Domingo 5 de diciembre de 2021

Columna / diciembre 20, 2020 / Tiempo de lectura 10 minutos, 27 segundos

Que bellas navidades en mi pueblo en los 70’s y 80’s

publicado hace 11 meses

Eran los años setenta, época decembrina, víspera de la Navidad. Las familias, desde las más humildes hasta las que tenían como "pasarla mejor", se disponían a recibir la mejor época del año. Con algunas semanas de anticipación, los mayores se alistaban machete en mano para ir en busca de aquel árbol de "salamo" que tanto abundaban en nuestros cerros, y especialmente a las orillas del río de Guarrapucá; veíamos salir montados en sus potrancas al señor Chabelo “Carreta”, a don Chema Romero y don Pablo Villatoro con sus nietos entre otros que hoy todos ellos descansan en paz.

Luego de seleccionado, escoger aquella rama que asemejara la forma natural de un pino, y engalanar así el Nacimiento que se tenía en mente; no sin antes deshojarlo un poco, para después con brocha y pincel aplicar aquel color plateado característico de la época, esta operación era realizada en medio del bullicio y la algarabía de los más pequeños.

Ahora bien, la búsqueda del retoño de "salamo" perfecto no era nada fácil, pues implicaba subir a lo más alto de aquellos resbaladizos troncos, pero la misión había que cumplirla, y así, cual ágiles garrobos o escurridizas "pichetas" muchos desafiaban las alturas para poder llegar a la mejor rama de aquellos frondosos árboles, únicos en nuestra flora que permitía por la forma de las mismas poder complementar los Nacimientos en casi todos los hogares del pueblo, manteniendo viva una tradición de épocas ancestrales. 

Aquella ramita se convertiría en algo hermoso, lleno de colorido con sus brillos, sus borlas, sus estrellitas, y lo que no podía faltar: la gran cantidad de tarjetas navideñas enviadas por amigos y parientes, las cuales colgaban y eran mecidas por el viento, detalles que abundaban en esa época, el cartero de ese entonces tenía que duplicar su caminar para poder repartir a tiempo tanta correspondencia llegada desde Estados Unidos. Días después aquella rama tan bien decorada era la atracción de cada hogar, colocando aquellas figuritas de barro para simular aquel momento histórico de la Natividad. 

La Navidad era el momento oportuno para estrechar los lazos de amistad y de familia, a partir del hecho que todos nos necesitamos, que todos somos hijos de Dios, y de poder celebrar ese Natalicio de aquel Jesús, que naciendo en un pesebre, tuvo y tiene amor para todos, tuvo y sigue teniendo la paciencia necesaria para esperar que nuestra mirada vuelva hacia Él. Ese es Jesús que nuevamente en este 2020 vive su cumpleaños, el cual muchos de nosotros seguimos celebrando, ya no con la inocencia de aquellos años, ya no a la espera de aquel regalo, ahora simplemente lo festejamos a la espera de que nos permita vivir un poco más de lo ya vivido. 

Tiempos maravillosos, años dorados dirán algunos, por los cuales un día todos pasamos, algunos careciendo de todo, otros, teniendo un poco más, pero de una u otra forma todos tenemos la dicha de haber disfrutado nuestra niñez, y de esa forma experimentar que a nuestro modo, Jesús nacería a la sombra de aquella ramita de salamo y que abrigado al calor de aquellos pastores y figuras de barro que le acompañaban, le dábamos paso de ese modo al momento más importante del Cristianismo: El Nacimiento de nuestro Salvador.

Eran los días aquellos cuando las latas de los recordados jugos o néctar Ducal, se utilizaban a manera de alcancías por algunos pequeños, bastaba hacer una hendidura del tamaño de una moneda de diez centavos de Colón, pues eran las más grandes, y de esa forma ya se tenía donde guardar los pocos centavos que se lograban conseguir, y la cual era "vaciada" llegado el tan ansiado día de la Navidad.

En diciembre la alegría iniciaba el 7 con el día de las Conchas, cuando las aceras y los "arranques" de las casas se engalanaban con las innumerables lucesitas encendidas a base de aceite depositado en una concha de curil o de aquellos cascos de burro y tan abundantes en esas lejanas fechas. Bastaba una mechita de tela y prenderle fuego para iluminar las oscuras calles del pueblo de aquellos días.

Ya para entonces, existían las Radio Emisoras tales como: Circuito YSR, la KL, Radio Pax, la CF u Ondas Orientales, y otras mas, que alegraban el momento con aquellas canciones que para muchos aun no pasan de moda como: Feliz Navidad, El Niño del Tambor, Amarga Navidad, Cinco pa' las Doce, El Año Viejo, Etc...

Conforme transcurrían los días, se engordaban las gallinas para alistar el delicioso guiso y preparar los acostumbrados y famosos "sanguches".- Más de algún gallo y dos que tres patos eran escogidos por aquí o por allá, para darle el mejor sabor a los riquísimos y apetitosos tamales, Todo esto era compartido entre las familias y los vecinos, compadres, ahijados, y con todo aquel que se pudiera compartir. Ser generoso con los demás es el sentir de la Navidad, más cuando se comparte con el que menos tiene.

