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El
gran periodista no se anda con contemplaciones, ni “pericuacos”,
entra a matar o a salvar situaciones informando con hechos estremecedores.
Para él, su oficio no admite mediocridades. Se esfuerza
en buscar noticias que impacten, que cambien el rumbo normal de
las cosas. Se engancha a la pista, busca entre las basuras, olfatea
la incógnita, derriba murallas, hasta dar con los hechos.
Entonces, los saca a la luz, sin titubeos, ni amagues, con fuerza,
como el gran Dartañan.
El
gran periodista no es una máquina, es un ser humano, con
un instinto animal depredador. No alardea sobre la Objetividad,
porque no está libre de las bajezas, ni de las tentaciones
a las cuales todos, como hombres o como bestias, estamos sometidos.
Es firme en sus convicciones, fiel a sus ideales, a su deber como
catalizador social y se limita, en la medida de lo posible, a
la realidad de los hechos.
El
gran periodista es un provocador nato, un felino audaz que denuncia
con solidez y convencimiento de causa, libre de ataduras y marañas
ideológicas. Es un individuo de sangre fría que
aguanta el chaparrón y exhibe las evidencias, a pesar de
las presiones o intereses de las partes implicadas. Pone los hechos,
como la carne en el asador, sin añadirle más que
un punto de sal, para darle ese toque personal suyo que le hace
diferente. El gran periodista es como Robin Hood, comparte con
los demás y se muestra satisfecho por su labor desinteresada
con la parte “base” de la sociedad.
Naturalmente
me estaba refiriendo a aquellos dos jovenetes idealistas del caso
Watergate, Bob Woodward and Carl Bernstein.
José
Manuel
"Salarruepucá"
josemanuel@intipucacity.com
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