|
Dicen
que cuando la miseria, la ignorancia, y el "desmadre"
se mezclan y conviven juntas en un espacio determinado todo lo
que brota o nace a su alrededor nunca llega a su pleno desarrollo
o madurez. Es como la mala hierva que no da paso al árbol
de buen fruto. Para muchos pensadores estas tres desgracias constituyen
la peor calamidad humana después de la guerra. Parece una
gran obviedad, y ciertamente lo es, pero cuando uno se mete a
la raíz de las causas de estas pequeñas desdichas
del ser humano y por qué ocurren a unos y a otros no, el
asunto se complica: ¿es el individuo, el destino, el entorno,
o una mezcla de cosas: el estado, los padres, la sociedad, la
educación, etc.? El problema, según los expertos,
es de esos que ellos llaman “multi-causal”, palabrita
compuesta utilizada para analizar problemas de alta complejidad.
Aquí no vamos a explicar las causas de las miserias de
la humanidad -eso es cosa por los doctorados- sino algunas de
sus consecuencias reflejadas en las vidas de algunos individuos
que sobresalieron en nuestro pueblo por su gran pena y desgracia.
Empiezo
la historia de esta forma para rendir homenaje a aquellos tristes
personajes que rodaron en "cuatro patas" por los andenes
y por las calles de nuestro pueblo en los 80s, bajo la sombra
de la ruina y la miseria personal. Como de costumbre, mis respetos
para ellos.
Mi
objetivo no es criticar, en modo alguno, la forma de vida de aquellos
personajes, sino de recordar y ofrecer a la "cherada"
un relato de lo triste e inútil que pueden llegar a ser
las vidas de algunos de nuestros semejantes. Me refiero, naturalmente,
a los “bolitos” de Intipucá, aquellos pobres
desgraciados, perdidos en la apenada miseria del “guaro”,
aquellos pobres infelices de los que ya nadie se acuerda, a los
que todo el mundo echaba a la calle por despreciables e insignificantes,
aquellos a los que la gente veía con miradas insultantes,
a los que la fría indeferencia de los demás no los
hacía ni más útiles ni más infelices,
aquella gentecilla que a nadie le importaba. Ellos fueron, sin
duda, un claro ejemplo de esa gran desdicha humana a la que me
referí al principio.
En
este modesto medio, vamos hacer un pequeño repaso a los
miserables de Intipucá. Este es su turno, el turno de los
arruinados, a los que probablemente ya nunca más volveremos
a recordar, a excepción de hoy. El primero de esta serie
de tres es Burrita Panda. A él, le seguirán,
el célebre dios del guaro Charamil y por
último el maestro hojalatero Jesús Noche;
en paz descansen todos ellos.
BURRITA
PANDA:
Quizás
el menos consumido de toda la cuadrilla de bolitos del pueblo,
pero no por eso el más afortunado, Burrita Panda, era un
personaje de oficio, muy profesional en su aspecto a primera vista,
a quien siempre se le veía ir o venir de algún lado
de las afueras del pueblo, a veces desde el camino del Borbollón,
otras desde el “depillo”, otras desde El Amatal, y
otras tantas desde el Rastro. Nadie sabía donde vivía
exactamente, pero era un personaje muy del pueblo. Con su cajita
de madera, su rápido andar, de ahí a lo mejor su
apodo, con la cabeza ligeramente más echada hacia delante
que el resto del cuerpo y medio inclinado hacia "la izquierda”,
no por sus convencimientos políticos, sino para equilibrar
el cuerpo del sobre-peso de la caja de madera que siempre llevaba
en la mano derecha. Siempre se le veía venir en dirección
al parque o en dirección contraria.
Su
cajita de madera era su vida, ahí guardaba todos los secretos
y las herramientas de su oficio de “lustrador” de
zapatos. Su cajita de madera era algo sagrado para él.
Era el lugar donde guardaba su fuente de inspiración personal
que le ayudaba a olvidar sus penas: “la
pachita de guaro”. Su famosa caja de lustre,
no era solamente un objeto meramente técnico y necesario
para realizar su trabajo como profesional, sino un objeto multifunción,
de alto valor añadido: le servía de almacén
logístico, de asiento para los clientes, de almohada, cuando
se quedaba por ahí varado en alguna esquina, de refrigeradora
para poner los alimentos, de bodega del guaro, etc. Le servía
de muchas cosas, pero, sobretodo, le servía de compañera
de viaje. Era su perro fiel, su sombra, el reflejo de su propia
existencia, su “otro yo”. Ver a Burrita Panda sin
su maleta era impensable, era inimaginable. No se le habría
podido reconocer. Su maleta formaba parte de él, era parte
de su imagen, de su destino. Sin su caja de lustre, Burrita habría
pasado totalmente desapercibido, se le habría saludado
como a cualquier otro chero del pueblo, igual que a la Siguanaba,
sin esos tremendos pelos, tranquilamente se habría hablado
con ella como con cualquier otra chera del pueblo, y, perfectamente,
hasta podría haber sido la vecina.
Se
le miraba venir, siempre con el paso "ligero", como
los “cheles” anglosajones cuando apuran el paso en
Wall Street para llegar a tiempo a una reunión importante.
