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Puñaladas al Corazón

J. fredis Romero, nació en Usulutan, El Salvador, en el año 1981. Realizó parte de sus estudios en el la escuela Arcos Del Espino. Fue ahí donde dió sus primeros pasos en el arte.

Retazos del capítulo #16 (Puñaladas al Corazón)

Hemos entrado a los próximos cuatro años de los trece a los diecisiete, los cuales fueron mucho más complicados que los anteriores, pues las responsabilidades crecieron. Pero antes de seguir, hablaré un poco mas, de los años de estudios que no fueron muchos.

Comencé la escuela a los ocho años y en ese entonces la familia pasaba por momentos críticos económicamente hablando, por lo tanto, tuve que trabajar junto a mi padres y mis hermanos. Con todo eso las cosas para mí eran mucho más difíciles, pues era yo el único varón con el que mis padres contaban a pesar de mi edad, él decía que le servía de mucho y eso significaba truncar mis estudios. Muchas veces trabajaba medio tiempo y regresaba corriendo a la casa me cambiaba y me iba por la tarde a la escuela.

Así, logré terminar cuatro años con los que mis maestras me dieron completamente su ayuda. Mandándome todas las clases a mí casa. Por lo cual yo hacía hasta lo imposible por realizarlas. Era pequeño y estaba cansado lo menos que tenía era voluntad para estudiar, mas sin embargo lo hacía. Cuando tenía la oportunidad de asistir a clases no prestaba atención por el cansancio de los días anteriores, aunque trataba de dar lo mejor de mí para aprender. Por el cansancio no me podía concentrar y lo que había aprendido ese día ya no lo recordaba al día siguiente, además, no podía asistir a clases por todo el resto de la semana hasta la semana siguiente. Las maestras conocían perfectamente mi situación. Me consideraban adelantándome las clases.
A pesar de todo, siempre tuve la esperanza que eso un día terminaría, día que nunca llegó, al menos en mi país porque cada día se volvía más difícil y confuso para mí. Había perdido completamente la voluntad, no tenía libertad y mucho menos amigos. En las horas de recreo prefería quedarme en el silencio del salón de clase antes de salir afuera y cuando a veces me animaba a salir, sólo lograba llegar donde mis compañeros estaban jugando. Estando allí, me desanimaba al verlos correr con tanta libertad sin que nada les truncara sus vidas. No lo podía evitar sentirme diferente a ellos. Era cuando decidía volver al salón de clases y quedarme solo allí. Allí recordaba el rostro de los niños y las conversaciones que desarrollaba con las cuales yo no podía. Me sentía limitado a tal punto de no poder hacer nada. Estaba completamente solo en un mundo de dudas y preguntas sin respuestas, las cuales tendría que averiguar por mi propia cuenta. No contaba con el apoyo de mi padre, él se había convertido en un completo desconocido, a el cual yo le tenía mucho miedo.
No sentía un respeto hacia él, era un tremendo pavor.

La verdad les digo, deseaba tener una bonita relación con papá, que se convirtiera en mi mejor amigo. Pues yo estaba dispuesto a darle la oportunidad a pesar de todo lo que había pasado, (el maltrato físico y psicológico para con la familia). Pero era todo lo contrario, se había convertido en un ser inalcanzable. El no me dejaba correr por la casa como lo haría cualquier niño de mi edad.
Fueron pasando los años, en ellos los años de escuela llevándose consigo todos los sueños e ilusiones, los cuales ahora con tristeza echo de menos y vivo cada día levantándome dando de tumbos por todas partes sin darme por vencido.

Ahora continuaremos lo que les había mencionado antes, de los trece a diecisiete años.

Para mí, estos fueron años de muchos descubrimientos, sorpresas y golpes de la vida. Descubriendo en ese entonces cosas que me llevaron al lado más oscuro de la vida. Se puede decir que estos son los años en los que más he llorado. Lo había hecho antes pero sin mucho sentido y esta vez lo hacía sabiendo perfectamente por lo que lloraba.

Estaba a punto de cumplir quince años, para ser más exacto año 1995.
En ese entonces mi hermana se mudó a vivir cerca de la casa convirtiéndose el marido de ella en íntimo amigo mió. Con esta persona logré obtener la confianza que jamás había tenido con alguien, mucho menos con mi hermana mayor. Este hombre me dio la oportunidad de hacerle preguntas y me aclaró todas las dudas. Para empezar con un ejemplo de las preguntas y conversaciones que entablábamos, le preguntaba sobre las mujeres y cómo funcionaban, que sé sentía tener relaciones sexuales con ellas, cómo era todo ese mundo. Juan lo llamaremos así, comenzó a describirme muchas cosas las cuales yo entendía perfectamente y lo que no entendía le pedía que me lo explicara de otra manera.

