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Marzo 2006
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Puñaladas al Corazón

J. fredis Romero, nació en Usulutan, El Salvador, en el año 1981. Realizó parte de sus estudios en el la escuela Arcos Del Espino. Fue ahí donde dió sus primeros pasos en el arte.

Retazos del capítulo #7 & 8 (Puñaladas al Corazón)

Capitulo 7

Luego vinieron los problemas por la escuela. Mi madre luchaba porque fuéramos a estudiar, pero mi padre se oponía rotundamente. Ella se las arreglaba de alguna manera para que pudiéramos asistir, por lo menos al que él no se lo llevara al trabajo. Así fue como yo pude terminar el tercer grado de primaria. Fueron tres años de mucho sacrificio, en los cuales casi no aprendí nada, puesto que en todo el año iba un máximo de dos meses, el resto las maestras se las arreglaban para enviarme las tareas a casa con mis hermanas mayores. Las maestras hacían todo lo que estaba a su alcance para que yo aprendiera.
A veces me mandaban las clases que perdía y las del día siguiente por si acaso, y yo después del trabajo cansado hacía lo que podía, enviándoles las tareas con mis hermanos que sí podían asistir a clase.
Las maestras me tenían mucho cariño, por mi comportamiento decían ellas, de humildad, por ser así, me fui ganando el aprecio y el apoyo de ellas, al ver mi interés por aprender a pesar de mi corta edad y de las responsabilidades que tenía. El día que podía ir a la escuela lo aprovechaba al máximo. No salía al recreo, me quedaba estudiando y al mismo tiempo, les pedía a las maestras que me adelantaran en la clase del día siguiente, pus no sabía si iba asistir o mi padre me pillaba por la mañana y me llevaba al trabajo. Otras veces tenía la oportunidad de trabajar hasta el medio día, saliendo de los sembríos a toda prisa, para cambiarme y asistir a clase. Así, pasaron los tres años de duro sacrificio para mí.

Capitulo 8

Cuando llegaba el mes en que cumplía años era una verdadera derrota para mí, porque las responsabilidades que mi padre me daba, eran cada vez más. Me entristecía mucho el saber que no podía realizar mis sueños que más amaba, todo lo tenía claro, que sin estudios me sería imposible llegar donde yo quería; mi más grande sueño era ser actor y bailarín profesional.
Cuando veía mis deseos a lo lejos, me entristecía mucho el no poder hacer lo que amaba con toda el alma.

Con todo eso. No quiero echarle la culpa a nadie, por ejemplo a mi padre, ya que en ese momento la economía del país, estaba pasando uno de los peores momentos a causa de la guerra, y para mi peor suerte, Lucas estaba muy enfermo y no se veía su mejoría. En su enfermedad cada día había menos esperanzas de alivio.
Mí madre, con él en los hospitales, en medio del peligro mortal de los intensos bombardeos que no respetaban, sexo, color, mucho menos edad, sólo importaba el odio y la destrucción, todo esto era lo único que reinaba en territorio salvadoreño.
Mis hermanos mayores y yo, nos íbamos a sacar conchas de curiles, las cuales vendíamos por un poco de dinero, para darle a mi madre cuando regresara del hospital, al menos para el pasaje del autobús. En ese tiempo éramos cuatro los que luchábamos junto a mi padre. El trabajaba en la carpintería, haciendo sillas, camas, etc. Era un trabajo muy humilde no pagaban muy bien y por el tiempo que pasábamos no habían muchos pedidos.

Recuerdo a papá cuando se iba a la orilla de la playa a ver el mar. Todos nosotros nos quedábamos hechos un montón, muchas veces llorando porque extrañábamos muchísimo a mamá, no tanto por lo que pasaba; sino, por no poder verla. En ese momento mi padre no nos obligaba a trabajar; es más, al ver la necesidad de mamá, nosotros nos escapábamos sin que él se diera cuenta. Aunque éramos muy pequeños podíamos ver su preocupación. Y cuando mamá venía, le teníamos el dinero como regalo.

