 años en 1981), un dolor y una perdida imposible de calcular.

La mayoría de nosotros no entendíamos las justificaciones, ni de los unos ni de los otros, de porque esa guerra, es mas ni tan siquiera sabíamos cuales eran las razones. Los más humildes, escuchábamos por la radio y, los mas acomodados, por el televisor, que habían movimientos de “supercibos” que venían desde Nicaragua y Cuba a derrumbar al gobierno de entonces. En realidad, la mayor parte de nosotros éramos unos perfectos ignorantes de las causas y orígenes de aquella guerra, pero todos fuimos grandes conocedores de sus efectos y consecuencias.

En aquellos entonces, el respeto hacia la vida y la libertad no valía nada y el cómo ganarse las chilcas para sobrevivir era un dilema para la gran mayoría de nuestras familias. Eran tiempos duros, de aguantar hambre y andar con cuidado. Ya no se podía vivir mas en la ruina económica, en medio del caos, así pues empezó el viaje de muchos familiares y amigos rumbo al norte hacia la capital de los Yunaired Esteis, Guachingtun DC, ciudad que se convertiría para muchos salvadoreños en nuestra segunda patria, en nuestra madrina de adopción.

A muchos de nosotros (casi a un 30% de la actual población salvadoreña), por gracia o desgracia, aquella guerra nos haría emprender, ese viaje, casi forzado, hacia el norte de mas de 3000 kilómetros llenos de peligros y aventuras. El viaje en si era muy colorido y daba esperanza tanto al propio viajante como a los familiares que se quedaban atrás.

El primer objetivo de esta aventura era cruzar todo Guatemala y México. Teniendo en cuenta nuestra ignorancia de estos territorios, este primer propósito resultaba bastante arriesgado, con muchos peligros, y obstáculos, aquí te encontrabas de todo: ladrones, rateros, atracadores, policías corruptos, etc. A pesar de ello, la gente conseguía hacerse camino hasta la frontera de EE.UU. Era aquí en la frontera donde estaba el “el key de la cuestión”, era el punto clave donde se peleaba la gran batalla para entrar al paraíso.

La frontera era larga y extensa y requería una buena planificación mucho antes de llegar a ella. La mejor estrategia: por Tijuana, El Paso, Matamoros, etc. era cosa de expertos. Aquí, en este punto, era donde realmente nuestros familiares y amigos se lo jugaban todo, era el “ser o no ser” de un viaje de toda una vida. Uno no podía permitirse el desafío de hacerlo por su cuenta, el sacrificio a pagar era muy grande: los ahorros de toda tu familia. Por eso la mayor parte de nosotros contrataba los servicios de un experto en la materia: un coyote. Los que conocían esta profesión siempre decían “hay que andarse con cuidado”, no era para menos, este tipo de profesión tenia verdaderos profesionales: o te secaban todo el dinero y te dejaban tirado en cualquier esquina mexicana, o te pasaban al otro lado por una cuneta a medio metro del carro patrullero del agente del US Inmigration Service.

Los coyotes eran unos auténticos amantes de la aventura de riesgo, unos verdaderos artistas, sabían casi todo: los tiempos del patrullero, los puntos para entrar, los sitios donde esconderte para esperar, etc. Los coyotes sabían que el momento ideal para la gran batalla era la madrugada, cuando todavía estaba de noche, era como planificar la entrada para robar una casa, cuanto mas de noche, mejor. Una vez iniciada la batalla y estabas dentro de la frontera, a correr hasta el próximo matorral. Ahí, a esperar, y después a correr otra vez y así hasta alejarte al máximo de la frontera, hasta llegar a una ciudad próxima (San Diego, El Paso, Laredo, etc.) donde pudieras pasar más desapercibido. Desde este punto, de forma menos arriesgada, se emprendía rumbo final hasta llegar a Washington DC. Las formas de llegar al destino final eran diversas, lo que realmente importaba era llegar para ponerse a trabajar de cualquier cosa (disguacher, limpieza de inodoros, laibor, etc.) y mandar dinero con la primera noticia que avisaba a los tuyos que habías llegado con bien.


LOS 2000s (La Vuelta)

Principios del 2000s: tu país sigue pobre pero la monstruosidad de la guerra es historia. Llevas 20 años en Washington. Has trabajado todo ese tiempo y tienes una situación establecida en tu nueva tierra. Te has convertido en ciudadano Americano, pero sigues siendo un salvadoreño mas que desea volver a su tierra natal después de tanto tiempo. Han pasado mas de 12 años desde el final de la guerra, y decides que el momento de volver a llegado. Finalmente, después de darle vueltas, escoges las fechas de las fiestas patronales de tu pueblo para volver a reencontrarte con todo: tus familiares, tus antiguos amigos, tus recuerdos, tu país, tu pueblo, tu barrio, tu casa, tu niñez, ...tu mismo.

