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Lo mismo habría podido decirse de una mujer candidata,
pero, en este caso, la confirmación de la derrota de Hillary
Clinton puede interpretarse como el punto final de la era política
definida por un apellido que ya estuvo en el poder durante los
dos mandatos de su esposo, también responsable de una larga
candidatura que ha venido siendo preparada meticulosamente desde
que el matrimonio dejó la Casa Blanca. Uno de los mayores
lastres de la senadora Clinton ha sido, precisamente, el hecho
de formar parte del stablishment político del país,
con el que gran parte del electorado se siente en desacuerdo.
Y, si se quiere, esta despedida política de los Clinton
también tiene que ver con el final de otra era dinástica,
la de los Bush, con la que se ha intercalado desde el campo republicano
en los últimos años.
Los norteamericanos entran ahora en un periodo político
completamente nuevo. No cabe duda de que el mensaje sobre el cambio
es el que más rentable le ha resultado a la postre a Obama,
y muy probablemente este lema seguirá siendo el eje de
su oferta a los electores. Sin embargo, el candidato demócrata
debería afinar mejor su proyecto político, que hasta
ahora no ha pasado de ser una vistosa colección de buenas
intenciones, pero de poco calado para la misión a la que
aspira. Hay elementos en su programa que quizás hayan resultado
útiles para ganar votos durante el largo periodo de las
elecciones primarias, pero que no serían compatibles con
la responsabilidad de dirigir a la principal potencia mundial
además de su inexperiencia.
Hillary Clinton había hecho de la resistencia numantina
una prueba de su determinación personal, pero la larga
agonía de estas primarias puede que haya agotado al Partido
Demócrata, necesitado de recomponer sus filas durante los
meses que restan para el arranque de la campaña presidencial.
Dada la ferocidad con la que ambos se han atacado en los últimos
meses, no parece realista que los dos presenten una candidatura
conjunta -Obama a la presidencia de Hillary a la vicepresidencia-
porque no han dado muestras de ser políticos compatibles.
Sin embargo, no es descartable que Obama le ofrezca el puesto,
aunque sólo fuera para que una renuncia caballerosa de
la ex primera dama dejara un poso de tranquilidad de cara a la
convención del mes de Agosto y al vencedor, las manos libres
para elegir un compañero de ticket más eficaz para
competir con el aspirante republicano, John McCain.
Para este último, el desenlace de las primarias demócratas
le permite, por fin, saber quién va a ser su adversario
y contra quién tendrá que competir en la decisiva
elección de Noviembre. Un político conocido, héroe
de guerra, casi un anciano, que representa al modelo ideal de
la América del siglo pasado, frente a un candidato negro
jóven, cuya heroicidad ha sido sobreponerse precisamente
a ese estereotipo tradicional, pero que señala un rumbo
incierto y para algunos demasiado nuevo. A McCain no le favorece
ser vinculado a la herencia de George W. Bush, pero tampoco quiere
llevar al país hacia una ruptura total con el pasado. El
candidato Obama -a pesar de sus reiteradas referencias a la figura
de John F. Kennedy-, ni siquiera tiene un pasado en el que los
electores puedan inspirarse.
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