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Retazos del capítulo #7 & 8
(Puñaladas
al Corazón)
Capitulo
7
Luego
vinieron los problemas por la escuela. Mi madre luchaba porque
fuéramos a estudiar, pero mi padre se oponía rotundamente.
Ella se las arreglaba de alguna manera para que pudiéramos
asistir, por lo menos al que él no se lo llevara al trabajo.
Así fue como yo pude terminar el tercer grado de primaria.
Fueron tres años de mucho sacrificio, en los cuales casi
no aprendí nada, puesto que en todo el año iba un
máximo de dos meses, el resto las maestras se las arreglaban
para enviarme las tareas a casa con mis hermanas mayores. Las
maestras hacían todo lo que estaba a su alcance para que
yo aprendiera.
A veces me mandaban las clases que perdía y las del día
siguiente por si acaso, y yo después del trabajo cansado
hacía lo que podía, enviándoles las tareas
con mis hermanos que sí podían asistir a clase.
Las maestras me tenían mucho cariño, por mi comportamiento
decían ellas, de humildad, por ser así, me fui ganando
el aprecio y el apoyo de ellas, al ver mi interés por aprender
a pesar de mi corta edad y de las responsabilidades que tenía.
El día que podía ir a la escuela lo aprovechaba
al máximo. No salía al recreo, me quedaba estudiando
y al mismo tiempo, les pedía a las maestras que me adelantaran
en la clase del día siguiente, pus no sabía si iba
asistir o mi padre me pillaba por la mañana y me llevaba
al trabajo. Otras veces tenía la oportunidad de trabajar
hasta el medio día, saliendo de los sembríos a toda
prisa, para cambiarme y asistir a clase. Así, pasaron los
tres años de duro sacrificio para mí.
Capitulo
8
Cuando
llegaba el mes en que cumplía años era una verdadera
derrota para mí, porque las responsabilidades que mi padre
me daba, eran cada vez más. Me entristecía mucho
el saber que no podía realizar mis sueños que más
amaba, todo lo tenía claro, que sin estudios me sería
imposible llegar donde yo quería; mi más grande
sueño era ser actor y bailarín profesional.
Cuando veía mis deseos a lo lejos, me entristecía
mucho el no poder hacer lo que amaba con toda el alma.
Con
todo eso. No quiero echarle la culpa a nadie, por ejemplo a mi
padre, ya que en ese momento la economía del país,
estaba pasando uno de los peores momentos a causa de la guerra,
y para mi peor suerte, Lucas estaba muy enfermo y no se veía
su mejoría. En su enfermedad cada día había
menos esperanzas de alivio.
Mí madre, con él en los hospitales, en medio del
peligro mortal de los intensos bombardeos que no respetaban, sexo,
color, mucho menos edad, sólo importaba el odio y la destrucción,
todo esto era lo único que reinaba en territorio salvadoreño.
Mis hermanos mayores y yo, nos íbamos a sacar conchas de
curiles, las cuales vendíamos por un poco de dinero, para
darle a mi madre cuando regresara del hospital, al menos para
el pasaje del autobús. En ese tiempo éramos cuatro
los que luchábamos junto a mi padre. El trabajaba en la
carpintería, haciendo sillas, camas, etc. Era un trabajo
muy humilde no pagaban muy bien y por el tiempo que pasábamos
no habían muchos pedidos.
Recuerdo
a papá cuando se iba a la orilla de la playa a ver el mar.
Todos nosotros nos quedábamos hechos un montón,
muchas veces llorando porque extrañábamos muchísimo
a mamá, no tanto por lo que pasaba; sino, por no poder
verla. En ese momento mi padre no nos obligaba a trabajar; es
más, al ver la necesidad de mamá, nosotros nos escapábamos
sin que él se diera cuenta. Aunque éramos muy pequeños
podíamos ver su preocupación. Y cuando mamá
venía, le teníamos el dinero como regalo.
En
todos mis recuerdos, son los momentos que hemos estados más
unidos como familia. Una cosa quiero que quede clara, nosotros
nunca tuvimos una confianza con papá, mucho menos comunicación,
siempre nos manteníamos lo más separados posible.