Ya antes de aterrizar notas un cambio desde la ventanilla del avión, el cielo ya no es el mismo. Te asomas y ves una laguna rodeada de montañas, unas nubes blancas que se mueven lentamente en la misma dirección, una costa azul con pinceladas de color blanco que se mueven tranquilamente hacia el litoral. Aterrizas y, de pronto, un jodido calor te entra por todas partes, es la bienvenida de un país que te reclama donde has estado estos últimos 20 años. Pasas por Inmigración y ves un compatriota uniformado con el escudo nacional en la manga del brazo derecho, no lo conoces pero ves algo, no sabes que es, sus ojos talvez, ...rás, te pone el sello en tu pasaporte, ...siguiente.

Apuras el paso hasta el carrusel de equipajes, ahí hay un molote tremendo de gente, todos buscando lo mismo: los bultos del viaje, descontrolados en la cinta transportadora. Das cinco vueltas y al final acabas chocando con tus maletas en una esquina. Te diriges hacia el control de aduanas y, ahí otra vez, ves unos compatriotas, pero no te fijas en sus caras, ni en nada, porque lo único que quieres es salir del atolladero provocado por ese semáforo de locos controlado por 2 brujos allá arriba en aduanas.

Al final, pasas todos los tramites y te encuentras con los tuyos. Después de esos abrazos profundos con tus familiares y amigos, notas que sus caras son distintas: te das cuenta que han envejecido. 20 años de sol y calor marcan mejor el paso del tiempo. Sales fuera del aeropuerto y entras en contacto de lleno con tu tierra: un calorazo insoportable sigue acosándote, un murmullo de gente, una trabazón de carros, camiones, camionetas, un ruido que viene de todos lados, un batallón de anunciantes ambulantes, “venga seño”, “yo la llevo”, “donde va”, “por 50 pesos”, “servicio rápido”, etc. es la gritolera de un país que esta vivo y que sigue luchando por sobrevivir. Es tu patria, y ese “bullicio” es la lucha cotidiana de un pueblo que intenta salir adelante.

Finalmente, te montas en el carro de tus familiares o amigos, el motorista recula para salir del parqueo y, de pronto, escuchas una voz que sale detrás de un palo de coco “dele, dele maitro, que el golpe avisa,” ram, ram, ram, sales del parqueo rumbo al pueblo. Por el camino ves un sin fin de pequeños sucesos: una familia de pijuyos en un palo de “carago”, un señor que vende iguanas, una árbol lleno papayas, una charralera de pastes secos, una rotulo Pilsener, un doble volcán, no es que veas mal, es realmente un doble volcán (los chachos de San Vicente), unos zipotes jugando con una pelota de plástico, un torogoz ....“Donde estoy” te preguntas, ...te has americanizado muchacho, ..en tu país, el de siempre, en tu tierra de toda la vida.

Pasas por en medio de un pueblo y comienzan unas vendedoras, “valla, que le damos”, “que va tomar”, “agüita fresca”, “mango con chile”, “yuca frita con chicharrón”, etc. con un tono casi musical. Tu le compras un coco y le pagas sin saber lo que cuesta, no le pides el vuelto, le compensas por el esfuerzo y la humildad que ves en sus ojos.

Llegas a tu pueblo, y ves que todo a cambiado, las sandilleras en el depillo ya no están, en su lugar hay unas casas de ladrillo, la ceiba aquella de tronco ancho se murió, la plaza polvosa esta adoquinada, las casitas de tablas y adobe son casas de doble planta. El campo tierrozo, pelado y sin césped, es ahora un complejo estadio deportivo con sistema de riego automático. El pueblo es una ciudad, tu casa es un hotel. Tu vecino tiene sirvientas y un 4X4 de 6 cilindros. Este es tu pueblo. Inpituca. Bienvenido.

El día siguiente, el gran día de las fiestas, te despiertas y te vas a dar una vuelta... el “chuco”, la escuela, la cuesta del “borbollón”, el camino de “guarrapuca”, la “pozona”, el guatal, el “pantión”, el “saltolaflores”, etc. Pasas por la esquina donde antes cazaqueabas a la zipota, el puesto de la “sanguchera”, de la “pupusera”, etc. Mas tarde, vas a las ruedas, ves que no son las de “Cañenga”, te metes a la toreada, pasas por los puestos de venta en las calles y compras una matata de cordel, saludas a unos cheros. Un poquito mas tarde, las “carrozas” empiezan a desfilar, pun, pun, los cuetes, yiiiiiiiii - jjaaa, los mariachis ...el gran baile va a comenzar.

Parece mentira, te has pasado mas de la mitad de tu vida fuera en otras tierras, ya no eres el salvadoreño de antes, has aprendido a adaptarte a ese nuevo espacio de donde ahora vuelves, dejando atrás lo que antes fuiste y sin embargo llevas en tu interior parte del ser que eras antes, y sientes que “el volver” de alguna forma te ha tocada el nervio de tu conciencia para ver y entender mejor tu gente, tu pueblo, tu país, tu cultura, tus raíces, ....tu mismo.

Si posée alguna inquietud sobre esta vivencia, por favor contacténos josemanuel@intipucacity.com

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