“Ahí va Burrita”, decía alguno, hacia
su lugar de trabajo: la sombra del amate del parque, enfrente
de la casita de madera de la Señora “mama”
Tana. Ahí se ponía y abría su cajita de lustre.
De ella sacaba un artefacto alargado, como de marfil, sobre el
cual frotaba su navaja por arriba y por abajo para afilarla y
poder cortar con más facilidad las “cheretas”
de cuero para reparar alguna suela de zapato para algún
cliente.
Solía
venir a media mañana y se le miraba trabajar con esmerada
dedicación. Su segunda pasión era su profesión,
y lo hacía con verdadera maestría. Filosofaba con
el cliente sobre los problemas de la vida, mientras repasaba el
espeso cepillo sobre los laterales de cuero del zapato. Los motoristas
de las camionetas como el Señor Rogelio o Don Calixto (QDDG),
de las Mabelitas eran los clientes típicos de Burrita Panda,
quien entonces cobraba “una pesetilla” por cada “cheiniadita”,
como solía decir él. Hacía dos o cuatro lustres
por jornada en los días malos, y unos seis u ocho en los
días normales. Los días buenos no existieron para
él, como para el resto de los miserables en el pueblo.
A
mediodía se le miraba muy centrado en el oficio, pero ya
al final de la tarde se le miraba echarse, “pang gang”,
el primer “pijaso”. “Jeaurn, Jeaurrn”
se carraspeaba un poco la garganta y enseguida, “fazzs”,
se arreaba otro, y así hasta quedarse fondeado en el mismo
lugar de trabajo: al lado del tronco del amate. Según como
le respondía el cuerpo y la cantidad de guaro en la pachita,
se quedaba tirado más cerca o más lejos del lugar
donde trabajaba. A veces, se quedaba tirado a mita-camino entre
el parque y ese lugar donde vivía que nadie conocía,
allá se quedaba tirado en un andén por el barrio
la bolsa cerca de la bajadita de la casa de doña Blanca
Ramos, allá en dirección al campo, por donde la
señora Tina Batres, o por donde el billar cerca donde niña
“Llella”. Cualquiera de estos puntos podría
haber sido el término medio entre el lugar donde empezaba
a jalarle a la “pachita” y aquella casita suya que
nadie conocía. Tirado en esas esquinas donde caía
doblado, cuando ya las piernas no le respondían, ahí
lo “güelillan” y lo pisoteaban los perros callejeros,
como a una bolsa de plástico llena de huesos. Así
vivió Burrita: trabajando con su caja de lustre en la mañana
y tirado en una esquina pisoteado por los perros en la tarde.
Dicen
que el cuerpo de Burrita Panda lo encontraron sin vida allá
por el barrio la bolsa unos cuantos días después
de su muerte, por lo que el cadáver parecía estar
en estado de descomposición. Triste final: muerto y pudriéndose
al aire libre, entre otras razones, porque nadie lo había
echado en falta en casa. El único familiar, era esa sordomuda
que no sabía a quién acudir para pedir su exhumación.
Ahí permanecía junto al muerto viéndolo a
la cara, haciendo acto de presencia, velando a su adorado amo,
pidiendo al cielo que lo encontraran. Probablemente, la amada
se había desvanecido junto a su amo al caer éste
al suelo muerto con la lengua tiesa y los ojos pelados en blanco.
Los que lo encontraron dicen que ella seguía ahí
a su lado tan noble y tan fiel como siempre, con algún
que otro rasguño, pero quizás feliz porque finalmente
lo habían encontrado. La sorda, la muda, la caja de lustre,
el perro fiel, fue la única que se apiadó de él
en el momento súbito, la que lo acompañó
hasta al final: hasta la muerte, esa que no perdona ni espera,
la que no miente ni discute, esa que no se ve pero que tanto espanta,
esa que no discrimina y que trata a todos por igual ...la que
llega silenciosamente a su presa y la envuelve en esa gran sotana
negra de la cual ya nunca se sale. La caja de lustre la encontraron
abierta, como despidiéndose de su amo con los brazos abiertos
y tendidos como diciendo “Adiós Amado Mío”.
A
Burrita Panda se le dio sepultura a principios de los 90's con
ayuda del alcalde, quien compró el ataúd con fondos
públicos de la Alcaldía (unos dicen que parecía
de segunda mano), ya que el cadáver no tenía más
dueño o familiar que el propio muerto que cohabitaba en
él. Nadie reclamó su cuerpo porque nadie lo echó
de menos. El entierro fue un acto insólito al que acudieron
solamente los otros 4-5 borrachines del pueblo, quienes habían
acudido voluntariamente, tristes, con lagrimones de fraternidad
bajando por sus mejillas, totalmente entregados y dispuestos a
cargar en hombros a unos de los suyos caído en combate,
y ofrecerle de todo corazón el definitivo “Hasta
Nunca Amigo”. El alcalde ordenó los preparativos
del acto funeral, y finalmente se le concedió la exhumación
debida tal como lo había deseado su amada. Sin embargo,
los célebres cofrades que lo cargaron en hombros afirman
que lo escucharon gritar según lo iban bajando al fondo
del hoyo, que no estaba muerto, sino dormido, que un ataque epiléptico,
de esos tan habitual en él, los había confundido
a todos, menos a ellos que habían convivido con él.
Si
tiene algún comentario, haga clic aquí:
josemanuel@intipucacity.com
|