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La
violenta reacción que han mostrado algunas importantes
personalidades del Islam ante un reciente mensaje teológico
del Papa Benedicto XVI es señal inquietante de que podríamos
estar al borde de un gravísimo conflicto entre Oriente
y Occidente, alentado esta vez no por la política tradicional,
sino por el integrismo religioso.
No
es un secreto que desde sus albores en los tiempos del profeta
Mahoma, el Islam se ha considerado, de manera dogmática
y absoluta, en la religión auténtica y la única
que puede salvar al hombre y llevarlo a los paraísos prometidos
por el mensajero de Alá.
El
proceso inicial de conversión, en los tiempos primitivos,
era simple: los discípulos del Profeta colocaban una cimitarra
en el cuello de los infieles y les preguntaban: ¿crees
que Alá es Dios y Mahoma su profeta? Con una espada en
la yugular, los interrogados contestaban, invariablemente con
un sí.
Después
venía el adoctrinamiento, la incorporación a las
filas de los propagadores de la fe y la historia se repetía
hasta la fatiga.
Hoy,
el Islam se extiende sobre varios continentes e involucra a unos
mil millones de personas.
Hay
musulmanes en Arabia, cuna de la Iglesia y los hay en sitios tan
distantes como en nuestro país, El Salvador.
Aunque
las sectas son cerca de sesenta, dos son las grandes congregaciones
que dominan y concentran a la mayoría de fieles: los chiítas
y los sunitas.
Algunas
figuras notables del terrorismo internacional se han cobijado
bajo la bandera del Islam y si bien es un hecho que la religión
en sí misma no comulga con el extremismo armado, es también
cierto que no han faltado clérigos de esa comunión
que respalden atrocidades tales como los eventos de Nueva York,
Londres y Madrid, donde acciones terroristas dejaron miles de
víctimas inocentes.
Preocupado
por los hechos y por el innegable crecimiento del odio y la violencia,
el Papa hizo un llamado a la paz y a la clara separación
entre religión y violencia.
Y
algunos ayatolás se disgustaron tanto que criticaron agresivamente
al Pontífice, exigiéndole que se desdijera y pidiera
disculpas.
Entre
tanto, varios entusiastas del terror hicieron explosionar bombas
de bajo poder en una iglesia anglicana y otra griega ortodoxa,
en Palestina, enviando el mensaje de que la irritación
no es sólo con los católicos, sino con los cristianos
en general.
Nos
parece totalmente sensato que se discuta este asunto abiertamente
y que se busque separar la fe del terrorismo, pues son en esencia
incompatibles.
Pero
no podemos cerrar los ojos a lo que sucede.
Y
sería suicida repetir lo que se hizo ante Hitler, cuando
las naciones libres se cruzaron de brazos frente a la expansión
del nazismo.
No
soy ningún clarividente, ni tampoco me considero Nostradamus
pero percibo que las palabras que expreso el Papa Benedicto tendrán
consecuencias graves, serán excusas de los terroristas
para cometer otros atentados.
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carlosvelasquez@intipucacity.com
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