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Retazos del capítulo #6 (Puñaladas
al Corazón)
En
1989, Lucas comenzó a enfermarse sin dejar de recibir los
maltratos de mi padre. Una vez hubo un problema muy grande, no
recuerdo exactamente lo que ocurrió.
Dijo
Ignacio quedándose en silencio, tratando de recordar algo
sin poder lograrlo, diciendo luego:
Sólo
recuerdo que mi padre le pegó en la cabeza a Carolina con
un hierro, haciéndola sangrar. En ese momento mi madre
nos agarró a todos y fuimos corriendo hacia la cocina,
siguiéndonos él detrás, con machete amenazador
en mano, dejándonos encerrados sin poder salir, arrimados
a un granero de maíz, cuando él tiró el filazo,
pegó en el granero haciéndole un hueco. En ese momento
todos los niños gritamos, éramos pequeños,
no podíamos defendernos. Fue tan grande el impacto que
no recuerdo exactamente lo que pasó después.
Se
le escuchó decir con lágrimas en los ojos. Convirtiendo
su rostro, en rabia hacia su padre.
Le
cogimos a mi padre un miedo irreparable. Así, fuimos creciendo
sin poderle ver el rostro.
Seguía
Ignacio temblándole los labios, mientras las lágrimas
corriendo por su rostro.
No
sé como expresar el miedo que le tenía a papá,
cuando él estaba en casa. El entraba por una puerta y todos
salíamos afuera por la otra. Cuando él llamaba a
uno de nosotros era terrible, no sabíamos qué podía
pasar. A mí me temblaban las piernas, las manos me sudaban,
era terrible. A mi edad, con tan sólo siete años,
sentía rabia hacia él, más grande que mi
cuerpo. Cuando lo veía golpear a mi hermano, sentía
un dolor con tanta impotencia de no poder hacer nada. Así;
entre temores e impotencias fui creciendo siguiendo los consejos
de mi madre, que me decía mirándome a los ojos y
luego abrazándome contra su pecho:
—Hijo, por favor cuando tu padre te diga algo, nunca le
respondas mal, haz lo que te pida y hazlo pronto.
Cosa que con los años para mí se hacía más
imposible. Pero de sólo recordar cuando mi madre miraba
que golpeaban a su hijo sin que ella pudiera hacer nada, sólo
apretar sus puños. Me contenía de gritarle a papá
del daño que nos hacía. Había momentos incontrolables
cuando me llenaba de rencor, recordaba el rostro de mi madre,
gastado de tanto llorar, de tanto sufrir. En todo esto no quiero
dejar a mi padre como el malo de esta historia, pero no quiero
dejar de decir la verdad.
Decía
Ignacio con los ojos empapados en lágrimas, sentado en
su pequeño escritorio, en el silencio de su recámara,
con una taza de café a su lado. Miró al costado
de su cama, a un viejo reloj despertador, eran ya las cuatro y
diez de la
madrugada, se quedó sin pensar nada, con la mente en blanco
y la mirada fija en el espejo colgado en la pared en el cual se
podía ver una pequeña foto en blanco y negro de
su padre, de pronto sintió un hilo de agua que bajaba a
toda
prisa hasta caer sobre su pierna izquierda. Instintivamente se
levantó y la tomó entre sus manos recostándose
en la cama; dijo a la fotografía:
No
te guardo rencor, te he perdonado ya, y con los años he
comprendido que el mejor regalo que me diste, fue el darme la
vida y eso siempre te lo voy agradecer.
Y
la colocó de nuevo al mismo lugar y se quedó dormido.
Siempre conservaba esa fotografía para recordarse así
mismo, que por muy grande que sea el daño que de alguien
recibamos, lo tenemos que perdonar.
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al Corazón"
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