Estos
son otros tiempos. Hace cuatro años los candidatos Republicanos
a la presidencia de Estados Unidos se morían por los votantes
latinos. Les hacían promesas, los enamoraban y hasta trataban
de pronunciar una o dos palabritas en español. Pero ahora
ya ni siquiera tratan. Se acabó el amor.
Parece
ser que los candidatos Republicanos quieren llegar a la presidencia
sin el apoyo de los latinos. Pero eso, temo decirles, es imposible.
La nueva regla de la política norteamericana es que nadie
puede llegar a la Casa Blanca sin el voto latino. Punto.
Y
los candidatos Republicanos están haciendo todo lo posible
para perder el voto latino.
Suenan como las voces antiinmigrantes más radicales –Joe
Arpaio, Tom Tancredo, Pat Buchanan y Pete Wilson- y así
han asustado a millones de hispanos.
Ninguno
está a favor de una reforma migratoria que legalizaría
a la mayoría de los 11 millones de indocumentados. Es más:
ni siquiera se atreven a decir exactamente qué harían
con ellos. Algunos, absurdamente, hasta sugieren expulsarlos en
masa. Tampoco favorecen, con notables excepciones, el Dream Act,
que legalizaría a los estudiantes indocumentados que terminen
dos años de universidad o que se metan a las fuerzas armadas.
No
es que la cuestión migratoria sea la más importante
para los votantes hispanos. No lo es. La economía, la educación
y la salud son asuntos más vitales, según varias
encuestas. Pero la
migración sí es un tema simbólico y emocional.
Nos dice, como latinos, quien está con nosotros y quien
está contra nosotros.
La migración, para nosotros los latinos, no es una cuestión
abstracta. Todos conocemos, vivimos e interactuamos diariamente
con indocumentados. Son nuestros amigos, nuestros vecinos y compañeros
de trabajo; son los que limpian nuestras casas y cuidan a nuestros
hijos, los que nos atienden en hoteles y restaurantes; son tíos,
parejas, van a clase con nuestros niños en la escuela.
Los queremos y nos quieren. Así que atacarlos a ellos es
igual que atacarlos a nosotros.
Y
eso es precisamente lo que han estado haciendo los candidatos
Republicanos: atacar a los indocumentados. Eso es sinónimo
de atacar (y no comprender) a la comunidad latina en general.
Qué curioso: lo que le permitirá a un Republicano
ganar la nominación de su partido le costará la
elección general. Es una simple cuestión de números.
Los
latinos somos más del 15 por ciento de la población.
En Estados Unidos hay más gente de apellido García,
Rodriguez, Martínez o López que apellidados Anderson,
Taylor,
Johnson o Harris. Se calcula que al menos 12 millones de votantes
hispanos irán a las urnas el martes 6 de noviembre. (Esto
será un aumento de los 9.7 millones de latinos que votaron
en el 2008 y el 7.6 millones en el 2004.) El presidente Barack
Obama, no queda la menor duda, ganará otra vez el voto
latino.
Obtuvo
el 67 por ciento de los votos hispanos hace 4 años. Históricamente
el partido Demócrata siempre ha tenido más votos
latinos que el Republicano.
Pero los Republicanos no necesitan tantos votos latinos para ganar
la presidencia.
Necesitan solo uno de cada 3 votos. Pero si siguen con su retórica
antiinmigrante ni siquiera conseguirán eso.
Esta
es la simple historia. Todo candidato Republicano que obtenga
33 por ciento del voto hispano o más gana la Casa Blanca.
Ronald Reagan ganó en 1984 con el 37 por ciento del voto
hispano, George Bush padre en 1988 con el 33 por ciento, y George
W. Bush con 34 por ciento en el 2000 y 44 por ciento en el 2004.
John
McCain apenas consiguió el 29 por ciento del voto hispano
en el 2008 y perdió. Y la última encuesta del Pew
Hispanic Center indica que Mitt Romney, quien va adelante en las
encuestas y en delegados, apenas tiene el 23 por ciento. Así
va a perder la Casa Blanca.
Romney se echó encima a los latinos cuando dijo que, si
ganara la presidencia, vetaría el Dream Act. Y rápidamente
fue puesto en la lista de los que atacan a los latinos. Romney,
estrictamente, es mexicoamericano; su padre nació en México
y vino a Estados Unidos a los 5 años de edad. Con esta
interpretación, Romney podría ser el primer presidente
hispano. Pero lo sorprendente es que Romney no ha demostrado ningún
interés por utilizar a su favor sus raíces mexicanas
ni por ganar el voto hispano.
Una
aclaración. Los latinos también están muy
molestos con el presidente Barack Obama. Primero, porque no cumplió
su promesa de presentar una propuesta migratoria durante su primer
año de gobierno. Y segundo, porque ha deportado a más
indocumentados que cualquier otro presidente en la historia; más
de un millón.
Sin
embargo, Obama ha hecho su esfuerzo por ganar el voto hispano.
Está abiertamente a favor de una reforma migratoria y del
Dream Act, y recientemente hizo un cambio en la ley que hará
más fácil y rápido que ciudadanos norteamericanos
soliciten a hijos o padres indocumentados sin que esperen fuera
del país tres años o más.
Los Republicanos se la pusieron fácil a los Demócratas.
El votante hispano tiene que escoger entre el que dice que los
apoya, aunque no haya cumplido (Barack Obama) frente al que los
ataca (cualquiera de los candidatos Republicanos). Y están
prefiriendo al presidente, de acuerdo con todos los sondeos.
Los
Republicanos están desperdiciando una oportunidad histórica
para ganar el voto hispano. Bastaba suavizar un poco su postura
migratoria –como ofrecer residencia sin ciudadanía-
y enfatizar que comparten con los latinos ciertos valores, como
su rechazo al aborto, la importancia de la familia tradicional
y su sospecha de los gobierno grandes.
Pero
no lo están haciendo. A los Republicanos se les acabó
el amor por los latinos. Y si no se vuelven a enamorar pronto
perderán la próxima elección presidencial
y la que sigue, y la que sigue…
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