Gente
Playas
Cultura
Opinión
Enlaces
Eventos
Historia
Artículo
Archivos
El Amate
Negocios
Chatroom
Telefonos
Ubicación
Actualidad
Comentario
Americanos
Marzo 2006
Contacténos
Personalidad
Chismeando
El Salvador Con Su Gente
r
“Los Miserables de Intipucá”
(I Parte )

Por: José Manuel (Salarruepucá) uno de los mejores escritores intipuqueños

Dicen que cuando la miseria, la ignorancia, y el "desmadre" se mezclan y conviven juntas en un espacio determinado todo lo que brota o nace a su alrededor nunca llega a su pleno desarrollo o madurez. Es como la mala hierva que no da paso al árbol de buen fruto. Para muchos pensadores estas tres desgracias constituyen la peor calamidad humana después de la guerra. Parece una gran obviedad, y ciertamente lo es, pero cuando uno se mete a la raíz de las causas de estas pequeñas desdichas del ser humano y por qué ocurren a unos y a otros no, el asunto se complica: ¿es el individuo, el destino, el entorno, o una mezcla de cosas: el estado, los padres, la sociedad, la educación, etc.? El problema, según los expertos, es de esos que ellos llaman “multi-causal”, palabrita compuesta utilizada para analizar problemas de alta complejidad. Aquí no vamos a explicar las causas de las miserias de la humanidad -eso es cosa por los doctorados- sino algunas de sus consecuencias reflejadas en las vidas de algunos individuos que sobresalieron en nuestro pueblo por su gran pena y desgracia.

Empiezo la historia de esta forma para rendir homenaje a aquellos tristes personajes que rodaron en "cuatro patas" por los andenes y por las calles de nuestro pueblo en los 80s, bajo la sombra de la ruina y la miseria personal. Como de costumbre, mis respetos para ellos.

Mi objetivo no es criticar, en modo alguno, la forma de vida de aquellos personajes, sino de recordar y ofrecer a la "cherada" un relato de lo triste e inútil que pueden llegar a ser las vidas de algunos de nuestros semejantes. Me refiero, naturalmente, a los “bolitos” de Intipucá, aquellos pobres desgraciados, perdidos en la apenada miseria del “guaro”, aquellos pobres infelices de los que ya nadie se acuerda, a los que todo el mundo echaba a la calle por despreciables e insignificantes, aquellos a los que la gente veía con miradas insultantes, a los que la fría indeferencia de los demás no los hacía ni más útiles ni más infelices, aquella gentecilla que a nadie le importaba. Ellos fueron, sin duda, un claro ejemplo de esa gran desdicha humana a la que me referí al principio.

En este modesto medio, vamos hacer un pequeño repaso a los miserables de Intipucá. Este es su turno, el turno de los arruinados, a los que probablemente ya nunca más volveremos a recordar, a excepción de hoy. El primero de esta serie de tres es Burrita Panda. A él, le seguirán, el célebre dios del guaro Charamil y por último el maestro hojalatero Jesús Noche; en paz descansen todos ellos.

BURRITA PANDA:

Quizás el menos consumido de toda la cuadrilla de bolitos del pueblo, pero no por eso el más afortunado, Burrita Panda, era un personaje de oficio, muy profesional en su aspecto a primera vista, a quien siempre se le veía ir o venir de algún lado de las afueras del pueblo, a veces desde el camino del Borbollón, otras desde el “depillo”, otras desde El Amatal, y otras tantas desde el Rastro. Nadie sabía donde vivía exactamente, pero era un personaje muy del pueblo. Con su cajita de madera, su rápido andar, de ahí a lo mejor su apodo, con la cabeza ligeramente más echada hacia delante que el resto del cuerpo y medio inclinado hacia "la izquierda”, no por sus convencimientos políticos, sino para equilibrar el cuerpo del sobre-peso de la caja de madera que siempre llevaba en la mano derecha. Siempre se le veía venir en dirección al parque o en dirección contraria.

Su cajita de madera era su vida, ahí guardaba todos los secretos y las herramientas de su oficio de “lustrador” de zapatos. Su cajita de madera era algo sagrado para él. Era el lugar donde guardaba su fuente de inspiración personal que le ayudaba a olvidar sus penas: “la pachita de guaro”. Su famosa caja de lustre, no era solamente un objeto meramente técnico y necesario para realizar su trabajo como profesional, sino un objeto multifunción, de alto valor añadido: le servía de almacén logístico, de asiento para los clientes, de almohada, cuando se quedaba por ahí varado en alguna esquina, de refrigeradora para poner los alimentos, de bodega del guaro, etc. Le servía de muchas cosas, pero, sobretodo, le servía de compañera de viaje. Era su perro fiel, su sombra, el reflejo de su propia existencia, su “otro yo”. Ver a Burrita Panda sin su maleta era impensable, era inimaginable. No se le habría podido reconocer. Su maleta formaba parte de él, era parte de su imagen, de su destino. Sin su caja de lustre, Burrita habría pasado totalmente desapercibido, se le habría saludado como a cualquier otro chero del pueblo, igual que a la Siguanaba, sin esos tremendos pelos, tranquilamente se habría hablado con ella como con cualquier otra chera del pueblo, y, perfectamente, hasta podría haber sido la vecina.