Pero en ese momento estábamos unidos en el alma, en un
solo corazón, unidos en el dolor, al menos yo así
lo sentía y sé que mis hermanos también.
Recordaba
Ignacio tomando en sus manos una fotografía de su hermanito
menor, quince años después.
Así
pasaron las años, sin que nosotros pudiéramos ver
a Lucas, y cuando a veces le daban de alta, venía con tremendas
operaciones en su pecho, o en su estomago.
Hasta la fecha llevo sus quejidos grabados en mi memoria, los
quejidos del dolor de cuando mamá le curaba sus heridas.
Recordaba
parado frente a un espejo, sin poder evitar, los hilos de agua
correr por sus mejillas y se le escucho decir:
Era
pequeño en ese momento, pero todo me dolía en lo
más profundo del alma.
En esos instantes de desesperación sin poder entender lo
que pasaba, me iba a sentar debajo de un árbol de Icaco,
abrazado a mi perro más querido que nunca me fallaba, al
que yo había nombrado Muñeco, por ser chiquito largo
y piernas cortas, del que también conservo por lo menos
una fotografía.
A pesar de todo; nunca le pregunté a Dios del porqué
pasaba todo eso. Sentado allí, con el perro a mi costado
le platicaba. No sabes cuanto me duele ver como se le esta yendo
la vida a Lucas, y mamá sufrir a la par suyo y yo no poder
hacer nada. Sólo llorar en silencio contigo, grabando estos
momentos que siempre me volverán a ser niño.
A
veces Lucas, aunque estuviera enfermo recién llegado del
hospital, se peleaba con mi padre, le decía a gritos llorando
sufriendo en su interior.
—Por tu culpa estoy así, por tantos golpes que me
has dado. ¿Por que no me quitas la vida de una vez?
Mientras yo estaba parado arrinconado en una esquina de la casa
donde mi padre no me pudiera ver, escuchaba todo eso tan traumático
a mi edad, me temblaban las piernas, entre lágrimas con
los ojos abiertos. Sólo esperaba que papá, en uno
de tantos ataques de ira le hiciera daño sin darse cuenta.
Era terrible vivir en tensión todo el tiempo que Lucas
estaba en casa.
Nos tranquilizaba más cuando él estaba en el hospital,
para nosotros era lo mejor. No veíamos golpes, lágrimas,
palabras fuertes, aunque nos hicieran falta pero era lo mejor
que estuvieran separados.
Recuerdo una de esas veces que el volvía del hospital de
convalecencia. No recuerdo exactamente que fue lo que paso, sólo
tengo los gritos de mi padre y veo a Lucas ser azotado con un
lazo, alcanzándole con uno de ellos la herida, la cual
se le puso morada e hinchada por los golpes, por lo cual mamá
se lo llevo nuevamente al hospital. En el lapso de dos años,
le hicieron cuatro operaciones y de estas la última dio
resultados, fue la más grande, la mitad del cuerpo, desde
la espalda hasta el pecho. Era fuerte verle sufrir.
Cuando estaba en la casa de recuperación, tuvo, una discusión
muy fuerte con mi padre, la cual tuvo consecuencias muy graves.
A Lucas se le chocaron los nervios y perdió el conocimiento,
se quedó muerto por un rato. Cuando mis hermanos y yo comenzamos
a luchar por hacerlo volver a la vida, sentí un odio a
mi padre muy grande y dijo entre dientes mordiéndome los
labios diciéndome a mí mismo. Si Lucas muere, te
voy a odiar por el resto de mi vida con todas mis fuerzas. Se
lo dije en una mirada.
Reconozco que no debí sentir eso, ahora que lo pienso mejor,
pero era pequeño y el dolor que ya tenía era incontrolable,
por lo cual hasta la fecha siempre le he pedido perdón
a Dios y a mi padre en el alma, y todo el que tenga la oportunidad
de leer este libro, recuerden que era un niño y todo eso
era demasiado para mí.
Gracias
a Dios, Lucas volvió a la vida. De no ser así, no
sé qué hubiera pasado, en ese momento a pesar de
todo, era capaz de todo. Después de eso mi madre decidió
mandarlo a estudiar, aprovechando su convalecencia de dos años
sin que pudiera hacer nada y así, evitar más complicaciones.