En todos mis recuerdos, son los momentos que hemos estados más unidos como familia. Una cosa quiero que quede clara, nosotros nunca tuvimos una confianza con papá, mucho menos comunicación, siempre nos manteníamos lo más separados posible. Pero en ese momento estábamos unidos en el alma, en un solo corazón, unidos en el dolor, al menos yo así lo sentía y sé que mis hermanos también.

Recordaba Ignacio tomando en sus manos una fotografía de su hermanito menor, quince años después.

Así pasaron las años, sin que nosotros pudiéramos ver a Lucas, y cuando a veces le daban de alta, venía con tremendas operaciones en su pecho, o en su estomago.
Hasta la fecha llevo sus quejidos grabados en mi memoria, los quejidos del dolor de cuando mamá le curaba sus heridas.

Recordaba parado frente a un espejo, sin poder evitar, los hilos de agua correr por sus mejillas y se le escucho decir:

Era pequeño en ese momento, pero todo me dolía en lo más profundo del alma.
En esos instantes de desesperación sin poder entender lo que pasaba, me iba a sentar debajo de un árbol de Icaco, abrazado a mi perro más querido que nunca me fallaba, al que yo había nombrado Muñeco, por ser chiquito largo y piernas cortas, del que también conservo por lo menos una fotografía.
A pesar de todo; nunca le pregunté a Dios del porqué pasaba todo eso. Sentado allí, con el perro a mi costado le platicaba. No sabes cuanto me duele ver como se le esta yendo la vida a Lucas, y mamá sufrir a la par suyo y yo no poder hacer nada. Sólo llorar en silencio contigo, grabando estos momentos que siempre me volverán a ser niño.

A veces Lucas, aunque estuviera enfermo recién llegado del hospital, se peleaba con mi padre, le decía a gritos llorando sufriendo en su interior.
—Por tu culpa estoy así, por tantos golpes que me has dado. ¿Por que no me quitas la vida de una vez?
Mientras yo estaba parado arrinconado en una esquina de la casa donde mi padre no me pudiera ver, escuchaba todo eso tan traumático a mi edad, me temblaban las piernas, entre lágrimas con los ojos abiertos. Sólo esperaba que papá, en uno de tantos ataques de ira le hiciera daño sin darse cuenta. Era terrible vivir en tensión todo el tiempo que Lucas estaba en casa.
Nos tranquilizaba más cuando él estaba en el hospital, para nosotros era lo mejor. No veíamos golpes, lágrimas, palabras fuertes, aunque nos hicieran falta pero era lo mejor que estuvieran separados.
Recuerdo una de esas veces que el volvía del hospital de convalecencia. No recuerdo exactamente que fue lo que paso, sólo tengo los gritos de mi padre y veo a Lucas ser azotado con un lazo, alcanzándole con uno de ellos la herida, la cual se le puso morada e hinchada por los golpes, por lo cual mamá se lo llevo nuevamente al hospital. En el lapso de dos años, le hicieron cuatro operaciones y de estas la última dio resultados, fue la más grande, la mitad del cuerpo, desde la espalda hasta el pecho. Era fuerte verle sufrir.
Cuando estaba en la casa de recuperación, tuvo, una discusión muy fuerte con mi padre, la cual tuvo consecuencias muy graves. A Lucas se le chocaron los nervios y perdió el conocimiento, se quedó muerto por un rato. Cuando mis hermanos y yo comenzamos a luchar por hacerlo volver a la vida, sentí un odio a mi padre muy grande y dijo entre dientes mordiéndome los labios diciéndome a mí mismo. Si Lucas muere, te voy a odiar por el resto de mi vida con todas mis fuerzas. Se lo dije en una mirada.
Reconozco que no debí sentir eso, ahora que lo pienso mejor, pero era pequeño y el dolor que ya tenía era incontrolable, por lo cual hasta la fecha siempre le he pedido perdón a Dios y a mi padre en el alma, y todo el que tenga la oportunidad de leer este libro, recuerden que era un niño y todo eso era demasiado para mí.

