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Recuerdo perfectamente, yo tenia 9 años, íbamos,
mi madre, mi tía y yo, camino a San Miguel a eso de las
6 de la mañana. Éramos los primeros, íbamos
en un bus pequeño, una Mercedes Benz de 18 Pasajeros que
se llamaba La Ronald Servicio Express No 1. Aquella camionetilla
normalmente hacia la ruta Intipuca-La Unión, pero por alguna
razón, aquel día iba rumbo a San Miguel desde Intipucá.
Habíamos parado por casi todos los cantones, la gente entraba
y salía de aquel busito como en un mercado, íbamos
a tope con mucha gente dentro por todos lados, muchos colgados
como murciélagos de las escaleras de atrás por donde
se subía a la parrilla que, también, iba llena de
gente, de tercios de leña, de gallinas metidas en unas
canastas y de algunos manojos de gineyos majonchos medio envueltos
en papel de diario.
Habíamos
pasado ya la cuesta después del “depillo” de
Chirilagua, (dirección San Miguel), y una vez cuesta abajo
muy cerca de donde estaba el chorro de agua del Capulín,
de repente, fas, el motorista metió un frenazo, “ffsreerr”,
las gallinas saltaron por los aires, los de dentro nos fuimos
hacia delante unos encina de otros, yo aparecí debajo de
un asiento, dos filas mas adelante. Fue un buen susto.
Afortunadamente,
todos estábamos bien, la camionetilla había quedado
atravesada en medio de la curva, un poco mas adelante desde donde
el motorista había pegado el frenazo, y a unos 4-6 metros
mas allá, el espanto: una
montaña de unos 20 cuerpos de hombres, niños y mujeres
sin manos y sin cabezas desnudos en medio de la curva, desordenados
unos encima de otros sobre el asfalto totalmente ensangrentado
en medio de la carretera. Aquello parecía
una película de Spielberg, pero en realidad aquello era
real y autentico.
Yo
era muy joven y no sabia como valorar aquella carnicería.
No sabía que pensar, que decir, no entendía nada,
solo recuerdo haber sentido miedo. Yo tenia 9 años y me
encontraba junto a mi madre, mi tía y el resto de aquellos
pasajeros ante una salvajada que marcaría el principio
de una guerra que destrozaría a mas de 100,000 familias
salvadoreñas y que nos acompañaría a cruzar
un terrible calvario durante los próximos 13 años.
LOS
80s (La Ida)
A finales de los 70s, la gente empezaba andar ya con mucho miedo
y no era para menos. La vida había cambiado para mal, y
lo peor estaba al llegar. El cambio de década nos trajo
la maldición, si a finales de los 70s la cosa iba mal (manifestaciones,
revueltas, protestas, redadas, etc.), en los 80s la cosa empezó
a desmadrarse: puentes a pique, torres eléctricas en el
suelo, buses y camiones quemados, retenes por todos lados, toques
de queda, campesinos mutilados, familias asesinadas, desaparecidos,
un autentico “nomansland”. Nuestra suerte como pueblo
se había torcido mas de lo que ya estaba, que no era poco,
a nuestro pueblo, ya entonces hundido por la eterna pobreza y
el analfabetismo se le añadía otro problema aún
mayor: la guerra.
Esto
se ponía ya muy mal, y la gente resignada hasta lo empezaba
a ver como algo normal con el paso del tiempo, bombas aquí,
emboscadas por allá, etc. En las portadas de la Prensa
Grafica, las palabras “atentado” y “asesinato”
se repetían un día si y un día no. Sin saberlo
“el sálvese quien pueda” se nos venia encima
como una tormenta tropical. Era como si alguien había soltado
al mismísimo demonio y su hijo mayor para demoler al pueblo,
destruyendo a diestro y siniestro con total libertad, mientras
los dirigentes del país, de un bando y de otro, eran incapaces
de controlar aquella terrible situación. El país
entero iba camino hacia la destrucción, hacia un laberinto
directo al infierno.
Pasaban
los días, los meses y, esto, lejos de mejorar, daba una
vuelta mas de tuerca para convertirse ya en un mano a mano entre
el caos y el terror, a ver quien podía más. La gente
de bien, en medio del duelo entre estos dos monstruos, rogando
a la virgen del carmen por la paz, nada pudo hacer (Monseñor
Romero fue asesinado el 24 de marzo 1980), la paz estaba muy lejos,
una década y 2 años mas adelante. Esto se había
convertido en un autentico “manslaughter house”, en
una selva de lobos y caníbales, sin ningún tipo
de reglas, ni derechos, ni leyes. La única ley: la del
más fuerte y el mas bestia. Esto era ya la guerra en su
punto mas ácido y mas salvaje, esto era El Salvador en
los 80s. Esta barbarie destruyó mas 100,000 vidas humanas
(entre ellas mi padre de 40 años en 1981), un dolor y una
perdida imposible de calcular.
