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Los malos gobernantes como reproductores de la pobreza

Sun, 27 Oc



Por Joaquín W. Chávez

Hace unos años Lee Kuan Weew publicaba un libro que se llamaba: “Del Tercer Mundo al Primer Mundo, la Historia de Singapur”. En ella relata la lección contundente: es posible alcanzar el desarrollo y lograr prosperidad cuando se tiene visión, claridad de ideas, disciplina, valor, estado de derecho, transparencia y eficiencia. La historia de Singapur no es perfecta pero puede y debe motivar a los países como el nuestro a aprender de un caso exitoso dejando de lado cualquier prejuicio inicial o respuesta automática como "Asia es muy distinta a América Latina" o "eso no aplica en nuestros país". Es verdad que las historias de éxito no se replican simplemente imitando o pretendiendo copiar y pegar lo que ha funcionado en otros lugares. Cada país tiene circunstancias muy distintas y factores que afectan de diversas maneras. Sin embargo, la historia de Singapur merece especial atención.

Cuando en 1959 Lee Kuan Yew se convirtió en jefe de gobierno de un pequeño territorio en la punta de la península malaya, de la cual logró independizarse en 1965 para crear Singapur. Sin importarle las críticas de opositores o extranjeros ni el tamaño y complejidad de los obstáculos, su política fue siempre de mano firme aplicando leyes muy estrictas. Primero apostó por la industrialización y el comercio y después por las finanzas y la tecnología. La falta de recursos naturales y la hostilidad de sus vecinos no fueron impedimento para alcanzar la prosperidad.

Hay otros ejemplos de oros países que superaron grandes crisis, por ejemplo, Alemania después de la Segunda Guerra Mundial, quedó prácticamente en ruinas, o el mismo Japón, pero ambos implementaron disciplinados programas de reconstrucción y de políticas económicas y sociales, que les permitió de nuevo ser referentes mundiales. Nuestro país en cambio, tuvo la desdicha de ser gobernado por políticos con mentalidad mediocre, cortoplacista, sin verdadero proyecto de nación, privilegiando los intereses electorales. Así fue sumiéndose El Salvador en un torbellino de corrupción, violencia y desesperanza.

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En El Salvador al hacer un recorrido que nos lleve a muchas alcaldías del interior del país, encontraremos un denominador común: en casi todas habrá una fila de personas esperando hablar con el alcalde o quien esté a cargo, para que se le ayude con un problema que casi siempre tiene que ver con dinero. La mayoría de alcaldes, en su afán de mantener contentos a estos votantes, les ayudan a la mayoría. Aparentemente es un acto de caridad, pero tras las cortinas hay corrupción, que es de donde se extrae este dinero que entregan, y la perpetuación del círculo de la pobreza de aquellos que entienden que la función pública se limita a dar víveres o láminas.

En el afán de mantener sus privilegios, los gobernantes comenzaron a crear políticas asistencialistas, que no resuelven ni rompen con el círculo de la pobreza, sino que por el contrario, crea una especie de atendimiento en el ciudadano. Si bien, las políticas sociales son muy importantes, así lo demuestran los países escandinavos o en nuestro continente, el mismo Canadá o Uruguay, empero, en nuestro país los malos políticos fueron cediendo ante lo fácil: en lugar de enseñar a construir la atarraya y enseñar a pescar, le dieron a la gente el pescado ya cocinado, bien aderezado, con verduras y tortillas.

Hay una gran diferencia entre combatir la pobreza y manipular la pobreza para fines de acumulación de poder político. El ciudadano se va bien contento con sus láminas, pero solo servirán para sustituir las láminas viejas de la campaña anterior. El alivio temporal al bolsillo se agradece, por supuesto, pero cada regalo que se hace con los fondos públicos, va formando un perverso hábito, igual que las remesas. El problema es que el alivio de corto plazo, el parche inmediatista, no cambia la condición de fondo del individuo. Podrá estar tranquila un par de días la señora que se llevó una bolsita de víveres, pero luego que se le termine no podrá suplir de forma inmediata, y volverá a buscar al político o funcionario que le da esa “ayuda”, de esa forma no se rompe el círculo de pobreza. Así, los ciudadanos se mal acostumbran sólo aprenderán a esperar obsequios del Estado.

Me cuesta imaginar que las familias británicas, llegaran a hacer fila donde el primer ministro, Sir Winston Churchill, para pedirle ayuda para sus casas destruidas por la guerra, o lo mismo que al Canciller Alemán o al Emperador Japonés, en estos países saben que las soluciones son colectivas, y no individuales que solo incentivan el clientelismo político y la corrupción en los funcionarios. El problema de país, a futuro, es que tenemos una mayoría que sí le daría su voto al que regala más en las campañas. El “mercado” para el populismo es grande dadas nuestra insuficiencias de visión y nuestra cultura de corto plazo, alimentada en gran parte por la necesidad inmediata de las grandes mayorías, fruto de la crisis económica.

Es grande la tentación de hacer promesas irresponsables y adherirse al populismo, esa maligna droga que envenena y dificulta el desarrollo real de la persona. Tristemente, el candidato que se aleje del populismo es el que casi siempre la tiene más difícil, a menos de inusitadas reacciones del pueblo, algo que suele darse de tiempo en tiempo, pero más por un producto del hartazgo que de la conciencia. Plantear un ofrecimiento electoral responsable, coherente, técnicamente sustentado (lejos del populismo) y que logre seducir al votante mayoritario es un gigantesco reto. Requiere soluciones bien pensadas, un buen equipo y una enorme capacidad de traducción y de creatividad en comunicación. Pero eso es lo que el país necesita dada su delicada situación financiera: candidatos responsables con sustento técnico.

Quienes entendemos el riesgo y tenemos algún grado de influencia tenemos la obligación moral de hacer conciencia a nuestro alrededor, de explicar, de luchar contra lo emocional y defender la racionalidad, de denunciar el inmediatismo. Ayudemos a vacunar a nuestra gente contra el populismo, porque ya no queremos ese grosero clientelismo político que condena a la gente a seguir pobre y dependiente.

 El clientelismo político es la utilización abusiva del poder del para lograr votos a favor del partido que gobierna. Los ciudadanos pasan entonces a ser clientes y entregan su voto a cambio de favores: un puesto de trabajo, una canasta de alimentos, materiales de construcción, dinero en efectivo y todo lo que la imaginación pueda concebir. ¿Se puede derrotar a una maquinaria de esta naturaleza? Sí. Es difícil, por supuesto. Pero se puede. De hecho este tipo de maquinarias han sido derrotadas en diversos lugares del mundo. Pero para ello se requiere trabajar en generar conciencia y sobre todo educar a la población.

Una ciudadanía educada sabrá que la Constitución de la republica le garantiza una vivienda digna, y no láminas, salud, educación, bienestar social. En la medida que la población comience a pedir mejores condiciones de vida, y a exigir a los gobernantes el correcto uso de los fondos, entenderán que es un acto humillante y denigrante ponerlo a posar para la cámara, mientras se le entrega un pliego de lámina. Por estos días, se ha hecho viral el audio de la primera dama de Chile, que recoge el sentir de los gobernantes cuando la población despierta y exige: “vamos a tener que disminuir nuestros privilegios y compartir con los demás”.

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