Se le miraba venir, siempre con el paso "ligero", como los “cheles” anglosajones cuando apuran el paso en Wall Street para llegar a tiempo a una reunión importante. “Ahí va Burrita”, decía alguno, hacia su lugar de trabajo: la sombra del amate del parque, enfrente de la casita de madera de la Señora “mama” Tana. Ahí se ponía y abría su cajita de lustre. De ella sacaba un artefacto alargado, como de marfil, sobre el cual frotaba su navaja por arriba y por abajo para afilarla y poder cortar con más facilidad las “cheretas” de cuero para reparar alguna suela de zapato para algún cliente.

Solía venir a media mañana y se le miraba trabajar con esmerada dedicación. Su segunda pasión era su profesión, y lo hacía con verdadera maestría. Filosofaba con el cliente sobre los problemas de la vida, mientras repasaba el espeso cepillo sobre los laterales de cuero del zapato. Los motoristas de las camionetas como el Señor Rogelio o Don Calixto (QDDG), de las Mabelitas eran los clientes típicos de Burrita Panda, quien entonces cobraba “una pesetilla” por cada “cheiniadita”, como solía decir él. Hacía dos o cuatro lustres por jornada en los días malos, y unos seis u ocho en los días normales. Los días buenos no existieron para él, como para el resto de los miserables en el pueblo.

A mediodía se le miraba muy centrado en el oficio, pero ya al final de la tarde se le miraba echarse, “pang gang”, el primer “pijaso”. “Jeaurn, Jeaurrn” se carraspeaba un poco la garganta y enseguida, “fazzs”, se arreaba otro, y así hasta quedarse fondeado en el mismo lugar de trabajo: al lado del tronco del amate. Según como le respondía el cuerpo y la cantidad de guaro en la pachita, se quedaba tirado más cerca o más lejos del lugar donde trabajaba. A veces, se quedaba tirado a mita-camino entre el parque y ese lugar donde vivía que nadie conocía, allá se quedaba tirado en un andén por el barrio la bolsa cerca de la bajadita de la casa de doña Blanca Ramos, allá en dirección al campo, por donde la señora Tina Batres, o por donde el billar cerca donde niña “Llella”. Cualquiera de estos puntos podría haber sido el término medio entre el lugar donde empezaba a jalarle a la “pachita” y aquella casita suya que nadie conocía. Tirado en esas esquinas donde caía doblado, cuando ya las piernas no le respondían, ahí lo “güelillan” y lo pisoteaban los perros callejeros, como a una bolsa de plástico llena de huesos. Así vivió Burrita: trabajando con su caja de lustre en la mañana y tirado en una esquina pisoteado por los perros en la tarde.

Dicen que el cuerpo de Burrita Panda lo encontraron sin vida allá por el barrio la bolsa unos cuantos días después de su muerte, por lo que el cadáver parecía estar en estado de descomposición. Triste final: muerto y pudriéndose al aire libre, entre otras razones, porque nadie lo había echado en falta en casa. El único familiar, era esa sordomuda que no sabía a quién acudir para pedir su exhumación. Ahí permanecía junto al muerto viéndolo a la cara, haciendo acto de presencia, velando a su adorado amo, pidiendo al cielo que lo encontraran. Probablemente, la amada se había desvanecido junto a su amo al caer éste al suelo muerto con la lengua tiesa y los ojos pelados en blanco. Los que lo encontraron dicen que ella seguía ahí a su lado tan noble y tan fiel como siempre, con algún que otro rasguño, pero quizás feliz porque finalmente lo habían encontrado. La sorda, la muda, la caja de lustre, el perro fiel, fue la única que se apiadó de él en el momento súbito, la que lo acompañó hasta al final: hasta la muerte, esa que no perdona ni espera, la que no miente ni discute, esa que no se ve pero que tanto espanta, esa que no discrimina y que trata a todos por igual ...la que llega silenciosamente a su presa y la envuelve en esa gran sotana negra de la cual ya nunca se sale. La caja de lustre la encontraron abierta, como despidiéndose de su amo con los brazos abiertos y tendidos como diciendo “Adiós Amado Mío”.

A Burrita Panda se le dio sepultura a principios de los 90's con ayuda del alcalde, quien compró el ataúd con fondos públicos de la Alcaldía (unos dicen que parecía de segunda mano), ya que el cadáver no tenía más dueño o familiar que el propio muerto que cohabitaba en él. Nadie reclamó su cuerpo porque nadie lo echó de menos. El entierro fue un acto insólito al que acudieron solamente los otros 4-5 borrachines del pueblo, quienes habían acudido voluntariamente, tristes, con lagrimones de fraternidad bajando por sus mejillas, totalmente entregados y dispuestos a cargar en hombros a unos de los suyos caído en combate, y ofrecerle de todo corazón el definitivo “Hasta Nunca Amigo”. El alcalde ordenó los preparativos del acto funeral, y finalmente se le concedió la exhumación debida tal como lo había deseado su amada. Sin embargo, los célebres cofrades que lo cargaron en hombros afirman que lo escucharon gritar según lo iban bajando al fondo del hoyo, que no estaba muerto, sino dormido, que un ataque epiléptico, de esos tan habitual en él, los había confundido a todos, menos a ellos que habían convivido con él.

Si tiene algún comentario, haga clic aquí: josemanuel@intipucacity.com


© Copyright-2003 Carlos A. Velásquez Blanco