La
mayoría de nosotros no entendíamos las justificaciones,
ni de los unos ni de los otros, de porque esa guerra, es mas ni
tan siquiera sabíamos cuales eran las razones. Los más
humildes, escuchábamos por la radio y, los mas acomodados,
por el televisor, que habían movimientos de “supercibos”
que venían desde Nicaragua y Cuba a derrumbar al gobierno
de entonces. En realidad, la mayor parte de nosotros éramos
unos perfectos ignorantes de las causas y orígenes de aquella
guerra, pero todos fuimos grandes conocedores de sus efectos y
consecuencias.
En
aquellos entonces, el respeto hacia la vida y la libertad no valía
nada y el cómo ganarse las chilcas para sobrevivir era
un dilema para la gran mayoría de nuestras familias. Eran
tiempos duros, de aguantar hambre y andar con cuidado. Ya no se
podía vivir mas en la ruina económica, en medio
del caos, así pues empezó el viaje de muchos familiares
y amigos rumbo al norte hacia la capital de los Yunaired Esteis,
Guachingtun DC, ciudad que se convertiría para muchos salvadoreños
en nuestra segunda patria, en nuestra madrina de adopción.
A
muchos de nosotros (casi a un 30% de la actual población
salvadoreña), por gracia o desgracia, aquella guerra nos
haría emprender, ese viaje, casi forzado, hacia el norte
de mas de 3000 kilómetros llenos de peligros y aventuras.
El viaje en si era muy colorido y daba esperanza tanto al propio
viajante como a los familiares que se quedaban atrás.
El
primer objetivo de esta aventura era cruzar todo Guatemala y México.
Teniendo en cuenta nuestra ignorancia de estos territorios, este
primer propósito resultaba bastante arriesgado, con muchos
peligros, y obstáculos, aquí te encontrabas de todo:
ladrones, rateros, atracadores, policías corruptos, etc.
A pesar de ello, la gente conseguía hacerse camino hasta
la frontera de EE.UU. Era aquí en la frontera donde estaba
el “el key de la cuestión”, era el punto clave
donde se peleaba la gran batalla para entrar al paraíso.
La
frontera era larga y extensa y requería una buena planificación
mucho antes de llegar a ella. La mejor estrategia: por Tijuana,
El Paso, Matamoros, etc. era cosa de expertos. Aquí, en
este punto, era donde realmente nuestros familiares y amigos se
lo jugaban todo, era el “ser o no ser” de un viaje
de toda una vida. Uno no podía permitirse el desafío
de hacerlo por su cuenta, el sacrificio a pagar era muy grande:
los ahorros de toda tu familia. Por eso la mayor parte de nosotros
contrataba los servicios de un experto en la materia: un coyote.
Los que conocían esta profesión siempre decían
“hay que andarse con cuidado”, no era para menos,
este tipo de profesión tenia verdaderos profesionales:
o te secaban todo el dinero y te dejaban tirado en cualquier esquina
mexicana, o te pasaban al otro lado por una cuneta a medio metro
del carro patrullero del agente del US Inmigration Service.
Los
coyotes eran unos auténticos amantes de la aventura de
riesgo, unos verdaderos artistas, sabían casi todo: los
tiempos del patrullero, los puntos para entrar, los sitios donde
esconderte para esperar, etc. Los coyotes sabían que el
momento ideal para la gran batalla era la madrugada, cuando todavía
estaba de noche, era como planificar la entrada para robar una
casa, cuanto mas de noche, mejor. Una vez iniciada la batalla
y estabas dentro de la frontera, a correr hasta el próximo
matorral. Ahí, a esperar, y después a correr otra
vez y así hasta alejarte al máximo de la frontera,
hasta llegar a una ciudad próxima (San Diego, El Paso,
Laredo, etc.) donde pudieras pasar más desapercibido. Desde
este punto, de forma menos arriesgada, se emprendía rumbo
final hasta llegar a Washington DC. Las formas de llegar al destino
final eran diversas, lo que realmente importaba era llegar para
ponerse a trabajar de cualquier cosa (disguacher, limpieza de
inodoros, laibor, etc.) y mandar dinero con la primera noticia
que avisaba a los tuyos que habías llegado con bien.
LOS 2000s (La Vuelta)
Principios del 2000s: tu país sigue pobre pero la monstruosidad
de la guerra es historia. Llevas 20 años en Washington.
Has trabajado todo ese tiempo y tienes una situación establecida
en tu nueva tierra. Te has convertido en ciudadano Americano,
pero sigues siendo un salvadoreño mas que desea volver
a su tierra natal después de tanto tiempo. Han pasado mas
de 12 años desde el final de la guerra, y decides que el
momento de volver a llegado. Finalmente, después de darle
vueltas, escoges las fechas de las fiestas patronales de tu pueblo
para volver a reencontrarte con todo: tus familiares, tus antiguos
amigos, tus recuerdos, tu país, tu pueblo, tu barrio, tu
casa, tu niñez, ...tu mismo.
Ya antes de aterrizar notas un cambio desde la ventanilla del
avión, el cielo ya no es el mismo. Te asomas y ves una
laguna rodeada de montañas, unas nubes blancas que se mueven
lentamente en la misma dirección, una costa azul con pinceladas
de color blanco que se mueven tranquilamente hacia el litoral.