Gracias a Dios, Lucas volvió a la vida. De no ser así, no sé qué hubiera pasado, en ese momento a pesar de todo, era capaz de todo. Después de eso mi madre decidió mandarlo a estudiar, aprovechando su convalecencia de dos años sin que pudiera hacer nada y así, evitar más complicaciones. Se fue a casa de una tía por parte de papá, en donde se recuperó de una forma sorprendente, casi milagrosa. Así pudo estudiar unos cuantos años más y venía para la casa lo menos posible. Por lo menos una o dos veces al mes por dos años. Sólo llegaba por unos cuantos minutos y se volvía a la casa de tía Betty.
Después de eso las cosas comenzaron a cambiar con mi padre, quien finalmente decidió apoyarlo para que estudie y saque una carrera profesional, a lo que Lucas no estuvo muy interesado. En ese momento tenía novia y decidió unirse a ella ya con la salud más o menos bien y comenzó a luchar por él, y con la que era ya su mujer, construyendo una pequeña casa de madera de mangle y palma de coco, y así, con dos platos y tazas comenzó su vida, al poco tiempo nació su primera hija la cual lo llenó de muchas ilusiones.
Antes que operaran a Lucas por última vez, tuvieron una discusión muy fuerte con papá, trayendo como consecuencia, que lo corriera de la casa diciéndole sus palabras favoritas, las que con el tiempo todos sus hijos hemos escuchado más de una vez :
“Vete, no quiero volver a verte, para mí estas muerto.”
Palabras que cada uno de sus hijos hemos tenido la suerte de escuchar de sus labios; con las que de alguna manera los ha destruido el alma. Ese fue otro de los momentos más difíciles que vivió la “familia”, si se le puede llamar así. Fue muy difícil para todos ver a Lucas coger las dos camisas que tenía, en una bolsa de rayas blancas, verdes y rojas a lo largo de ella y nos miró a todos con lagrimas en los ojos y cogió camino, enfermo, pálido, muy flaco sin saber donde ir. En ese momento mire a mi madre quebrarse de dolor por primera vez, siempre se aseguraba de no dejarse ver por nosotros, para poder dejar caer sus lágrimas.
Mi madre salió a la puerta y dijo:
— ¡Que Dios te bendiga hijo! … Pasaron tres largos días sin que supiéramos nada de él. Luego apareció completamente destruido por la enfermedad, fue entonces que mamá sin preguntarle nada se lo llevó nuevamente al hospital, en donde le hicieron la última operación, la que casi le cuesta la vida. Era una operación muy peligrosa de las que en ese entonces no se practicaba muy a menudo en El Salvador, por falta de tecnología en el país. No había más que hacer, nada más que arriesgar, no había tiempo, su vida corría peligro con cada segundo que pasaba, no podían esperar y buscar otras opciones. Fue así como lo sometieron a aquellas largas doce horas de operación. En ese momento se había terminado ya con todo de donde se podía sacar dinero, ya no quedaba nada más, sólo la voluntad de Dios. Le preguntaron a mi madre si podía pagar por lo menos una parte de los gastos, pero ya las manos estaban vacías. Fue entonces que solicitaron ayuda de la Cruz Roja salvadoreña, y el gobierno pagó la otra parte. La cosa es que se pagó, ¿cómo?, no lo sabemos, pero la realidad es que la cuenta quedó saldada. El gobierno donó la sangre que era lo más importante y lo más caro, por eso en este libro ofrezco mis más sinceros agradecimientos a todos los que nos dieron la mano en ese momento tan difícil.

Ahora con los años que han pasado, Lucas es más o menos feliz, tiene su hogar, sus hijos, ha logrado casi todos sus sueños, aunque nunca se recupero completamente, pero si nos hace sentir muy bien a todos los que le queremos.
Dios nos ha recompensado todo nuestro sufrimiento de alguna manera; lo digo por todos los que le queremos ya que en todo esto hemos estado unidos por un mismo corazón.

Todos crecieron y cada uno ha hecho su propia vida, empezando por Carolina que fue la primera en volar de casa con su joven novio, dejándonos a todos en un momento muy crítico, con Lucas en plena recuperación en casa de la tía; estábamos en plena pobreza, sólo con la comida del día siguiente, pero ya con Lucas fuera del hospital, eso ya era una gran ganancia.

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