En esos mismos días se mudo cerca de la casa una señora. La que por cosas de la vida se convirtió en madre soltera de cinco hijos, más dos nietas de su hija mayor que también era madre soltera. Esta mujer madre de las dos niñas, entabló una muy buena amistad con mis hermanas. Se la pasaba todo el tiempo en casa de mi madre, llevándose bien con ella. Fue así como yo la conocí y nos hicimos muy buenos amigos. La conocí justo en los momentos que yo tenía más revueltos en la cabeza y no tenía el valor de decir algo más y así sobrepasar la amistad. Pero esta mujer me dio la libertad para que yo pudiera expresarme.

Esta familia era muy humilde, de pocos recursos económicos, lamentablemente ganaban el dinero justo para sobre vivir, sacando “curiles” o conchas como son más conocidos. Así lograban vencer cada día que venía. Esta mujer se convirtió en madre a muy corta edad. Tenía sólo veintidós años y ya contaba con dos hijas, a pesar de eso era muy buena oportunidad para mí, visto con los ojos de mi cuñado. Y fue como empezó a aconsejarme para que despejara la mayor parte de dudas teniendo relaciones sexuales con ella lo más pronto posible, pues ya iba cumplir quince años y no había caminado por esos caminos según él. Pero yo estaba hecho un lío, era demasiado tímido y además, estaba confundido conmigo mismo, sin embargo, Juan no se daba por vencido y buscó las formas de cómo yo venciera esos miedos y encontró una forma de ensayar las palabras que le diría, con las que tenía que enfrentarla. Y me ayudó a sobrepasar la amistad entre ella y yo.

Un buen día, logró convencerme y acepté hacer lo que él me indujo y fue así como temblándome las piernas le avente todo el montón de mentiras igual o peor de lo que él me había enseñado. Mentiras, que todos alguna vez hemos dicho en la vida. Mentiras que más tarde tuve que enfrentar yo mismo.

Fue así como empecé a decirle una cosa tras otra, diciéndole palabras bonitas con las que ella se fue enamorando sin darse cuenta. Alrededor de tres meses había logrado la tan esperada cita, de ir por primera vez con una mujer a la cama, pero con una mujer de verdad.

Días antes a este gran momento, Marisela esposa de Juan nos dejó solos en su casa un domingo por la tarde, aprovechando esta oportunidad comencé a besarla sin que ella se negara correspondiendo a mis besos, estábamos los dos compartiendo bacterias como dice mi hermanita menor, completamente emocionados, lo más emocionados que te puedas imaginar, con los ojos cerrados además, de pronto los abrí y miré un ojo por una abertura de la puerta, era mi padre que nos estaba mirando. Nos separamos rápidamente pero ya era demasiado tarde, él ya lo había visto todo. En esos días decidieron mandarme a estudiar corte y confección a otro pueblo. Quedándome en casa de la tía Betty. Todo esto fue en gran parte para separarme de esta mujer. Pues yo era demasiado joven y ella ya tenía dos hijas pensaban ellos y tenían miedo de que yo me fuera a enamorar de ella.

Hay una verdad en todo esto. Se puede decir que ella sí llegó a amarme tanto hasta tal punto de dejarme libre. En el fondo de su corazón se podía apreciar que no se sentía digna de mí, se sentía muy poca cosa algo que no era cierto, porque yo desde chiquillo aprendí a valorar y respetar a las personas por lo que son y no por lo que traen puesto. Todo esto lo descubrí después de lo que me pasó. Por eso me había vuelto tierno y compasivo, no tenía corazón para hacerle daño a nadie. Desde niño tuve la mala suerte de conocer el dolor a profundidad hasta tal punto de no engañarme a mí mismo. Pero aun así, con el pasar de los años me doy cuenta, de la manera tan baja con que usaba a las personas. Lo hacía por probarme o bien sea por descubrimientos personales. A esa edad había aprendido a mentir con facilidad y a fingir ser una persona que en realidad no era. Fue entonces que empecé a usar el amor de las otras personas a favor propio. Sabía que ellas me amaban, conociendo todo lo que sentían por mí, fue como empecé a sacarle provecho a lo máximo a todo, cosa que nunca había hecho, hasta que un día logre convencerla para que fuera conmigo a la cama.