Aterrizas y, de pronto, un jodido calor te entra por todas partes,
es la bienvenida de un país que te reclama donde has estado
estos últimos 20 años. Pasas por Inmigración
y ves un compatriota uniformado con el escudo nacional en la manga
del brazo derecho, no lo conoces pero ves algo, no sabes que es,
sus ojos talvez, ...rás, te pone el sello en tu pasaporte,
...siguiente.
Apuras
el paso hasta el carrusel de equipajes, ahí hay un molote
tremendo de gente, todos buscando lo mismo: los bultos del viaje,
descontrolados en la cinta transportadora. Das cinco vueltas y
al final acabas chocando con tus maletas en una esquina. Te diriges
hacia el control de aduanas y, ahí otra vez, ves unos compatriotas,
pero no te fijas en sus caras, ni en nada, porque lo único
que quieres es salir del atolladero provocado por ese semáforo
de locos controlado por 2 brujos allá arriba en aduanas.
Al final, pasas todos los tramites y te encuentras con los tuyos.
Después de esos abrazos profundos con tus familiares y
amigos, notas que sus caras son distintas: te das cuenta que han
envejecido. 20 años de sol y calor marcan mejor el paso
del tiempo. Sales fuera del aeropuerto y entras en contacto de
lleno con tu tierra: un calorazo insoportable sigue acosándote,
un murmullo de gente, una trabazón de carros, camiones,
camionetas, un ruido que viene de todos lados, un batallón
de anunciantes ambulantes, “venga seño”, “yo
la llevo”, “donde va”, “por 50 pesos”,
“servicio rápido”, etc. es la gritolera de
un país que esta vivo y que sigue luchando por sobrevivir.
Es tu patria, y ese “bullicio” es la lucha cotidiana
de un pueblo que intenta salir adelante.
Finalmente,
te montas en el carro de tus familiares o amigos, el motorista
recula para salir del parqueo y, de pronto, escuchas una voz que
sale detrás de un palo de coco “dele, dele maitro,
que el golpe avisa,” ram, ram, ram, sales del parqueo rumbo
al pueblo. Por el camino ves un sin fin de pequeños sucesos:
una familia de pijuyos en un palo de “carago”, un
señor que vende iguanas, una árbol lleno papayas,
una charralera de pastes secos, una rotulo Pilsener, un doble
volcán, no es que veas mal, es realmente un doble volcán
(los chachos de San Vicente), unos zipotes jugando con una pelota
de plástico, un torogoz ....“Donde estoy” te
preguntas, ...te has americanizado muchacho, ..en tu país,
el de siempre, en tu tierra de toda la vida.
Pasas
por en medio de un pueblo y comienzan unas vendedoras, “valla,
que le damos”, “que va tomar”, “agüita
fresca”, “mango con chile”, “yuca frita
con chicharrón”, etc. con un tono casi musical. Tu
le compras un coco y le pagas sin saber lo que cuesta, no le pides
el vuelto, le compensas por el esfuerzo y la humildad que ves
en sus ojos.
Llegas
a tu pueblo, y ves que todo a cambiado, las sandilleras en el
depillo ya no están, en su lugar hay unas casas de ladrillo,
la ceiba aquella de tronco ancho se murió, la plaza polvosa
esta adoquinada, las casitas de tablas y adobe son casas de doble
planta. El campo tierrozo, pelado y sin césped, es ahora
un complejo estadio deportivo con sistema de riego automático.
El pueblo es una ciudad, tu casa es un hotel. Tu vecino tiene
sirvientas y un 4X4 de 6 cilindros. Este es tu pueblo. Inpituca.
Bienvenido.
El
día siguiente, el gran día de las fiestas, te despiertas
y te vas a dar una vuelta... el “chuco”, la escuela,
la cuesta del “borbollón”, el camino de “guarrapuca”,
la “pozona”, el guatal, el “pantión”,
el “saltolaflores”, etc. Pasas por la esquina donde
antes cazaqueabas a la zipota, el puesto de la “sanguchera”,
de la “pupusera”, etc. Mas tarde, vas a las ruedas,
ves que no son las de “Cañenga”, te metes a
la toreada, pasas por los puestos de venta en las calles y compras
una matata de cordel, saludas a unos cheros. Un poquito mas tarde,
las “carrozas” empiezan a desfilar, pun, pun, los
cuetes, yiiiiiiiii - jjaaa, los mariachis ...el gran baile va
a comenzar.
Parece
mentira, te has pasado mas de la mitad de tu vida fuera en otras
tierras, ya no eres el salvadoreño de antes, has aprendido
a adaptarte a ese nuevo espacio de donde ahora vuelves, dejando
atrás lo que antes fuiste y sin embargo llevas en tu interior
parte del ser que eras antes, y sientes que “el volver”
de alguna forma te ha tocada el nervio de tu conciencia para ver
y entender mejor tu gente, tu pueblo, tu país, tu cultura,
tus raíces, ....tu mismo.
Si
posée alguna inquietud sobre esta vivencia, por favor contacténos
josemanuel@intipucacity.com
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