Todo este menú era acompañado de un calientito café o chocolate, o en su lugar una refrescante "chibola" o gaseosa, de aquellas marcas como lo fueran la Spur Cola, la Bravo y otras que se escapan a mi memoria, que endulzaban el paladar de quienes las saboreaban en caliente, eso sí, pues eran pocos los que contaban con un refrigerador.

Llegado el 24, la cipotada enloquecía de alegría, unos estrenando, otros, la mayoría, repasando el de siempre, unos calzados, otros descalzos o como decían algunos con los "pizarrines al desnudo", pero con la ilusión de vivir a plenitud aquel día festivo que nuestros mayores se encargaban de trasmitir a los más pequeños, sobre la importancia y el porqué de la alegría en aquel momento. Y vaya que nos motivaban.

Con nuestras carencias, la euforia sentida superaba cualquier necesidad, y para mi, aquel sentimiento de entonces evidenciaba que algo grande estaba por suceder, y estoy convencido que aquella carencia de muchas familias de mi pueblo, era compensada en ese momento por la mano prodigiosa de aquel niño que año con año nace en todos los hogares, como debería de nacer en nuestro corazón. Y es ese niño que hoy, tantos años después, me permite compartir y rememorar estas estampas de esa Navidad de ayer. 

A media tarde del día 24, el ambiente se saturaba de aquella sensación, o de aquel sentimiento que solo en esta época del año se percibe y se respira. Para la cipotada era la hora de sacar y contar los ahorros de varios meses, y se procedía a "puyar" con aguja o una "lesna" las ranuras de las ya mentadas alcancías, de donde con algo de esfuerzo y mucha emoción iban cayendo una a una aquellas monedas de uno, dos, tres, cinco, diez y de veinticinco centavos de colon, nuestra moneda de entonces, algunas de las cuales salían con bastante moho debido al encierro y humedad, pero eso no importaba, pues fuera como fuera, aquel ahorro representaba la opción para poder comprar los infaltables "cuetillos", titistracas, fulminantes, volcancitos, "buscaniguas", palometas y los recordados fosforitos de luz. Estampas Navideñas Inolvidables.

A todo este alboroto generado por los más pequeños se sumaba aquel frío d este tiempo, razón por la cual quien tenía su suéter de lana tendría que ponérselo de lo contrario se arriesgaba a permanecer con los brazos cruzados porque aquel frío si que calaba bien rico.

Así, entrada la noche, comenzaba la quema de pólvora, todos en su mayoría con su familia y junto a los vecinos armaban la "bulla", acompañándose con la música de sus emisoras preferidas y dándole todo el volumen a sus radios hasta donde aguantaban aquellas baterías ray-o-vac, eveready, o panasonic. Así sucedía todo aquella Noche Buena, aquella noche de paz, noche de amor, hasta que llegaran las doce de la noche para desearse unos a otros la famosa frase de ¡Feliz Navidad!.     

Algunos armados con un pedazo de alambre al cual le hacían punta para "ensartar" y sostener los diminutos "cuetillos", de esa manera no representaban tanto peligro al estallar en las manos; a otros por descuido o imprudencia les reventaban en la mano y dejaban adoloridos y adormecidos los dedos, y teníamos que fingir "cero" dolor, pero en el fondo, el alarido era más que evidente.

Luego ya pasado el estruendo de la pólvora y los abrazos, y de haber degustado los "sanguches", tamales, pan dulce con café o algo mas si lo había claro, nos disponíamos a esperar el nuevo día, con la ilusión de lo que nos había dejado el niño Dios, y así, al amanecer, comenzábamos por hurgar bajo la almohada o al pie del arbolito en busca de nuestro regalo.

A algunos una pistolita de agua, a otros una pistola de "tubitos", o sea aquellas tiritas con puntitos de pólvora que explotaban al golpe del percutor, y a falta de la pistola, bastaba darle con una piedra y ¡bum! "tronaba" mucho más fuerte. En ocasiones nos "traía" un carrito de madera o de plástico de esos que abundaban durante las ferias de los pueblos, otras veces una pelota plástica y nada mas.

Algunos con más posibilidades, alardeaban en el barrio con sus pistolitas de luces, pistolitas con su cinturón cargado de balas de plástico e incluso algún rifle de caucho que simulaba el traqueteo de una descarga.- Ah, y para ellas? No podían faltar aquellas muñequitas pelo rubio con la marca registrada "Tacoplast" o algún jueguito de cocina en pequeño.- Esa era la vida, esa era la celebración de un evento que tiene sus raíces en Belén, que ha perdurado con el mismo sentir a lo largo de muchos años, y que ha sido, es y será el centro de nuestra fe.-

Valgan estas palabras para traer a nuestra memoria aquellas viejas estampas navideñas de nuestra vida, en nuestro pueblo querido.- Valgan estas letras para rememorar aquellos momentos que para muchos fueron los más felices, por el simple hecho de haber sido niños, de ser inocentes, pero sobre todo, porque a pesar de nuestra corta edad en ese entonces, ya comenzábamos a asimilar la firme convicción que antes de nosotros, que antes de la humanidad misma, existe un Dios bondadoso, que nos ama, nos consiente y que a estas alturas de nuestra vida, Él también celebra con pompa el nacimiento de su hijo Jesús.


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