Eran las siete de la noche, día viernes, yo estaba parado en el mismo lugar esperando la llegada de Natalia, era la hora en que solíamos reunirnos y Natalia no había llegado. Yo estaba desesperado, de pronto, miré a lo lejos que venía alguien me llené de alegría al darme cuenta que era ella. Al verla venir froté mis manos preparando todo el montón de mentiras que tenía para dar el último toque de convencimiento.
Después de un rato logré convencerla. Respondiéndome ella que el próximo viernes estaríamos juntos. Todos esos días para mí fueron eternos cómo nadie tiene idea. No tanto por el hecho que fuera a ser mi mujer. Era más bien porque por fin podría satisfacer todas mis curiosidades de saber realmente como era una mujer. Para mejor decirlo, que era lo que se sentía con ellas.

Llegó el viernes nos reunimos unos minutos antes para ponernos de acuerdo cuando era el momento que ella estaría sola en su casa, para que yo pasara por allí. Después de haberlo a cordado a mí me empezaron a sudar las manos y a temblar las piernas por los nervios. Fallándome los que hasta esa fecha habían sido firmes pues nunca me habían fallado tanto como ese día. Lo que a mí me aterraba, era no saber que iba a pasar o si realmente iba poder o no. Las piernas no paraban de temblarme, cuando hablaba, la voz un poco cortada, era un momento terrible para mí, me hacía un montón de ideas en la cabeza minutos antes de la cita que me mataban. Pero aun así, un poco rogado por los nervios llegué a la casa de Natalia y cuando estaba ahí parado en la puerta, la mire a ella que estaba sentada en una hamaca tratando de controlar los nervios, pues se le notaba un tanto nerviosa también. Forzándome a mí mismo logré mantenerme en pie arrimado al costado de la puerta. Quedándome parado allí inmóvil, entonces, ella me llamó para que me sentara en la hamaca con ella, pero por mucho que lo intentara no logré dar un sólo paso más para continuar con mi tan anhelado descubriendo.

Natalia venció los nervios y se levantó y me tomo de la mano y me llevó con ella a la hamaca, me recostó sobre ella al mismo tiempo empezó a meter mano acariciarme y besándome por todos lados como por unos cinco minutos, luego camino a la cama, claro cargando con migo pues las piernas no me respondían, llegamos a la cama y me recostó sobre ella, comenzó a quitarse todas sus prendas y trató de quitarme la ropa a mí. Cuando ya se había quitado todo ella. En ese momento yo no pudo más. Estaba a punto de desmayarme de los nervios. Sentía hasta ganas de vomitar, me temblaba todo el cuerpo, sin saber qué era lo que me pasaba, le pedí que me disculpara y le dije que me tenía que ir. Ella sabía perfectamente que esa era mi primera vez. Como también sabía que mi cuñado se había encargado de todos los detalles. Él se encargó de decirle que era mi primera vez y que me hiciera sentir de la mejor manera posible. Diciéndole que necesitaba su ayuda conmigo. Pero ella en realidad no había aceptado por ayudarme a mí, más bien porque estaba enamorada. Lo hizo por que ella quería hacerlo.

Con los años puedo reflexionar que todo lo que pasó no estuvo bien y la ayuda que tuve no fue la mejor aunque la persona lo hizo con buena intención, mirándolo todo desde su punto de vista, pues el tener relacionas sexuales a esa edad, no era por que lo necesitara o tenía que hacerlo, si lo hacía era por temor a que todo lo que pasó se fuera a concretar, como lo decían.

Después de ese día, quedé muy asustado y sobre todo avergonzado conmigo mismo. Y no me dejé ver por alrededor de dos días, no lograba vencer la vergüenza de todo lo que pasó. A pesar de eso me sentía tranquilo por haberlo intentado y que todo lo que pasó no fue mi culpa, sino de mi corta experiencia en el asunto. Me dejé ver por ella dos días después. Con la mirada tendía al piso logré conversar con ella y le pedí disculpas personalmente por lo sucedido y le dije que estaba muy avergonzado, recalcando que en aquel momento estaba demasiado nervioso como ella se pudo dar cuenta y le pedí que por favor me diera otra oportunidad a lo que ella respondió que no, que ya me la había dado y no la aproveché, después de un rato que yo decía que sí y ella que no, terminó equivocándose y respondiendo que sí.