Se fue a casa de una tía por parte de papá, en donde
se recuperó de una forma sorprendente, casi milagrosa.
Así pudo estudiar unos cuantos años más y
venía para la casa lo menos posible. Por lo menos una o
dos veces al mes por dos años. Sólo llegaba por
unos cuantos minutos y se volvía a la casa de tía
Betty.
Después de eso las cosas comenzaron a cambiar con mi padre,
quien finalmente decidió apoyarlo para que estudie y saque
una carrera profesional, a lo que Lucas no estuvo muy interesado.
En ese momento tenía novia y decidió unirse a ella
ya con la salud más o menos bien y comenzó a luchar
por él, y con la que era ya su mujer, construyendo una
pequeña casa de madera de mangle y palma de coco, y así,
con dos platos y tazas comenzó su vida, al poco tiempo
nació su primera hija la cual lo llenó de muchas
ilusiones.
Antes que operaran a Lucas por última vez, tuvieron una
discusión muy fuerte con papá, trayendo como consecuencia,
que lo corriera de la casa diciéndole sus palabras favoritas,
las que con el tiempo todos sus hijos hemos escuchado más
de una vez :
“Vete, no quiero volver a verte, para mí estas muerto.”
Palabras que cada uno de sus hijos hemos tenido la suerte de escuchar
de sus labios; con las que de alguna manera los ha destruido el
alma. Ese fue otro de los momentos más difíciles
que vivió la “familia”, si se le puede llamar
así. Fue muy difícil para todos ver a Lucas coger
las dos camisas que tenía, en una bolsa de rayas blancas,
verdes y rojas a lo largo de ella y nos miró a todos con
lagrimas en los ojos y cogió camino, enfermo, pálido,
muy flaco sin saber donde ir. En ese momento mire a mi madre quebrarse
de dolor por primera vez, siempre se aseguraba de no dejarse ver
por nosotros, para poder dejar caer sus lágrimas.
Mi madre salió a la puerta y dijo:
— ¡Que Dios te bendiga hijo! … Pasaron tres
largos días sin que supiéramos nada de él.
Luego apareció completamente destruido por la enfermedad,
fue entonces que mamá sin preguntarle nada se lo llevó
nuevamente al hospital, en donde le hicieron la última
operación, la que casi le cuesta la vida. Era una operación
muy peligrosa de las que en ese entonces no se practicaba muy
a menudo en El Salvador, por falta de tecnología en el
país. No había más que hacer, nada más
que arriesgar, no había tiempo, su vida corría peligro
con cada segundo que pasaba, no podían esperar y buscar
otras opciones. Fue así como lo sometieron a aquellas largas
doce horas de operación. En ese momento se había
terminado ya con todo de donde se podía sacar dinero, ya
no quedaba nada más, sólo la voluntad de Dios. Le
preguntaron a mi madre si podía pagar por lo menos una
parte de los gastos, pero ya las manos estaban vacías.
Fue entonces que solicitaron ayuda de la Cruz Roja salvadoreña,
y el gobierno pagó la otra parte. La cosa es que se pagó,
¿cómo?, no lo sabemos, pero la realidad es que la
cuenta quedó saldada. El gobierno donó la sangre
que era lo más importante y lo más caro, por eso
en este libro ofrezco mis más sinceros agradecimientos
a todos los que nos dieron la mano en ese momento tan difícil.
Ahora
con los años que han pasado, Lucas es más o menos
feliz, tiene su hogar, sus hijos, ha logrado casi todos sus sueños,
aunque nunca se recupero completamente, pero si nos hace sentir
muy bien a todos los que le queremos.
Dios nos ha recompensado todo nuestro sufrimiento de alguna manera;
lo digo por todos los que le queremos ya que en todo esto hemos
estado unidos por un mismo corazón.
Todos
crecieron y cada uno ha hecho su propia vida, empezando por Carolina
que fue la primera en volar de casa con su joven novio, dejándonos
a todos en un momento muy crítico, con Lucas en plena recuperación
en casa de la tía; estábamos en plena pobreza, sólo
con la comida del día siguiente, pero ya con Lucas fuera
del hospital, eso ya era una gran ganancia.
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Retazos del capítulo #6 del Libro "Puñaladas
al Corazón"
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