Un domingo por la tarde el cielo estaba nublado, la noche era demasiada oscura. Casi siempre se alumbraba el cielo con estrellas o la luna, pero esa noche no, en tal oscuridad en la que no se podía ver completamente nada. Yo, de lo único que no me cansaba era de que la segunda oportunidad fuera lo más pronto posible a lo que ella dijo que sí y quedamos en un sitio donde se daría la segunda cita. La cita seria al pie de un árbol de pino, un árbol antiguo pues había crecido en toda su plenitud.

Quedamos a las ocho de la noche y ya eran las siete y media, me despedí de ella y salí a toda prisa para la casa a tratar de controlar los nervios. Pero a medida que pasaban los minutos me ponía más nervioso. Llegó la hora que nos teníamos que reunir en el sitio acordado. Un lugar muy complicado para llegar, tenía que cruzar una cerca de alambre la cual contaba con más de nueve hebras y las tenía que pasar de una u otra manera, por arriba o por el medio como fuera, pero tenía que llegar. En ese momento yo estaba tan nervioso que no recuerdo como logré cruzarlas, saliendo ileso de ellas y llegué al sitio puntual. La oscuridad era única, pero a pesar de eso logré llegar hasta el árbol. La Verdad, llegué porque conocía perfectamente la ubicación del inolvidable pino. Pues había crecido jugando a sus alrededores. Después de esperarla por un rato apareció la que me llevaría a un mundo desconocido.

Para mí que la noche fuera tan oscura, no era una desventaja para mejor decirlo era una gran ganancia, pues en esa oscuridad ocultaría la vergüenza de mi primera vez, de hacer cosas desconocidas hasta ese punto, frente a una mujer que era lo más difícil de cruzar para mí.

Ella comenzó acariciarme hasta hacerme sentir en confianza. Empezando esta vez yo a quitarle parte de su ropa y fue así como pasó mi primera vez. Arrimada ella al árbol de pino la hice mía. Había logrado parte de mis sueños, había vencido un par de curiosidades, quedándome cosas que nunca logré entender. Algo que jamás pude comprender, fue que en el fondo de mi ser sentía un profundo vació en el alma lo cual nunca logré llenar.

Así fueron pasando los días, repitiéndose en cada uno de ellos la misma escena, estando con ella una y otra vez sin poder evitarlo con aquella mujer que realmente estaba enamorada de mí. Sin embargo, yo lo hacía por convencerme a mí mismo que no era lo que pensaba de mi sexualidad. Pasaron los días sin que pudiera encontrarme completamente lleno con lo que hacía o sentir mi alma en paz teniendo relaciones con ella muchas veces en lugares diferentes. Sólo buscaba un algo que pudiera llenar el terrible vacío que traía dentro.

Mientras tanto Cristina seguía conociendo a su novio el que ahora es su esposo. Teniendo que ocultarse de nuestros padres para poder platicar con él, pues ellos no sabían que ella tenía novio. Era momento de unirnos para poder cubrirnos uno al otro ya que mis padres tampoco estaban de acuerdo con la relación que yo tenía. Y cuando ella salía a conversar con su novio, yo entretenía a mamá con tremendas pláticas de mayores. Cuando era mí turno Cristina hacía lo mismo y así mamá no se daba cuenta que faltaba uno de los dos.

Algunas veces me quedaba haciendo la comida para mis hermanos, mientras Cristina se iba a recoger el ganado, momento que aprovechaba para pasársela con su novio. A mí no me gustaba lidiar con los terneros y a Cristina no le gustaba mucho hacerle de comer a mis hermanos menores. Pero en esto yo no perdía demasiado, pues a mi sí me gustaba cocinar, algo que en un país como El Salvador no es normal, ya que es difícil que haya un hombre que le guste cocinar por eso del machismo que para mí se había acabado hacía ya mucho tiempo atrás.

Pasaron unos cuantos meses. Cristina y yo seguían en lo mismo, turnándonos en el entretener de mamá, dándonos la oportunidad uno al otro de pasar por lo menos un rato con la persona que nos hacía sentir bien. Mientras Cristina seguía conociendo a el que hasta ahora es su esposo, yo continuaba disfrutando la oportunidad de ser amante.

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